Aún recuerdo como si fuese ayer, aquella mañana de junio de 1958, donde, bajo un sol de plomo, bese emocionado los pliegues de la enseña nacional. Esa Bandera bicolor que es el sagrado símbolo de nuestra Patria. Ese estandarte santificado por la sangre de tantos mártires sacrificados en el altar de primaveras, que representa a la totalidad de la nación en sus hombres y en sus tierras.     

Allí, acariciada por el viento, estaba la Bandera de la Patria alzada airosa como un reto permanente al viento de las montañas. La misma que flamea arrogante en los barcos españoles sobre la espuma orientadora de su estela, la misma que se alza airosa en embajadas y consulados para recordar al emigrante o al viajero que allí, donde está izada, hay un trozo de España.

    Aquel día primaveral, en el silencio de la sierra rodeado de barracones de madera humedecida e hinchada por el roció mañanero de la sierra, se elevaba solemne una tribuna, construida expresamente para aquel acto el juramento a la bandera, desde donde le presidirían las autoridades castrenses y religiosas. Allí estábamos formados por Compañías, en posición de firmes, los reclutas del Batallón, aguardando sumisos y ansiosos el supremo instante de depositar, como testimonio del acto voluntario que íbamos a jurar, un beso eterno en los pliegues de aquella bandera que era como si se lo diésemos a la Patria.

     Al toque de corneta reglamentario y tras de pasar revista a la Tropa, el Coronel del Regimiento  saludo a la bandera y dirigiéndose a un podium colocado frente a la Tribuna, subió a él, y con gran apostura saludó a las autoridades militares, eclesiásticas y civiles, después de una pequeña pausa, envuelta en un silencio absoluto, se dirigió a nosotros, A los reclutas que íbamos a jurar la bandera, y levantando su brazo derecho nos mostró con su mano la Bandera de España,  la saludó inclinando ceremonialmente su cabeza., y con voz vibrante, pausada comenzó una arenga que jamás podré olvidar:

 

                “¡Ahí tenéis la enseña de la Patria!

                  Izada en la raíz de nuestra tierra,

                  apoyada en la fe de nuestra raza,

                  enarbolada en altar de primaveras,

                  fecundada por la savia de la historia,

                  en gestas gloriosas allén de las fronteras.

 

                  ¡Ahí está nuestra bandera!

                  Dos ríos de sangre hispana

                  en un mar de olas amarillas.

                 ¡Que nadie ose profanarla!

                  Ni siquiera que roce sus orillas,

                  a no ser que cante sus victorias

                  y la bese postrado de rodillas” 

     Y tras tan emocionante introducción, y unas palabras alentadoras y explicativas al acto que íbamos a protagonizar nos exhorto:

     “¡Soldados! ¿Juráis por Dios y prometéis a España, besando con unción su bandera, obedecer y respetar las Leyes Fundamentales del Reino y a vuestros Jefes, no abandonarles nunca y derrama, si preciso fuera en defensa del honor e independencia de la Patria, y del orden dentro de ella, hasta la última gota de vuestra sangre?”

¡¡¡Si, lo juro!!! Contestamos todos los soldados.

     Luego dicho Jefe, añadió: “Si así lo hacéis, la Patria os lo agradecerá y premiará y, si no, mereceréis su desprecio y castigo, como indignos hijos de ella. Soldados: ¡Viva España!

     Después de proclamar al mundo ¡lo juro! en voz alta a la fórmula oficial, como soldado de España y al igual que mis demás compañeros pasamos de a uno ante la bandera para besarla. Y en ese beso simbolizamos públicamente la firma del “contrato” de servicio a la defensa de los intereses de la Patria.

     Y en con ese grito de asentimiento, pronunciado con ardor militar de obediencia y fidelidad en servicio de la Patria, se hicieron presentes en mi memoria esa mezcla de gestas y aconteceres históricos que, en versos juramentados, Emilio Romero han sido los elevados a la categoría de sublimes es este poema que no puedo sustraerme a transcribir:

 

¡Sí, juramos!

La Patria unida y la bandera al viento,

nuestro mapa en la tierra.

Este sitio y no otro; bajo el cielo,

el rojo y gualda de nuestra bandera.

Una Nación. Una Patria. Un Pueblo.

 

¡Sí, juramos!

El destino común de nuestra raza,

su deslumbrante historia,

ese relato atroz que es la Gran Marcha

de la que todos siempre hacen memoria,

cuando más mundo unos cuantos fundaron.

 

¡Sí, juramos!

Las vides, los pinares y el trigo

y el aceite y la naranja,

y las nieves perpetuas, y el estribo

con Europa y dos mares y África;

siendo brisa, plataforma y camino.

 

¡Sí juramos!

No dejarnos vender por servidores

de intereses de fuera,

         no postrarse ante dudosos santones,

o al impulso de un fulano cualquiera.

No perder ni identidad, ni blasones

 

¡Sí, juramos!

No dividirnos en pequeñas patrias,

en tribus regionales,

en regresión a las antiguas razas,

a las viejas razones ancestrales.

Nos une a todos, solamente, España.

 

¡Sí, juramos!

Barrer de nuestro suelo a los agentes

de los colonizadores.

Limpiar de nuestra compañía la aparente

cordialidad de tantos opresores;

quitar de nuestro lado, mala gente.

 

¡Sí, juramos!

Amar de España su historia y su destino,

sus hombres, sus mujeres,

su tradición, su futuro, su estilo,

sus muertos, todos sus aconteceres;

eso que ha sido su gloria y su martirio.

 

¡Sí, juramos!

No traicionarnos como muertos de hambre,

tampoco desdecirnos.

Alta la frente, buen talante,

ni orgullosos, ni soberbios, ni mínimos;

abierto el corazón y buen semblante.

 

¡Sí, juramos!

Que no hay pueblo mejor que nuestro pueblo,

ni Patria más hermosa,

ni hay credo mejor que nuestro credo.

Solamente o, tal vez, por una cosa:

porque es más luminoso y más azul el cielo.

 

¡Sí, juramos!

La libertad, la Patria, y la Justicia.

nuestro solar fecundo,

el arte, la cultura y la milicia,

nuestra huella gloriosa por el mundo,

y del viejo humanismo su noticia.

 

¡Sí, juramos!

No perecer bajo ninguna bota,

no sucumbir bajo ningún tirano,

no jurar ante Dios su ley en vano.

no aceptar una España pobre y rota.

Y si por nuestra culpa vence la derrota

que Dios nos deje siempre de su mano.

 

     “Si así lo hacéis, la patria os lo agradecerá y premiará, y si no, mereceréis su desprecio y su castigo, como indignos hijos de ella. ¡Soldados!, ¡Viva España!! Concluyo el Coronel.

     Y así, en presencia de nuestra Bandera, ondeando sobre la mirada en lagrimada de muchos y enarbolada en el corazón de todos los que acabábamos de besarla y prometido defenderla hasta perder la última gota de nuestra sangre, en compromiso perpetuo de que con ese juramento de sumisión más que de obediencia había brotado de lo más profundo de nuestro ser, sellamos, este acto inolvidable, el reto consciente de que la conservación y el engrandecimiento de  de la Patria dependería siempre de nuestros actos.

     Al menos, para mí, estos fueron mis vivencias: cuando me acerqué a besarla, no pude hacerlo obligado, sino rendido y subyugado como un novio ante el amor de su amada, acatando toda responsabilidad del deber y la entrega de toda mi alma. Sabedor que en ese beso había quedado empeñada mi palabra de entregarme en plenitud más allá de la vida y de la muerte. Y así, pleno de conocimiento, bese la Bandera, sabiendo que en ella estaba poniendo mis labios en las mejillas de España. Fue un beso limpio en caricia prolongada sobre aquellas sedas rojas y doradas que almacenaran, para siempre, en sus pliegues, mi cortejo y mi palabra, para que Dios me la premie si la cumplo y la guardo con fidelidad a mi Patria.  Y, os digo, que en aquel juramento deseado y perpetuo me consagré total y voluntariamente a la Patria. 

     En ese preciso momento de besar a la enseña nacional, me convertí en soldado raso de España, que soy a perpetuidad, porque cuando un hombre jura, lo hace “in eternum”, como los ríos que no tienen marcha atrás. Muchos somos los que hemos besamos la bandera bajo el compromiso de testimoniarlo y confirmar nuestra la lealtad a la palabra dada, de luchar y morir bajo la sombra de este glorioso Blasón, cuando el cumplimiento de ese juramento sea una exigencia d la Patria.

     Porque la vida es lucha y sacrificio, y el deber y obligación de todo español, aunque seamos soldados rasos, es velar por la integridad de la Patria, por su grandeza y su libertad. Y se sirve a Dios y se sirve a España con la entrega total y cotidiana en el servicio y en el trabajo. Porque en la paz, es el trabajo lo que engrandece a los pueblos y los eleva a su grandeza y prosperidad.  Y son los nobles ideales los que empujan a los pueblos alentándolos a las grandes gestas y a la máxima perfección.

     Cuando en los momentos tristes o alegres nos apoyamos en la fe de nuestros mayores. Cuando tratamos de ayustar nuestras conductas a la recta línea que con suavidad que marcan los evangelios. Cuando sentimos en el fondo del corazón la necesidad del amor a la Patria y la generosidad de entregarnos a su servicio con lealtad y con constancia; cuando comprendemos la virtud del trabajo y la exigencia de obrar con justicia. Cuando un muchacho impetuoso sella su juventud con un juramento de fidelidad a la Bandera se pasa a ser todo un hombre, a sabiendas de que acaba de empeñar su palabra y su vida para cumplir con fidelidad cuando la Patria lo exija, incluso con el sacrificio de su propia vida, porque cuando los ideales que nos empujan son puros y sublimes, Dios sabe premiar con las mejores recompensas a quienes, en toda ocasión, saben afrontar con valor sereno los recios embates de la vida, cumpliendo siempre como un hombre. Y lo que es más importante, para Dios no existen héroes anónimos.

     Pero hoy corren malos vientos por nuestra Patria. Se quiere desarraigar del corazón de los hombres la fe en Dios y el amor a España. Se quiere hacer ver a la juventud que estos sublimes ideales son ya algo viejo y caduco, en desuso, que el honor, la lealtad, la familia, la palabra dada, la austeridad y la honradez son ya conceptos que hay que arrinconar en los desvanes del pasado y que necesariamente se han de olvidar.

    El espíritu, que está por encima de la materia, es quién distingue realmente al hombre de los animales. En él se condensan las virtudes y lo más elevados ideales, y en él vibraran de emoción cuantos ratifiquen el juramento a la Patria con un beso respetuoso a la Bandera, y que hemos de renovar cada año, para que no desmayemos ante las duras adversidades y los obstáculos que en la vida encontramos. Por eso os digo a vosotros, los que aún no habéis hecho este juramento, y os increpo a hacerlo, para que en unión a los que hemos besado esta gloriosa Bandera bicolor, rubriquemos todos juntos el compromiso de defenderla contra toda clase de enemigos, interiores o exteriores; estando siempre de centinelas para defender la integridad de la Patria en paz, su unidad sagrada, su libertad y su independencia, bajo el signo sagrado del estandarte jurado.

     Amor a Dios y a la Patria; honor y respeto a la Bandera; lealtad a los más nobles ideales y fidelidad al recuerdo de quienes cayeron en el correr de la Historia Patria, y que tuvieron como último honor el bajar a tumba llevando la Bandera como sudario, y el convencimiento de que reposan en los brazos de la Patria, porque la Bandera es España.