Ana Isabel Gutiérrez Salegui, licenciada en psicología clínica y forense, actualmente es profesora de la Escuela de Ciencias de la Salud del CGE y psicóloga forense de la Asociación Clara Campoamor, atesorando una amplia experiencia profesional. Ha participado en el prestigioso monográfico sobre el COVID de la fundación Tiempo de Paz, junto a grandes expertos en la materia entre los que destacan el doctor Manuel E. Patarroyo, uno de los inmunólogos más prestigiosos a nivel mundial. Escritora y asidua en los medios de comunicación analiza en profundidad las consecuencias psicológicas que ha tenido la pandemia y que va a seguir teniendo la pandemia.

¿Cuáles son a su juicio las principales consecuencias psicológicas que está teniendo la pandemia?

Sobre las consecuencias psicológicas de la Covid-19 aún carecemos de estudios, suficientes, en el momento actual contamos con estimaciones y con lo que estamos observando en las consultas. Una aproximación realizada por la O.M.S habla de aproximadamente entre un tercio y la mitad de la población afectada psicológicamente, en función de distintos factores y con distintos grados de gravedad.

El abanico es muy amplio ya que el desarrollo de trastornos va a depender en gran medida del riesgo psicosocial de cada persona. Este riesgo se compone de la interacción de diferentes factores, la amenaza externa o hecho traumático sufrido, la vulnerabilidad individual, y esto a su vez verse agravado por otros riesgos como son los ambientales o económicos.

Si dividimos a la población general en cuatro grupos, que no son mutuamente excluyentes, podemos ver las distintas situaciones que se han vivido. Por un lado estarían las personas exclusivamente confinadas, después aquellas que han padecido la enfermedad de forma grave o muy grave, las familias que han perdido a algún familiar o allegado, por o durante la epidemia y por último los sanitarios o profesionales que han trabajado con personas enfermas de COVID-19 o con fallecidos. Evidentemente la acumulación de los mismos suele llevar aparejado mayor impacto psicológico.

Sobre la vulnerabilidad individual tenemos que valorar no solo rasgos de personalidad, o experiencias previas si no aquellas personas que por su pertenencia a un grupo de especial vulnerabilidad como las personas con discapacidad psíquica, los enfermos mentales, personas muy mayores o de riesgo que han sufrido alteración de sus rutinas, perdida de capacidades, o agravamiento de las enfermedades preexistentes por un lado por la situación y por otro por la interrupción de las terapias y los tratamientos.

En general, a lo largo de la pandemia, muchas personas han desarrollado síntomas, sobre todo en los momentos en los que era necesaria mayor capacidad de adaptación, como al inicio del confinamiento y durante la reincorporación a la vida normal. Entre los más frecuentes están la aparición de inquietud, insomnio, problemas de atención, concentración y memoria, labilidad emocional, pensamientos circulares sobre la enfermedad y el contagio etc.

Estos síntomas iniciales en unos casos han acabado siendo cuadros subclínicos, con buen pronóstico y en otros trastornos plenamente instaurados. En ello han influido la interacción de distintos factores como la vivencia de las situaciones referidas, los rasgos de personalidad, la existencia de antecedentes de problemas psicológicos, las circunstancias de la cuarentena, en soledad o acompañado etc., el clima familiar durante la misma y la calidad del espacio físico en el que este haya transcurrido, el impacto económico en la familia etc.

En los casos más graves se está viendo una gran cantidad de Trastornos de Ansiedad y Trastornos depresivos, también casos de Estrés Postraumático entre personas que sufrieron de forma grave la enfermedad y profesionales que han estado en contacto con la muerte. Y por último un gran número de duelos complicados y duelos patológicos por las condiciones en las que se produjeron las muertes y la ausencia de ritos de despedida.

Todo el mundo sufre de una forma u otra, ¿pero es fácil de evaluar esta realidad?

Es importante entender que en situaciones excepcionales, lo que los profesionales consideramos normal cambia. La aparición de determinados síntomas podía ser considerada “normal” ante la situación vivida, y sería la ausencia total de ellos lo que nos habría parecido anormal. Estos síntomas forman parte de la respuesta de adaptación del ser humano. Por ello, al valorar a una persona y su reacción ante la epidemia, no solo hay que tener en cuenta la presencia de los mismos, si no su intensidad y duración en el tiempo.

El sufrimiento, como el dolor, no se puede medir, pero si podemos determinar la presencia de enfermedad mental y problemas psicológicos así como valorar la enfermedad, en base al cumplimiento de los criterios diagnósticos.

¿Se habla suficientemente de ello, de los trastornos que sufre o sufrirá una parte importante de la población?

La Salud Mental es la gran abandonada de la Sanidad, pero ya lo era antes de la pandemia, La OPS/OMS en el año 2016 publico unas recomendaciones sobre actuaciones en Salud Mental en caso de epidemia, pero para llevarlas a cabo no se puede improvisar. Me consta que los daños no han sido mayores gracias al trabajo y a la dedicación personal de psicólogos, psiquiatras y terapeutas, tanto de la sanidad pública como de la privada, que han trabajado incluso de forma no remunerada. Pero no se ha sabido llegar a todas las personas afectadas, habría sido necesaria mayor preparación y coordinación de todos. Ha sido loable la rapidez con la que muchos colegios profesionales han respondido coordinando, creando herramientas útiles y enviando información a sus colegiados sobre cómo actuar. Pero habría hecho falta más.

Actualmente la atención en Salud Mental es insuficiente para la contención de los nuevos cuadros y la estabilización de los prexistentes.

Ha habido ciertamente muchas muertes, pero llama lo que más llama la atención es el drama de morir en soledad y la impotencia de muchos familiares de no poder
despedirse al final de sus seres queridos. ¿Hasta que punto esto deja importantes secuelas?

Cualquier muerte provoca dolor en los allegados, pero las especiales y difíciles circunstancias que se han dado, con un proceso muy rápido de la enfermedad de días o semanas, sin posibilidad de acompañar a la persona querida durante la misma, sin despedidas, en muchos casos sin poder siquiera conocer las circunstancias específicas de la muerte, el cómo fue, y la prohibición de realizar los ritos que ayudan a canalizar la expresión del dolor y el compartirlo con los seres queridos facilitan el desarrollo de duelos complicados o patológicos. En el caso de una epidemia infecto-contagiosa hay que añadir el miedo a haber sido el agente de contagio o no haber sabido evitar el mismo.

Entre los síntomas más frecuentes aparecerán recuerdos vividos y recurrentes de la persona fallecida, crisis de llanto, alteraciones del sueño y del apetito, sensación de cansancio, dificultad para realizar las actividades cotidianas por falta de motivación, deterioro en los autocuidados, problemas de atención y concentración, búsqueda de responsables a los que culpar de lo sucedido y también pueden aparecer múltiples síntomas psicosomáticos como sensación de ahogo, taquicardias, dolor precordial, sequedad de boca, dolores de cabeza, náuseas o temblores.

El duelo generalmente tiene una contención familiar y social pero en caso de que aparezcan ideas delirantes, alucinaciones, verbalización suicida, dificultad para retomar la vida normal y la persistencia de la intensidad de los síntomas, debe acudirse a Salud Mental.

Igualmente el prolongado confinamiento de la población y limitación de libertades
elementales como la libre circulación ha traído serias consecuencias en determinadas personas, ¿cuáles serían desde las más comunes hasta las más graves?

No soy epidemióloga ni viróloga, con lo cual no puedo opinar si las medidas tomadas han sido las adecuadas en función de las características del virus y de la enfermedad, aún nos queda mucho por conocer sobre la pandemia.

Pero psicológicamente esta percepción sobre dichas medidas está influida por la poca sensación de control que tenemos sobre la enfermedad, los constantes cambios en la información sobre formas de trasmisión, agentes sintomáticos o asintomáticos, cambios en la percepción de la gravedad de la enfermedad de “simple gripe” a potencialmente mortal, así como la constante exposición a información científica, pseudocientifica, bulos y rumores. Esto ha generado una gran inseguridad en la población, y a mayor sensación de desconocimiento mayor ansiedad, dado que la incertidumbre va a alimentar pensamientos automáticos irracionales sobre la enfermedad y el riesgo. En ausencia de certezas cada acto cotidiano se convierte en una toma de decisiones percibida como vital.

Todo ello ha provocado un clima social de incertidumbre y miedo, y ambos han generado a su vez unos niveles de ansiedad variables en todos los miembros de la sociedad y esto a su vez ha generado la necesidad de buscar chivos expiatorios en los cuales volcar la frustración, el miedo y la rabia.

La OPS/OMS en el año 2016 ya señalaba que “en la valoración del riesgo psicosocial se introduce la indignación, que es el conjunto de factores que hace que la población se enoje, esté furiosa o al menos preocupada.” Y planteaba unas pautas relacionadas con la comunicación para amortiguarla. No parece que se le haya hecho mucho caso.

Las pérdidas laborales y económicas han sido devastadoras en determinados sectores, llegando incluso alguna persona a quitarse la vida al no poder mantener su negocio. Igualmente muchas personas tienen miedo a salir a la calle y ha aumentado mucho su inseguridad y desconfianza en el futuro.

El problema del suicidio ya era grave antes de la pandemia, empeorando durante el confinamiento y en el momento actual, es fundamental comenzar a tomar medidas con el fin de prevenirlo, ya que actualmente estamos hablando de 10 suicidios diarios en nuestro país, estas cifras justifican plenamente que se impulse un Plan Nacional sobre Suicidio.

Por otro lado, los miedos son las consecuencias de las tomas de decisiones en medio de una incertidumbre generalizada y pueden tener componentes racionales e irracionales, a veces inconscientemente nos focalizamos en un miedo porque así evitamos enfrentarnos a otros que nos asustan aún más. Nadie tenemos la respuesta de lo que va a ocurrir en el futuro.