Últimamente se habla mucho sobre la cuestión de alcanzar una muerte digna, de morir con dignidad. La muerte biológica es la consecución final de una vida desarrollada de una forma eficiente, positiva, asumida y vivenciada desde unos valores éticos de responsabilidad, consciencia con nuestro compromiso de crecimiento personal, ejercida en los límites de una libertad que implica respeto y reconociendo propio y del resto de la humanidad. La muerte biológica debe ser asumida como una realidad incuestionable.

Vivir con dignidad es sinónimo de respeto a la identidad personal que somos, a nuestros semejantes, a los demás seres sintientes, al entorno próximo y lejano, al planeta. La vida es muy hermosa, un regalo del Espíritu que merece ser vivida con honradez y plenitud, desde el equilibrio interior, transmitiendo todos aquellos valores universales que, desde siempre, han sido depositados para el crecimiento y desarrollo de nuestra especie.

La vida humana es valiosa en sí misma; aún más: debe ser valorada, respetada y protegida con firmeza. Nuestra propia vida no es algo superfluo, fruto del azar. Es un don extraordinario poder aprehender y comprender los misterios de la vida, del mundo y del universo…desde nuestra mente finita. El Ser Humano no es, como afirmaba el filósofo existencialista alemán Martin Heidegger, “un ser para la muerte”, sino

una realidad maravillosa en constante transformación,

a la búsqueda del sentido último de su ser.

Nuestra especie tiene la enorme fortuna de poder acceder a una realidad de naturaleza superior, a un ámbito de manifestación existencial que implica un salto cualitativo respecto al mundo exclusivamente materialista, lo que permite interrogarnos por el propio sentido de la vida, de “mi vida”.

Desde el respeto a  planteamientos de carácter científico-tecnológico (útiles en el día a día, aunque en constante cambio y mutabilidad), está el sentido mucho más profundo, estable y certero que expresa el sentimiento vivencial de la Nueva Espiritualidad. Una Nueva Espiritualidad que implica comprensión y búsqueda de las claves esenciales de manifestación de nuestro ser.

 

Reflexionemos juntos. No todo parece agotarse aquí. ¿Existe “algo” llamado Espiritualidad? En nuestra era actual, tecnológica y sometida a una aceleración extremadamente dinámica, donde los avances de las ciencias parecen querer eclipsar el sentido de visión humanista de nuestra especie. Por el contrario, podemos comprobar, fácilmente, todo lo contrario a lo aparente…sobre todo en tiempos de crisis.

El deseo (mejor sería llamarlo anhelo) de inmortalidad está tan acusadamente marcado en nuestro tiempo -presente y actual- que nos impide olvidar el verdadero sentido de nuestra existencia y finalidad. Queramos o no, vivir es un acto de fe que debemos experimentar constantemente cada día, sin miedos al fracaso, “que dirán” o circunstancias adversas que nos preocupen o paralicen.

El ser humano no es sólo una compleja maquinaria sofisticada, que puede ser reparada permanentemente, cambiando las piezas gastadas por otras nuevas; si todo fuera tan sencillo, no tendríamos la maravillosa capacidad para seguir formulando las eternas preguntas que, desde nuestros ancestros, siguen golpeando nuestra conciencia:

¿Quién soy?...

¿Por qué estoy aquí?...

¿A dónde dirijo mis pasos?....

 La Nueva Espiritualidad pretende dar respuestas a este tipo de preguntas. Es correcto afirmar que no sólo hay una forma de Espiritualidad, y que bajo esta denominación se encuentran -en muchas ocasiones- planteamientos de naturaleza poco edificante y que nada tienen que ver con lo espiritual. La necesidad está presente, como si se tratara de una semilla o germen, en la naturaleza humana. La necesidad de buscar, indagar y preguntar por nuestra propia realidad, existencia y finalidad es inherente a nuestra especie, forma parte nuestra, desde siempre, llevándola en nuestros genes vitales y culturales.

Como bien señalan las acertadas palabras de Lao Tse:

“Darse cuenta de que nuestro conocimiento es ignorancia, es una noble comprensión interna.

Considerar nuestra ignorancia como conocimiento es enfermedad mental.

Sólo cuando nos cansamos de nuestra enfermedad, dejamos de estar enfermos.

El sabio no está enfermo, por estar cansado de la enfermedad.

Este es el secreto de la salud”

                                                                   Tao Te King, 71

En mi ánimo esta mostrar la realidad de nuestra vertiente espiritual, necesaria y del mismo nivel (cuanto menos, si no superior) de esas otras necesidades biológicas y existenciales que tenemos como especie y que no debemos olvidar ni ocultar.

La prosperidad no es ausencia de bienes materiales o espirituales. La prosperidad está presente de manera continuada en nuestra vida, aunque queramos ignorarla. La prosperidad va a la raíz de nuestra realidad. Recordando las palabras del filósofo español José Ortega y Gasset: “Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos

Queramos o no, vivir es un acto de fe, que debemos experimentar constantemente cada día, sin miedos al fracaso, “que dirán” o circunstancias adversas que nos preocupen, paralicen o alteren de manera drástica. Esto forma parte de la prosperidad.

 

Recuerdo las palabras pronunciadas, con gran acierto, por Jesús de Nazaret, el Cristo:

“Reconoce lo que tienes anta tu vista y se te manifestará lo que te está oculto, pues nada hay escondido que no llegue a ser descubierto

 

El ser humano posee un valor esencial: su dignidad, que siempre debe ser valorada y respetada.

 Federico de Sánchez

Periodista especializado en salud, crecimiento personal y espiritualidad. Filósofo y coach espiritual. Presidente de la Sociedad Española para la Difusión de la Espiritualidad.