Nos gustaría vivir abrazados al universo entero, como si fuéramos un dios capaz de vibrar con la vibración de cada rincón: conocer cada acontecimiento, vivir cada experiencia, morir con cada muerte, venir al mundo con cada renacuajo y con cada larva de mosquito que aparece en un cuenco de agua olvidado en la repisa de una ventana. Sentir el desplegar de los pétalos de un capullo, condensarnos en los frutos y en las bayas de los bosques, ser el pico del pájaro que las picotea y el pollo que revienta el cascarón lleno de vida. Sentir la concentración, la fuerza, la tensión del guepardo cuando acecha y el latir del corazón dislocado de la gacela atrapada en sus garras. Nos gustaría poseer la vastedad mareante del espacio, brillar como un púlsar o ser capaces de tragarnos galaxias y universos enteros como agujeros negros supermasivos, a la vez que disfrutamos de la simplicidad de ser una mera gota de agua en medio del océano o un grano de arena zarandeado por las olas por los siglos de los siglos.

Y aunque viviéramos todo esto, no nos bastaría, pues también quisiéramos vivir las vidas de cada persona, de cada dios, de cada alma, de cada ángel y demonio, de cada extraterrestre, y conocer hasta el fondo la forma en que cada uno de estos seres vivencia su particular experiencia.

Si se pudiera, quisiéramos ser tan libres como el mismo creador de la libertad. Aspiramos a todo eso, sí. ¿Qué palacios, qué riquezas, qué glorias, qué honras podrán calmar nuestro sediento corazón, entonces?

Todo eso queremos ser, vivir, experimentar, sentir, conocer, abrazar, integrar, como consumidores compulsivos de vida. Sin embargo, por una santa, beatífica, pragmática e irremediable consuetudinariedad, por un mismo instinto de supervivencia, nos limitamos a vivir de un modo un poquito menos ambicioso. Nos conformamos con una vida un poco más pequeñita. Un buen pasar. Nos conformamos con tener más o menos las mismas experiencias todos los días, con ver las mismas cosas y a las mismas personas, con cantar las mismas canciones, con bailar los mismos bailes, con oír las mismas cantinelas de siempre y hacer como que atendemos a los mismos vocingleros de cada día. Tenemos ojos para verlo todo y oídos para oírlo todo, pero siempre vemos y oímos lo mismo. Y ese mundo que vemos y oímos, tan pequeñito, aún así puede servir para hacer crecer la inflamación cardiaca. Pero a veces también sirve para esclerotizar aquel corazón que aspiraba a tanto. Sí, no deja de ser extraordinario que nuestra vida contenga la posibilidad de una muerte a sí misma. Este mismo hecho no deja de ser algo asombroso, tan asombroso como la vida misma.

Cuando se nos olvida nuestra aspiración y nuestra esperanza, cuando confundimos el mundo con “lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos oyen”, cuando nos creemos por fin reyezuelos de un pequeño mundo que obedece a nuestros dictados, la planificación, actividad propia de un ser que puede elevarse hasta más allá de las estrellas por encima de su polvo, se convierte en una humana virtud puesta al servicio de la misma deshumanización.

La mayoría deambulamos un poco a la deriva entre las luces y las sombras de lo que vemos, lo que apenas vislumbramos, lo que esperamos, lo que olvidamos, lo que sentimos en el momento, lo que las sirenas que se cruzan en nuestro camino nos cantan…

Afortunadamente, la vida está un poco por encima de nosotros y, a veces, por azares del destino (que dirán algunos), nuestro empeño en creer que somos capaces de meter el mundo en nuestra cabeza se va a hacer puñetas (si no hemos la hemos hecho estallar antes, claro). Y, así, sucede que nuestros mismos ojos y nuestros mismos oídos ya no ven las mismas cosas. Eso es lo que le pasó a Abby Johnson. Toda su vida dedicada a la planificación se hizo añicos el día que sus ojos se fijaron en un pequeño y perfecto bebé de 13 semanas mientras era succionado por una aspiradora introducida en el interior del útero de su madre al mismo tiempo que Abby aplicaba el ecógrafo que hacía visible toda esa infernal escena.

Abby relata cómo el bebé huía de la aspiradora como de un peligro cierto y luchaba por su vida. Sin embargo, miembro a miembro, el pequeño luchador fue desapareciendo de la pantalla de la ecografía, hasta que no quedó más que un gigantesco hueco negro.

Ese bebé no sabía nada de pétalos, ni de flores, ni de guepardos, ni de gacelas, ni de agujeros negros, ni ángeles o demonios, ni de religiones o dioses, ni de querer vivir eternamente. Su lucha por vivir era un fracaso anticipado, una última condensación vital ante un peligro cierto. ¿No habría sido mejor decirle: “No luches, no sufras más, entrégate, ya estás condenado, no lo vas a lograr”?

Es posible que si el bebé ya fuera tan adulto y educado como nosotros fuera capaz de seguir la misma lógica perversa de nuestro pequeño mundo planificado. Esa lógica que nos mantiene impasibles, inanes, inertes, mudos, sordos y ciegos ante el horror de los úteros maternos convertidos en el recipiente de una minipimer.

Pero entre nosotros todavía quedan algunos cuyos ojos aún están abiertos a lo que no han visto y cuyos oídos aún pueden sentir los latidos que no percibían. Aquel pequeño luchador inútil abrió los ojos de Abby. ¿Cuántos pequeños luchadores más tendrán que caer para que los abramos nosotros?

Marco A. Oma colabora en la asociación Libertas, que difunde esta película