Hace unos pocos días que algunas aves anunciaban la proximidad de la primavera con su metódico y puntual retorno a los cuarteles de invierno, como es lo pactado, lo habitual, lo normal. Por eso cuando anteayer paseaba como acostumbro cada mañana tras desayunar a esas horas en que la mayor parte de los mortales ya llevan unas cuantas horas en el tajo, al pie de la única higuera que queda en donde vivo, y disponiéndome a encender mi cigarro como colofón a la colación matinal, quedé sorprendido por el hecho de ver a siete u ocho exóticas que con horribles graznidos atacaban los frutos ya maduros del árbol.

Me dijeron unos viejos vecinos del barrio, que estas aves llegaron a nuestro país hace poco más de un decenio aproximadamente, aunque el cómo no han sabido aclarármelo ciertamente, pues unos aseguraban que pudiera haber sido porque escapasen del zoológico, otros que tal vez debido al mal gusto de algunos por tener en casa animales variopintos que con el tiempo cansan y estorban más que otra cosa, que a renglón seguido hubieran precedido a su suelta indiscriminada con los funestos resultados por todos conocidos. Sea como fuere, el hecho es que se han reproducido con una velocidad pasmosa debido a su congénita lubricidad, a lo benigno de nuestro clima y a la hospitalidad de las gentes, que embaucados por el fulgor que despierta su plumaje en nuestros ingenuos connacionales se desarrollaron equivocados instintos que les han movido a darles de comer y arreglarles la existencia, y éstos hartos de volar e ir de un lado para otro, sabedores de que aquí viven mejor que en sus lugares de origen, decidieron quedarse, claro está.

Las aves en cuestión son ordinarias y zafias, sucias y descorteses, se diría que conforman la cúspide de la estulticia de entre todas las especies que con plumas existen. El escándalo que forman sus trajines, con sus continuas peleas, resulta verdaderamente insoportable para quienes han de padecerles. Y es que estos pájaros venidos del trópico y aledaños, como cualquier especie que entra en un ecosistema que no es el suyo, destroza el normal funcionamiento ambiental.

Su aparente trinar es en verdad maleable y endomingado, sucio y rastrero, edulcorado hasta el punto de resultar meloso y empalagar hasta el extremo. Los machos son pequeños y de gran cabeza sin que por ello se tenga que pensar que alberguen mayor cerebro, al contrario. Las hembras por su parte, siendo pequeñas y cabezonas también, resultan aún de peor aspecto si pudiera decirse tal cosa, pues a la altura en donde sus cortas patitas terminan y se unen con el cuerpo, aglutinan enormes masas de grasa que para quienes admiramos a las aves no pueden sino repugnarnos. Son aves coquetas, qué duda cabe, y creen que atraen al resto de congéneres, cuando en honor a la verdad avergüenzan a la totalidad del reino animal.

Hoy mismo deambulando a la vera del Manzanares con mi amigo Norberto Prieto Cimborrio, el célebre ornitólogo, a eso de la hora de comer, se explayó gratamente, largo y tendido, a propósito de mis inquietudes aviares. Y me dejó muy bien sentado el asunto cuando me dijo: “Mira Carlos, no te engañes, estos pajarracos han venido para quedarse. Destrozan los nidos de algunas aves autóctonas, roban sus huevos y condenan a otras a tener que malvivir. Pero lo peor no es eso, sino que quienes dictaminan lo que se ha de hacer al respecto, las protegen hasta la saciedad no sé muy bien por qué. Con los años se querrá poner coto a todo esto, pero mucho me temo que ya será tarde”.