“Cristo, que pasó por la puerta de nuestra última soledad, que en su pasión entró en el abismo de nuestro abandono. Allí donde no podemos oír ninguna voz está Él. La muerte ya no es lo mismo que antes, porque la vida está en medio de la muerte, porque el amor mora en medio de ella. Solo existe para quien experimenta la “segunda muerte” (Ap. 20,14), es decir, para quien con el pecado se encierra voluntariamente en sí mismo. Para quien confiesa que Cristo RESUCITÓ, la muerte ya no conduce a la soledad; las puertas del Sheol están abiertas. Con Cristo se abren las tumbas y los muertos salen del sepulcro… (Mt. 27,52-53)”. Cfr. J. RATZINGER, o.c., pp. 256-263.

La Resurrección de Jesús constituye el acontecimiento clave de la doctrina de la salvación, según la cual el género humano quedó redimido del pecado original y en disposición de alcanzar la eternidad. De este vital acontecimiento se tiene constancia por los cuatro Evangelios, por las epístolas de San Pablo y por narraciones históricas, dándose entre todos estos textos un testimonio coincidente, con ligeras diferencias, y todas coincidentes en el hecho de que Jesús, después de su muerte, se apareció a muchas personas, teniendo testimonio de bastantes de ellas.

    ¿Y qué nos cuentan esos textos? Nos cuentan, que una mañana de domingo, unas mujeres se dirigieron hacia el sepulcro de un hombre al que habían admirado y seguido durante los últimos años. Se llamaba Jesús y había sido ejecutado en el suplicio más cruel de la época, la cruz, y depositado en una tumba excavada en la roca. Aquellas mujeres decidieron acudir al sepulcro y ungir el cadáver. Su única preocupación era si habría alguien que pudiera descorrer la piedra.

    Al llegar al lugar alguien que se encontraba en el sepulcro les dijo que no buscaran entre los muertos al que estaba vivo. Abrumadas por aquellas circunstancias, las mujeres corrieron a comunicárselo a los discípulos. La respuesta fue inicialmente escéptica, pero cuando dos de ellos acudieron a la tumba (Pedro y Juan) y uno (Juan) contempló la manera en que estaban dispuestos los lienzos en que había estado envuelto el cuerpo, comprendió que su Maestro se había levantado de entre los muertos. En las horas siguientes, fueron varios los que se encontraron con su Maestro vuelto a la vida. Los que solo unos días antes se habían escondido aterrados ante la posibilidad de correr la misma suerte que Él, se vieron investidos de un aplomo y de una valentía envidiables (FE), invadidos por la certeza (RAZÓN) de que Dios lo había reivindicado...

¡Señor, te alabamos por este gran don de la vida nueva que nos das!