No existen palabras para condensar el sentimiento que pone fin a los recuerdos; es una emoción entre desesperada y concluyente que la necesidad obliga. El espacio te dice que eliminas los papales o sales tú de casa. Y como en último recurso se impone el salvar la vida, pues uno, pasados los años, va tirando por la borda cuanto le sobra hasta quedar "ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar". Ahí se van hacia la nada y origen del todo, documentos, borradores, notas de todo tipo, recortes de periódicos, revistas, cartas, fotografías, papeles, papelotes y papelitos, y cualquier soporte de papel o medio de comunicación que fue periodístico durante cerca de medio siglo. No es la primera limpia ni será la última si Dios nos sigue manteniendo aquí, que todo es posible.

Uno se sorprende de la capacidad oculta del olvido, de cómo se va reduciendo la memoria, al igual que el tiempo y el espacio, y de cómo pudo haber faenado tanto, brujuleado y sobre todo, resistido. Ya no se ve el camino andado porque hace mucho que se perdió de vista. Y aunque no se ve, al menos se intuye la tierra que no se ha de volver a pisar, y que es la tierra dejada atrás. Pues el llamado planeta tierra fue hecho redondo para que nunca se vea el fin, por mucho que se ande, sin parar. Tanto si se mira hacia atrás, como adelante.

Ahora con la nueva era informática se acaba el papel, soporte natural que nos ha transmitido el paso del mundo y legado la obra del hombre sobre él, desde la prehistoria a raíz de tener las primeras pinturas, vestigios o signos escritos. Con el avance imparable de las nuevas tecnologías, quedan atrás los soportes que marcaron la época digital y olvidaron la analógica, y así ya no sabemos qué hacer con los viejos discos de vinilo, o las cintas de casete o discos cuadrados de 3/4 que ya no se pueden usar en los nuevos ordenadores. Todo este aparataje, y medios, tal es el libro electrónico o poder usar desde tu ordenador cualquier diccionario o libro de consulta, no ha aumentado el talento, creo que lo ha reducido, aunque haya facilitado tanto el trabajo.

Camilo José Cela era reacio a todo esto que nunca usó, ni siquiera la máquina de escribir y su obra clásica de amanuense antiguo curtido en el oficio nos seguirá deslumbrando en todos los tiempos nuevos, y máxime mientras siga siendo nuestro último premio Nobel.

La limpia de papeles es el postrer recurso de un tiempo ilusionante que ya no está ni se le espera. No volverá ni por asomo, parece. Y es la última acción que uno realiza con ese tiempo: liquidarlo en el papel que lo refleja. ¿Hacia dónde va el mundo sin papeles? Buena pregunta de examen. Primero los cambió de sitio para despistar y destruirlos, y por eso está sin papeles. Sin referencias y desnortado.

Mirando la juventud, carente de principios y valores, nos dan ganas de llorar. Sin la ilusión necesaria para vivir. Habrá un renacimiento cuando se haya acabado de caer el mundo, a no ser que se acabe antes sin necesidad de regeneración. Puede llegar el Apocalipsis, pues el mundo tiene su derecho de acabar como cualquier ser vivo individual para que el todo acaba cuando se va de él. Las estrellas más viejas del universo terminan apagándose. Y cuanto gira ahí por sus órbitas diseñadas, en ese universo infinito, está vivo, y como todo ser, nace, crece, se reproduce y muere. Deja de ser y existir.

Todo eso no tiene problema alguno, el problema sería el contrario, que uno no pudiera hacer limpia de papeles hasta que estos lo ahogaran o echaran de casa; después aún menos la podría hacer. El problema sería el que la parca se declarara en huelga indefinida y uno no se muriera nunca. Y que aunque los hombres se mataran por el poder, aún más que ahora, que es lo que iba a suceder, y para colmo nunca consiguieran morir. El fin de cualquier cosa no es más que una bendición del Señor, el síntoma de que él nos está bendiciendo sin que nos estemos enterando. Y cuando menos lo esperamos nos llama a comparecer, en primer tiempo del saludo.

Las monjas Hermanitas de los Ancianos Desamparados, son religiosas ejemplares de una orden fiel a sus principios que no han cambiado ni el hábito bajo el que llevan un pesado crucifijo con tanta fe como felicidad. Las he visitado el otro día en su sede de Palencia y una vez más he quedado maravillado de cómo son y de la ilusión con que esperan el fin del viaje en el mundo, y cómo aman el camino que es la vida. Y de la enseñanza que dan, sobre todo si sus vidas, se mostraran en televisión, cargando con lo más pesado de la sociedad, la vejez y su inmundicia. Si la dicha de estas disciplinadas y trabajadoras personas la expusieran por televisión en vez de toda la porquería que nos dan, seguro que cambiarían las cosas. Y ellas dejarían de ser una especie en extinción, al no haber nuevas vocaciones, dado que la sociedad, no está por darlas, ni por loar a Dios y trabajar para el prójimo, según su ejemplo. El mundo que es ancho y ajeno, se ha despendolado tanto que parece que ya ni Dios lo entiende. Cada vez que lo miro, o sea, cada vez que me quedo mirándolo, meneo un poco la cabeza en señal de duda, porque ya no sé si el mundo está al revés o soy yo el que estoy cabeza abajo.

Con mi última Limpia de papeles, papelotes y papelitos, no sé si me habré metido en un gran papelón espiritual. Me siento nostálgicamente culpable, al enterrar bajo montañas de olvido, tantos seres, lugares, viajes, recuerdos y vida, condenados al eterno silencio de la nada. ¿Qué habré hecho para merecer este pesar? Seguro que esto de coleccionar años alegremente, sin darse cuenta, es lo que tiene...