Teresa estaba completamente loca: perseguía y apedreaba a los mayores, pero sin embargo amaba profundamente a los niños. Yo nunca olvidaré cuando pasaba por delante de mi puerta. Teresa siempre me traía algo novedoso y distinto a los demás. Yo saltaba de alegría cuando oía su inarmónica risa y descompuestos gritos al acercarse. Los niños, entonces, no salíamos nunca a la puerta en invierno; igual que Teresa que tenía especial fobia al mal tiempo. Pero cuando llegaba el Sol de la Primavera, allá por Marzo y Abril, al empezar el campo a vestirse de verde y los manzanos a engalanarse en blanca flor, donde cantaba el jilguero, ya salía mi Teresa de su casa como lagarto al Sol. Se lanzaba a los prados en busca de ciertas hierbas tiernas y tempranas, que llamaban aceas, como si hubiera estado todo el invierno sin probar bocado.

Teresa era libre como un pájaro; fugaz como las nubes, y estaba casi todo el día por afuera deambulando sola a su aire. No quería compañía porque no se entendía con nadie; era adversa con la mayoría, ya que casi todos se reían de ella y eso no lo aceptaba. Yo nunca me reía de ella, sino con ella: ver a Teresa me suponía tener un cariñoso recuerdo; no me faltaba nunca en Primavera, al paso de Teresa, un ramillete de cerezo en flor. Teresa siempre representaba el advenimiento de la Primavera. Pues era muy parecida: loca, fuerte y espontánea e incontrolable. 

Hasta que maduraban las frutas, yo contaba con mis lirios y flores aromáticas variadas. Sobre Junio, Teresa que vivía paso a paso todos los acontecimientos de la naturaleza, me traía algún pajarillo de la cría anual, -cuando se escapaba del nido y empezaba a volar-. A la llegada del Otoño, yo siempre comía las primeras manzanas frescas, las prematuras, crujientes y duras que se daban bien en la colina de la solana y que sólo sabía encontrar Teresa. Más adelante, con las enlutadas moras, y como presagio del declive de lo bueno estival, cuando el Sol tibio dibujaba las sombras pálidas, se marchaban los pastores para Extremadura, y el frío marcaba su acento en el paisaje, se le terminaba a Teresa su libre y natural albedrío, su alegría loca, y se enclaustraba meditabunda, melancólica y triste, igual que los parajes deshojados, hasta otro año. Se sentaba en el Otero como a contemplar asombrada el declive del paisaje, cual anuncio de su inmediata clausura.

Hoy, pasado tanto tiempo, cuando ni Teresa ni nada de aquello existe, viene a mi mente aquel universal mundo maravilloso de los primeros pasos por este valle, que el tiempo va alejando en el recuerdo, como lo más bello de esta realidad constante.

Pero aún faltaba lo principal que se gravó en el registro incierto de la memoria, a modo de interrogante:

Qué breve es la dicha, para lo largo del olvido. Al año siguiente del Señor 1955, cumplí mi quinto aniversario. Había arribado otro año que se borraba en la distancia, hasta que acaeció el otoño hermoso; áureo y pacífico, como una dama noble que se rinde al amor y tiende por las praderas. Era el 15 de octubre, mi quinto cumpleaños, y fui vestido por primera vez, como de hombrecito, propio para la ocasión. Salí a la calle hecho un pincel, con mi traje de luces, muy elegante y distinguido, así como si ya fuera un respetable niño mayor. Encantado de la vida. Plantado ante mi puerta como el torero que espera, tras pasar por su capilla y encomendarse al Altísimo, que el cielo le acompañe desde la primera faena hasta la suerte suprema, para salir a hombros por la puerta grande. Apareció Teresa, con sus rasgos humanos bajo aquella cabeza tan desordenada, y mi sorpresa fue mayor. Nada natural me regaló, si no un sabroso caramelo, cosa que jamás había visto en mi vida. Me enseñó a quitarle el papel para llevarlo a la boca. En mi perplejidad no podía hilar, desde su cabeza tan desmadejada, aquella acción nueva y sorprendente que me había dejado de piedra. Cómo no, con el plante al salir a la plaza, a puerta gayola. Aquella vez fue la última que vi a Teresa, porque al día siguiente ya estaba enclaustrada de invierno para no volver a verla más. Al poco tiempo, murió. Dios se la llevó, al decir de su familia; descansó, por la gran preocupación que suponía. Descansaron todos. También murió mi niñez.

Tardé muchos años en hilvanar aquello para entenderlo; ver la coherencia o tirar del hilo que me llevaría al ovillo. Era Santa Teresa de Jesús, aquel 15 de octubre de 1955, como ocurre todos los años; era el día de mi cumpleaños, y a Teresa, por ser su santo, le habían regalado en su casa los ricos caramelos.

¿Cómo poder devanar tanto joven sentimiento que se duerme, muere o pudre, en el viejo baúl de los recuerdos?