En los siglos XVII y XVIII, los pintores David Teniers (1610-1690), Ferdinand van Kessel (1648-1696) y Jean Siméon Chardin (1699-1779) popularizaron el género de las singeries  –“payasadas” o “monerías” sería la traducción–  en el que los protagonistas de los cuadros eran monos –ocasionalmente gatos– realizando actividades humanas. Con el objetivo de moralizar a través de la sátira, también pusieron el foco en su misma profesión de artistas, de modo que Teniers en 1660, van Kessel hacia 1680 y el insigne Chardin en 1740 pintaron distintas versiones de El mono pintor –una de las cuales, por cierto, realizada por Chardin, se conserva en el Museo Nacional del Prado–.

Seguramente, los citados no podían imaginar lo que vendría después, con el advenimiento de las vanguardias y, sobre todo, tras su triunfo laminador del legado clásico.

Como parte del aparato cultural destinado a la “reorientación” social, las nuevas corrientes se dirigieron al socavamiento de los valores tradicionales y numerosos “artistas” implantaron la bochornosa realidad de un “arte” digno de criaturas faltas o de bestias irracionales.

Insertas en el conocido como “soft power”, la música, las artes plásticas y los libros producidos por el sistema –es decir, sancionados con el marchamo de respetabilidad del término “cultura”–, se perfeccionaron como herramientas para el embrutecimiento, adoctrinamiento y control de las masas. Así, como bien sabemos en Occidente, hace décadas que la llamada “intelectualidad” y unas instituciones culturales corrompidas y degeneradas se encaminaron con irresponsable entusiasmo al debilitamiento de sus sociedades por la vía del relativismo o el ataque inmisericorde a la familia, la nación y la religión cristiana.

Con la soberbia derivada de su impunidad, una nueva estirpe de chamanes se empeña desde hace ya muchos años en hacernos admirar las obras –casi siempre abstractas– ridículas o aberrantes ejecutadas por un selecto elenco de botarates y soplagaitas. Y, en algunos casos, literalmente, realizadas por animales: monos, caballos, elefantes, perros, cerdos y hasta pájaros. Sin ánimo de cansar al lector, he aquí un sucinto repaso a algunos de los casos más sonoros:

En 1954, un chimpancé del Zoo de Londres llamado Congo, animado por el zoólogo y pintor surrealista británico Desmond Morris, se convirtió en “artista”. “Creó” más de 400 obras a lo largo de su vida y, como el mismísimo Van Gogh, aumentó su cotización después de muerto: en una subasta de la casa Bonhams en el año 2005, un lote de tres de sus pinturas se vendió por más de 20.000 dólares.

Por su lado, la mona Chita, tras su exitosa carrera cinematográfica al lado de Johnny Weismüller, también “se” dedicó a la pintura.

Por otra parte, la perrita estadounidense Tillamook Cheddar (1999-2014) participó en más de 20 exposiciones individuales en EE. UU. y Europa.

Así mismo, Cholla fue un caballo pintor activo entre 2004 y 2013, cuyas obras se expusieron en San Francisco, Nueva York y hasta en Venecia en 2009. Aún hoy conserva su página web oficial.

De aquí a la explotación animal como fuente de negocio hay un paso. Porque si amaestrar un orangután pintor como Sandai en el Buin Zoo de Chile –popularísimo gracias a la Televisión Nacional chilena en 2016–, puede considerarse un caso puntual encaminado a aumentar el número de visitas al parque, en cualquier caso, no debería ser necesario recordar que un zoológico no es un circo.

En otras ocasiones, como el campo de elefantes de Chiang Mai en Tailandia, la estupidez y la codicia han generado toda una industria turística de elefantes adiestrados para pintar con la trompa.

Entre otros muchos ejemplos, merece nuestra atención, por último, el protagonizado por la activista ecologista Joanne Lefson, quien hizo negocio con su cerda Pigcasso, en honor al famoso Pablo. En enero de 2018 realizó su primera exposición en Ciudad del Cabo –titulada “Oink”–, y estuvo de gira por diferentes regiones de Europa. En 2019 la marca de relojes Swatch emitió una edición limitada de relojes del modelo “flying pig” a partir de un diseño de Pigcasso, vendiéndose por 395 euros en internet. Y otras de sus obras han sido vendidas por 1000 euros o más.

Alguien considerará anecdótico que Picasso y Miró tuvieran pinturas del mono Congo. Pero el solo hecho de que sea posible confundir obras humanas con las ejecutadas por bichos es triste. Y síntoma de un problema. O, por decirlo claramente, de una evidente degradación del juicio. Porque, lamentablemente, peor aún que las obras de arte –las más altas cumbres, presuntamente, del poder creativo de la especie–, sean atribuibles a seres irracionales, es que las “elites culturales” respalden tal estafa y que fruto de ésta, esa mayoría de bípedos implumes que conforman el llamado “gran público” la aplauda.