Nos esperaban en el pantalán,

una rubia sirena

y el capitán.

A bordo del velero

nos hicimos a la mar.

Mi sirena era morena

y asomada iba a la proa

inhalando el aire puro

como un elixir.

Viento en popa a toda vela

cruzamos la bahía,

dejamos atrás la marola

y atracamos por fin

en una calita perdida

en un lejano confín.

El capitán y su sirena

se quedaron en el barco,

pero el poeta y la morena

saltaron al agua y a nado

llegaron hasta las rocas.

No os contaré lo que hicieron

allí,

pero cuando al barco volvieron

refulgían más que el sol.

Después nos hicimos fotos

que nunca he llegado a ver,

fotos de un tiempo remoto,

fotos de un cálido ayer.