Está en el candelero el asunto referente a bulos y bots, pero sin mentar a los burros. Qué no cunda el pánico, aquí estoy yo para sacar esto último a colación y darle visibilidad mediática para las decenas –dudo mucho de que sean centenas siquiera, pero no tengo datos, salvo mi intuición – que leéis mis artículos. Ojo que no es baladí que indique la intrascendencia mediática que tienen estas burradas y rebuznos que analizo.

A ver, damas y caballeros (si hay algún niño en la sala, que cierre la puerta por fuera), el trasfondo y la génesis de los bulos y los bots es su eco mediático, no lo que se intente colar como cierto, siendo falso (y viceversa), o se intente dotar de apoyo humano, sin humanos. Hemos llegado a tal grado de alienación que ahora el debate es cuántos se creen las noticias y si esos crédulos son humanos o un programa informático de suplantación de personalidad. El debate ya no es la veracidad, sino la trascendencia mediática. O sea, que si yo digo, por ejemplo (y aclaro que es un invento, que NO ES VERDAD): “Una prueba de ADN demuestra que la Princesa Lehorror es hija del Che Pa Blenin”. Imaginad que esta falacia –hasta que se demuestre lo contrario – la publica una agencia internacional de noticias y se hacen eco las tv. y la prensa más seguida. ¡Menuda se liaría! Ya imagino a “Zarzuela” y “Moncloa” desmintiéndolo, y a la oposición pidiendo explicaciones inmediatas, dimisiones y de más martingalas. Y el seguimiento público sería colosal. El vulgo chapotearía cual marrano en lodo de cochiquera, a base de miles de “memes”, cientos de miles de tuits y millones de retuits (y en el resto de redes sociales, igual).

Bien… a ninguno de vosotros se os escapa que este titular, al ser un invento mío recién leído en este artículo, no os genera la necesidad de hacer ninguna mamarrachada en redes sociales, porque sabéis que es mentira y ya está, no genera honda expansiva. Es más inocuo que el zapatillazo de una madre.

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¿Entonces, por qué las falacias o verdades sabidas por todos sólo importan cuando son aceptadas o rechazadas por mucha gente? ¿Por qué importan más las consecuencias de algo, que ese “algo”? Demostrar que la Tierra es redonda y que no somos el centro del Universo, sino parte de una pírrica galaxia dentro de él, costó la vida a muchísima gente; y al final fue aceptado no porque la ciencia y el sentido común lo impusieran, sino porque la mayoría lo aceptó. ¡Y fijaos que, aún así, llevamos años con la teoría de que la Tierra es plana, y tiene ya millones de seguidores! ¿Cuánto queda para que la Tierra sea plana oficialmente? Pues hasta que sean mayoría los que dicen eso. Ni más ni menos, que no es poco… Si esa mayoría de “terraplanistas” son humanos o bots, o mitad y mitad (o como los queramos distribuir) nada importa. La veracidad no depende de la verdad, sino de la opinión pública.

Triste, muy triste para los que conocemos alguna mentira y la demostramos; o decimos alguna verdad y es censurada. Nuestro esfuerzo es inane y estamos inermes ante ello, y ante ellos… la maldita opinión pública; máxime en esta época de analfabetismo compartido en el que todos quieren ser los mejores, acaparar todos los “me gusta” (eso que ellos llaman likes), tener cuantos más seguidores mejor (eso que ellos llaman followers) y sentirse la Tierra antes de la Edad Moderna: el centro del Universo. El geocentrismo no es ni malo ni bueno, es MENTIRA. Así de simple. Vamos a dejar ya de empezar la casa por el tejado y de dar tanta importancia a bulos y bots . Qué el intelecto jamás dependa de lo espurio. Que la verdad oficial y la opinión generalizada dejen ya de ir a misa. Aberraciones como la Memoria Histórica o el 11M, son pruebas palpables de que no hay mayor bulo que la verdad oficial y la opinión pública, ni mejores bots que los humanos que comulgan con ella.

Por cierto, tampoco os fiéis siempre de la disidencia, pues el geocentrismo era mentira y fue derrocado por el heliocentrismo, que también es mentira. Algo menos malo es mejor que algo malo, pero no es suficiente, por lo menos para mí. Si no anhelamos la excelencia estamos abocados a la mediocridad perpetua.