Jorge Manuel Rodríguez Almenar es profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Valencia. Licenciado en Derecho y Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Valencia, es Presidente del Centro Español de Sindonología y profesor colaborador del Ateneo pontificio Regina Apostolorum de Roma.

En esta entrevista analiza en profundidad y, con una mirada a modo de caleidoscopio, toda la riqueza y los matices de la experiencia vivida estos días en la peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad a Covadonga.

Usted es un hombre de ciencia pero ante todo es un hombre de fe… ¿No es incompatible para un científico peregrinar?

Quizá lo primero que habría que decir es que no existe ninguna contradicción entre ser un hombre de ciencia y ser un hombre de fe. De hecho, la mayor parte de los premios Nobel de Ciencias concedidos hasta ahora se han otorgado a hombres cristianos.

En mi caso, aunque yo estudié ciencias puras en el bachiller, luego hice la licenciatura en Derecho (soy profesor del Departamento de Derecho Civil de la Universidad de Valencia) y he terminado haciendo el doctorado en Historia del Arte. Creo que con ese currículum estoy legitimado para decir que considero que un intelectual debe ser una persona de amplias miras y que no debe limitar su conocimiento a lo que sea simplemente su ocupación.

Desgraciadamente, en el proceso de degradación que está sufriendo nuestra universidad se ha perdido su misión tradicional que era la de formar hombres con un cerebro “amueblado” y capacidad para desempeñarse más allá de su profesión. Ahora nos limitamos a la producción de simples operarios en lugar de formar intelectuales.

Pero la sabiduría, no puede limitarse exclusivamente a lo que es la ciencia empírica. Para cada persona es un imperativo moral desarrollar el conocimiento en todos los ámbitos en que le sea posible. Entendido esto de forma correcta podemos ver que es un pensamiento plenamente cristiano, pues se trata de hacer fructificar todos los talentos que Dios nos ha dado.

En mi casa esta era una de las “ideas fuerza” que dirigió nuestra educación. Mi padre nació en un pueblecito de Soria que no pasa de 100 habitantes y a pesar de las dificultades —y por su propio esfuerzo— estudió dos carreras, llegando a ser Decano de la Facultad de Bellas Artes y académico de la Real Academia en Valencia. Un hombre hecho a sí mismo, de profunda fe, recia, sin ñoñerías, pero con una gran coherencia. Un ejemplo admirable de lo que es un hombre sabio.

Dicho esto se puede entender que, para mí, peregrinar sea algo perfectamente natural pues la peregrinación es siempre una parábola sobre el sentido profundo de la vida del cristiano. ¡Si la vida no es más que una peregrinación hacia la Casa del Padre!

Peregrinar nos permite darnos cuenta de lo que realmente es importante en la vida: la sabiduría que podamos acumular y las buenas obras que podamos realizar. Además, todo hombre necesita hacer periódicamente un alto en el ajetreo que nos absorbe y reflexionar sobre el sentido profundo de su existencia, y la peregrinación ayuda a hacerlo. ¡Cuánta gente —hoy en día— se lamenta de que la vida no tiene sentido, mientras alardea de haber destruido el sentido real de la misma!

¿Por qué decidió participar en la peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad a Covadonga?

Para ser sincero tendría que decir que no fue algo muy planificado. Simplemente me dejé llevar siendo consciente, eso sí, de que era algo que merecía la pena. No solo por su significado espiritual sino también por reivindicar la raíz católica de España.

En el momento actual, España necesita reencontrarse con el sentido de su existencia como pueblo. No se puede entender a sí misma sin reconocerse en Roma y en la Cruz. Y peregrinar a Covadonga no es sólo visitar una basílica de la Virgen —hay muchas en nuestra tierra— es, también, reencontrarse con la raíces de la reconstrucción de España, que se realizó en la reconquista, al recuperar la unidad católica que se había conseguido con la conversión de los reyes visigodos.

Como decía S. Juan Pablo II, Europa se hizo peregrinando, pero pocos saben que el origen de la peregrinación a Santiago de Compostela fue Oviedo y la visita a la Cámara Santa. Los peregrinos cantaban “Quien va a Santiago y no al Salvador, visita al lacayo y deja al Señor”.

Los organizadores de nuestra peregrinación a Covadonga han tenido claro que esta primera peregrinación pretende que el peregrino se encuentre ante la realidad histórica que formó España, que no puede entenderse sin el sentido cristiano que animó aquellos que la construyeron a largo de los siglos.

En este sentido, ha sido un gran acierto iniciar el recorrido en la catedral de San Salvador de Oviedo, donde se encuentra la Cámara Santa. Una peculiar construcción que es la parte más antigua de la catedral, la capilla donde se guardaban las reliquias que legitimaban la monarquía hispana, y muy especialmente el Santo Sudario. Una de las más grandes reliquias de la cristiandad y que, sin embargo, es muy poco conocida en España.

Efectivamente, usted es un experto en el estudio de las más importantes reliquias como la Sábana Santa, el Santo Sudario, el Santo Cáliz…

Desde el momento en que supe que se iba a hacer esta peregrinación me ofrecí a los organizadores del Capítulo de Valencia para dar una charla a los participantes sobre los estudios que durante años realizó el Centro Español de Sindonología, del que soy Presidente, sobre el Santo Sudario de Oviedo.

Visto el entusiasmo que suscitó la iniciativa, lo que iba a ser una pequeña charla se prolongó en el autobús que salió desde Valencia hasta Oviedo, y más allá, porque estuve contestando preguntas a muchos de los que se acercaron a mí durante las jornadas del camino, especialmente en los momentos de descanso y no solo a los componentes del Capítulo de Valencia sino de otros muchos. Me sorprendió que algunos me reconocieran por haber visto en alguna de mis conferencias subidas a internet y tuvieran la confianza de abordarme con total naturalidad. No deja de ser otro efecto que produce la peregrinación, que iguala a todos y crea relaciones fraternas entre los que se dirigen al mismo destino.

Días intensos, muchas sensaciones vividas, pero sobre todo un bien para el alma de los presentes… ¿Qué beneficio notó en la suya?

Creo que he tenido la oportunidad de hablar con muchas personas y me ha impresionado vivamente el interés por la cultura y la vivencia religiosa de quienes participaban en estas jornadas, —muchos de ellos jóvenes universitarios— y el contraste con la indiferencia generalizada que predomina en muchos de nuestros estudiantes. Las preguntas de estos jóvenes, muy interesantes y muy inteligentes, mostraban que existe entre ellos una inquietud por profundizar en la cultura cristiana.

Pienso que hemos llegado ya a un nivel de desconocimiento tal de nuestras señas de identidad católica que lo que antes era tradicional ahora suena totalmente nuevo a aquellos que no han tenido la oportunidad de conocer realmente lo que fue una España católica. A fuerza de ignorarla y ocultarla creo que se está llegando a tocar fondo, y eso siempre es el principio de la remontada.

Era sorprendente ver a chicos de poco más de 20 años definiéndose como conversos, y manifestando su voluntad de profundizar en esas raíces cristianas de las que antes hablaba. Yo recuerdo una España que era superficialmente católica donde la gente iba a misa simplemente porque iban sus vecinos, pero faltaba una formación profunda de fondo. Lo que yo constato es que la nueva religiosidad tiene que estar fundamentada muy bien porque nace en un entorno totalmente adverso. Pero, en contra de lo que parece, no está todo perdido.

Por supuesto que esto supone un beneficio espiritual para todos y también para mí, porque supone encontrar que existe esperanza. Aunque sea un pequeño remanente existe todavía la llama que puede originar el renacimiento de una nueva Iglesia católica en España.

Nada puede compararse con la presencia real de Cristo en la Eucaristía. ¿Cómo ha vivido las Misas en la peregrinación?

No sólo con curiosidad, sino con interés. Yo no soy asiduo a la misa tradicional, y las celebraciones se hacían todas según el uso antiguo. No he podido dejar de pensar —por contraste— en el empobrecimiento litúrgico que ha sufrido en los últimos decenios la Iglesia Católica. A fuerza de querer evitar una supuesta pomposidad anterior se ha caído en la vulgaridad, en la ramplonería y muchas veces en la deformación del sentido profundo de la Misa.

Me parece incomprensible que, en los años 60, se perdiera la oportunidad de adaptar la Misa Tradicional (intención que pudo ser loable), y se optara por romper con la tradición. Esto es algo que se ve a simple vista: Hay muy pocos elementos en común entre lo que era la misa a la que asistieron nuestros antepasados y la que se hace ahora.

Y lo más increíble para alguien como yo, que está acostumbrado al Derecho, es que se hayan permitido impunemente abusos litúrgicos perpetrados por quienes —en contra de lo que dice expresamente el Concilio Vaticano II— se han permitido el lujo de inventar, vulgarizar y deformar el sentido de la liturgia. Ante esos abusos me explico perfectamente que haya quien quiera volver a la liturgia tradicional, perfectamente reglada y perfectamente clara en sus textos.

Los primeros cristianos iban de la Misa a la mesa. ¿Cómo ha sido la experiencia de poder compartir mantel con los hermanos en la fe después de asistir a la Eucaristía?

Como decía, una de las consecuencias de la peregrinación es que surge un verdadero espíritu de fraternidad entre quienes peregrinan. Y cuando aquellos que se unen al camino participan de la Eucaristía esa fraternidad se hace real, puesto que nos reconocemos hijos de un mismo Padre.

En esta peregrinación ha sido más que evidente. Sin conocernos, todos nos considerábamos como amigos de toda la vida, como hermanos. Es una experiencia muy recomendable y que aconsejo a todo el mundo. Vale la pena. Además, estoy seguro de que la próxima convocatoria tendrá aún más éxito y esa familia irá creciendo.

Aunque, si me permite la broma, le diré que mucho mantel no pudimos compartir, porque muchas veces comíamos en el suelo en un prado o sentados sobre unas piedras.

¿Qué le ha parecido la acogida de las gentes asturianas a los peregrinos?

Yo creo que en algunos casos se pasó de la sorpresa a la admiración e incluso al afecto. Muchos de los habitantes de los lugares que cruzábamos nos saludaban con verdadero cariño. Hay que tener en cuenta que es sorprendente ver un montón de jóvenes con banderas con el Sagrado Corazón de Jesús o portando cruces o estandartes. Eso es algo insólito en nuestros días. Aunque supongo que con el tiempo se irán acostumbrando…

¿Espera que esta peregrinación sea el comienzo de algo importante para la fe en nuestra patria?

Estoy convencido de que así va a ser. Ese fue otro de los motivos por los que decidí asistir. No quería perderme el nacimiento de algo que puede ser muy importante. Conocía la peregrinación semejante que se hace en Francia y no hay duda de que forma parte del cambio de actitud que se está produciendo en miles de personas. Después de muchos años de sumisión, grupos sociales cada vez más amplios se están atreviendo a hacer frente al Estado laicista impuesto por la fuerza en la época de la revolución francesa.

Hay que recordar que en Francia el mito de la revolución ha sido incuestionado durante muchísimos años. Nadie se atrevía a decir nada en contra de lo que se llamaban los “valores republicanos”, pero poco a poco va surgiendo un movimiento que se atreve a reivindicar la Francia católica tradicional. Esto es algo realmente insólito.

Un ejemplo claro es lo que está ocurriendo con la reivindicación de los mártires católicos que fueron asesinados, durante la revolución, por no querer abandonar la religión de sus padres. El éxito sin precedentes que tiene en Francia el parque temático de Puy du Fou —que reivindica la historia católica del país— es algo más que una anécdota. Es un síntoma que muestra que se está produciendo un cambio profundo en la sociedad. Quizá porque allí hace tiempo que tocaron fondo y algo tiene que cambiar.

¿Puede ocurrir algo parecido en España? Yo tengo la esperanza de que así será. Aparte de que los católicos nos jugamos ya nuestra supervivencia, y espabilamos o desapareceremos…