Muchos católicos sufren y algunos incluso desesperan ante la persecución a la que el mundo les somete. Cada día sin excepción deben enfrentarse al escarnio público y a la discriminación, a la tergiversación y a la calumnia, a la incomprensión, al ataque a su dignidad por el simple hecho de ser católicos. No todos resisten esta dura prueba. Ante la angustia producida por tanta y tan constante presión, muchos llegan a renegar de su religión, al verse incapaces de sacrificarse por ella; otros la adulteran para eximirse de las penas más duras, y siendo mitad católicos, mitad modernos, acaban siendo una entera nada; otros en fin mantienen su fe pero viven quejándose de la época que les ha tocado vivir y añorando otros siglos más cómodos para la religión católica. En este artículo no voy a negar el dolor y la persecución que sufrimos hoy, pero voy a ponerlos en perspectiva.

   Los primeros cristianos fueron perseguidos, humillados, apresados y asesinados de las maneras más infames posibles cuando el cristianismo todavía no había dado muestras de su resistencia. Todavía la historia no proporcionaba ejemplos que permitiera a aquellos cristianos tener una esperanza de la supervivencia de la Iglesia católica que se fundara en la experiencia. Imaginad la fe de aquellos cristianos. Cuando eran perseguidos, no podían consolarse entre ellos señalando el tiempo que la Iglesia llevaba existiendo y soportando los más duros golpes, sobreviviendo contra todo pronóstico humano y creciendo de forma proporcional a la persecución sufrida. No; detrás de ellos no había nada más que el abismo; delante, una persecución auspiciada por el Imperio más poderoso que jamás ha existido. Pero arriba estaba Cristo. Su fe no necesitaba de ejemplos históricos que hicieran probable la perdurabilidad y victoria final de la Iglesia.

   Muchas religiones habían pasado por allí como peregrinas y habían desaparecido con la misma rapidez con la que habían llegado. Tanto en Roma como en Grecia llegaban las más pintorescas religiones de Oriente, algunas de las cuales arraigaban por un tiempo, mientras que otras apenas se instalaban cuando desaparecían para siempre. Aquellos primeros cristianos las habían visto llegar e irse, como nosotros vemos pasar las más diversas modas de hoy. Sin embargo, estuvieron dispuestos a sufrir el martirio por esa nueva religión que todavía no podía mostrar al mundo su solidez. No es que no se quejaran de la persecución que sufrían, pero sabían referirla a su verdadera causa y aceptarla con fe, incluso con alegría. Creyeron en la promesa de Cristo contra toda perspectiva de éxito.

   Podrían haber evitado el martirio con sólo renegar de su fe. Podrían haber pensado de esta manera: «esperaré que pasen unas décadas más, y si veo que la Iglesia se extiende como fue profetizado, aun a pesar de tener al Imperio más poderoso en su contra, sabré que es la verdadera y que merece la pena morir por ella. Pero ahora ¿voy a morir por una religión más joven que mis abuelos?». Pero los primeros mártires y todos los que sufrieron la persecución con firmeza no pensaron así. Padecieron las torturas más inhumanas con una fe tanto mayor cuando menos apoyada en los acontecimientos humanos. No dejemos que la distancia que nos separa de ellos haga menos efectiva su heroicidad: sus vidas eran tan reales para ellos como para ti, lector, el corazón que sientes palpitar en tu pecho; no valoras más tu vida de lo que ellos valoraban la suya. Sin embargo, la sacrificaron por algo que había sucedido viente, treinta, cuarenta años atrás. Mira si tú podrías sacrificar tu vida por algo tan reciente.

   Los católicos de hoy no sufrimos ni la mitad de lo que sufrieron los primeros cristianos, si exceptuamos a los cristianos que hoy son asesinados en África y algunas zonas de Oriente Medio

 

 

 

 

con la complicidad del silencio mediático. Pero en Occidente muchos católicos se quejan de otro tipo de persecución, y no digo que no haya motivos para ello. La blasfemia se ha convertido en un derecho, la mofa a los católicos en un pasatiempo, el sacrilegio en una convención. A diario se nos somete a un chantaje emocional para hacernos abdicar de las doctrinas católicas, intentando convencernos de que odiar el pecado implica odiar al pecador. Todo esto es cierto y no voy a negar que produce dolor, pero nosotros tenemos el ejemplo de los primeros cristianos, y vemos cómo entonces la Iglesia católica, a pesar de tener todo en su contra, salió adelante.

   Imagino el consuelo que hubiera significado para aquellos primeros cristianos tener ejemplos como el que ellos nos proporcionan a nosotros, poder mirar atrás y ver una Iglesia bimilenaria en pie a pesar de todos los intentos por derribarla. Y no sólo tenemos el ejemplo de aquellos primeros cristianos, sino el de todos los cristianos posteriores que han sufrido la persecución y el martirio, incluso en la historia más reciente.

   ¿Por qué, entonces, nos quejamos de la época que nos ha tocado vivir? ¿Por qué nos quejamos de la persecución? En el cristianismo la excepción es no ser perseguido, incluso podría decirse que es una mala señal no serlo, pues Cristo dijo: «Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí antes que a vosotros. Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,18-20). Vemos que se cumple ¿y nos entristecemos? Al contrario, debemos alegrarnos, pues al ver ante nuestros ojos cómo se cumplen las palabras que vaticinaban las molestias que debíamos sufrir, debe aumentar nuestra fe en las palabras que vaticinan la resurrección que no vemos todavía.

   La persecución que sufrimos es un honor, aunque quienes la llevan a cabo no tengan la intención de honrarnos. Tampoco quienes persiguieron y crucificaron a Cristo tenían la intención de glorificarlo, aunque es lo único que consiguieron. Por eso, podemos y debemos quejarnos de la injusticia de quienes nos persiguen, pero no de la persecución, porque estaríamos quejándonos de seguir los pasos de Cristo. Cuando amamos a una persona ¿no queremos sufrir junto a ella si no podemos evitar su sufrimiento? La cruz que arrastran los fieles da testimonio de la cruz que arrastró Cristo, es la demostración viva de nuestro origen, es el cumplimiento de la promesa evangélica, y con todas nuestras cruces unidas continuamos el surco abierto por la misma cruz de Cristo al dirigirse hacia el Calvario.

   ¿No es, en cierto sentido, un milagro que siempre seamos perseguidos, cuando Cristo mismo dijo que lo seríamos? ¿No es extraordinario que nuestros enemigos no puedan dejar de perseguirnos a pesar de saber que están cumpliendo sin querer lo que Cristo profetizó? Si nos aborrecen, es que estamos en el buen camino. Esas blasfemias, esas mofas y esos sacrilegios son las señales que nos indican el buen camino. ¿Qué importa que las señales sean molestas? Si alguien, para indicarnos cómo llegar a un lugar, nos dijera: «para llegar hasta allí debes ir por un camino que huele mal y cuya orilla está llena de excrementos; si te encuentras un camino limpio y lleno de flores, es que te has perdido», entonces ¿no nos alegraríamos de notar la molestia del mal olor? Del mismo modo, debemos alegrarnos por notar que el mundo nos aborrece, porque es Cristo mismo quien nos ha indicado que en el buen camino nos encontraríamos con esa molestia.

   Otras religiones son aborrecidas de una forma local, inconstante, temporal; sólo la religión católica es aborrecida de forma universal para dar fe de su universalidad, aborrecida perpetuamente para dar fe de su perpetuidad, aborrecida siempre para dar fe de su eternidad.

   Concedamos, aunque no sea cierto, que somos perseguidos con la misma dureza y extensión que los primeros cristianos. Aun así, nuestra prueba no es tan dura. Nos apoyamos en dos milenios de ejemplos, conocemos por experiencia que la Iglesia católica es indestructible, tenemos una garantía

 

 

 

 

viva y palpable de su victoria, podemos leer a aquellos cristianos que sufrieron o presenciaron la persecución en los primeros tiempos. ¿No debería todo esto aumentar nuestra fe o hacerla más audaz? Sabemos que los cristianos no alcanzan la victoria a pesar de ser perseguidos, sino porque son perseguidos.

   En cuanto a los errores que provienen del interior de la Iglesia, debemos verlos como una clase distinta de la misma persecución, y soportarla por el mismo motivo y con la misma esperanza.          

   Queremos presenciar milagros, pero sólo aquellos que son de nuestro gusto. Cuando se nos presenta un milagro incómodo, lo rechazamos, nos quejamos. Eso ocurre hoy. Deberíamos estar alegres al ver que quienes odian a Cristo le dan la razón con la persecución a la que nos someten, al ver que las palabras de Cristo se cumplen por medio de aquellos que quieren silenciarlas. No podemos ascender con Cristo en la Resurrección si no ascendemos con Él en la crucifixión. «Bienaventurados seréis cuando os persigan los hombres y digan contra vosotros todo género de mal a causa del Hijo del Hombre. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos...»