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No. Seguro que no...seguro que, aunque hayan pasado 62 años, aquel 22 de diciembre no se me ha olvidado.  ¿Y qué pasó, o me pasó, aquel día para que permanezca en mi memoria como si fuese ayer? Algo increíble y milagroso (o justiciero, vete tú a saber). Yo acababa de terminar Magisterio y ejercía ya de Maestro, como interino, eso sí, en una escuela de mi pueblo (escuela unitaria, se decía entonces, creo que de aquellas escuelas ya no existen), que además estaba situada justo enfrente de mi casa, bueno de la casa de mis padres (la panadería de Julia), en la calle Montilla.

El edificio, un viejo caserón abandonado, tenía dos cuerpos, uno que daba a la calle, horizontal con la misma, y otro interior perpendicular, ambos de dos plantas. En este, interior, que daba a un patio, que era más un descampado, estaban las dos clases, una en  la planta alta y otra, en la baja (en la de arriba figuraba como Maestro mi amigo del alma Don Antonio Pérez Oteros y en la de abajo, yo)... Entre 45 y 50 alumnos por clase (de todas las edades).

Pues esa fue mi primera experiencia de Maestro y mi descubrimiento de lo que era la enseñanza en España: una Guerra.  En primer lugar por la insalubridad del local, medio metro bajo el nivel del patio exterior, unas paredes carcomidas de humedad y llenas de  manchones verdes, no apto ni para cerdos... con un frio siberiano en invierno y un calor insoportable en verano. Tanto frío que los niños y yo mismo teníamos que estar con los abrigos y los guantes de lana puestos hasta para escribir...y algunos, con pasamontañas puestos toda la jornada.  Eso en cuanto a lo físico, pero peor, o al menos más desilusionante,  nula,  la atención de las Autoridades del pueblo (y las provinciales menos), ya que nunca había "fondos" (ahora le llaman Presupuestos) para comprar material escolar, ni libros, ni biblioteca... 

Naturalmente, Antonio y yo, y casi todos los días en cuanto terminábamos las clases, nos íbamos al Ayuntamiento a pelearnos con el Secretario, pues el Señor Alcalde ya nos temía y se escondía, exigiendo medios y, sobre todo, denunciando el estado ruinoso del edificio y de las aulas.

Pues bien, al final pasó lo que temíamos que pasara y pudo ser una verdadera tragedia, ya que el cuerpo interior del edificio, en el que teníamos las clases, sin previo aviso (ni anunciándolo por escrito cómo nos exigían a nosotros nuestras quejas) se hundió cuando estaba vacío...¡¡justo el 22 de diciembre y cuando los niños del San Idelfonso cantaban los números de la lotería del "Gordo"!!... ¡Dios, lo que hubiese pasado si en lugar de hundirse el 22 se hunde tres días antes con los 50 y 50 niños dentro!!...

Menos mal que habíamos dado las vacaciones de Navidad el día 19.              

Aquella mañana yo acababa de acostarme, pues había trabajado toda la noche en la panadería (que para mi padre no había vacaciones ni gaitas) y estaría en mi primer sueño cuando un enorme ruido muy grande y los gritos de mi madre me despertaron.          

 --- ¡¡ La escuela, tu escuela, se ha hundido, se ha hundido!!          

Bueno, que Don Antonio, mi amigo hasta después de muerto, y yo nos fuimos a ver al Señor Alcalde... Antonio para protestar por lo que podía haber pasado si la hecatombe se hubiera producido con los niños dentro... y yo, yo no me pude contener y gritando "¡¡¡ Asesino, asesino, asesino...!!! me abalancé sobre él y si no me detienen tal vez le hubiese roto la cabeza o más.             

Y ahí, y así, terminó mi carrera de Maestro y sin pensarlo hice mi maleta y me fui a Madrid (bueno, no del todo, porque en Madrid hice y aprobé las Oposiciones obligadas de entonces. 1962) e incluso volví a ejercer 36 años más tarde y por circunstancias muy especiales que otro día contaré.         

 Pero, a veces, y muchas veces, durante los 62 años transcurridos desde aquel 22 de diciembre (hoy, cuando escribo se cumplen) me he preguntado: ¿Y qué habría sido de mi vida si aquel día no se hunde mi escuela?

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