De poder estudiar Segismundo Freud el cosmos de mi psique intelectual, probablemente colegiría que soy un reaccionario en tanto en cuanto mi condición filial está herida por un paraíso biográfico perdido: aquel anterior al divorcio de mis padres. Y uno, a veces, así lo considera, ¿pues qué más drástico y determinante hay para un individuo que viene al mundo que el desgarramiento de la unidad de amor y solidaridad que le dio a él la existencia? Ortega y Gasset, en sus deliciosos Estudios sobre el amor, escribe que se ama así como se es, y que sólo en el amor damos la talla de nuestra contextura humana. Para Ortega, la concepción del amor que una persona profesa es la pista más importante para descifrar su personalidad, desde la superficie hasta los arcanos. Para mí, esa prueba de la idea y práctica del amor cifra, sin más componendas ni adendas, la valía de un ser.

Del mismo modo, la concepción del amor que profesa una época nos habla con máxima elocuencia sobre las vísceras de las que está compuesta. Esos interiores, esos imaginarios inconscientes que, no obstante, alteran profundamente nuestra estancia material en la tierra, pueden ser masculinos o femeninos, centrífugos o centrípetos, unificadores o anarquistas, arquitectónicos o místicos, clásicos o románticos, luminosos u oscuros. Si la época se entrega a la construcción, a la fecundación y a la ordenación de la vida, o si, por el contrario, carece de una regla, de un tono, de un pulso, de una finalidad, y, por tanto, es llenada por la suma de individualidades atómicas que se conducen por los meros impulsos eléctricos de sus conciencias, entronizadas en el baldaquino de la subjetividad que encarama un sentir individualista, escurridizo a compromisos duraderos y a lealtades firmes. Hablar del fracaso de la Modernidad es, ante todo, hablar de las estadísticas de divorcio, de los índices negativos de natalidad y, en último término, de la curva ascendente de suicidios, pero también de la depauperación de los lazos familiares, amistosos, sindicales. Todos estos indicativos de inanición espiritual y de ausencia de deseo por lo vital y fecundo no pueden explicarse si no remontándonos al resecamiento de los depósitos de amor del mundo como causa primitiva de estas y otras gravísimas dolencias.

Fruto de la inversión teológica que principia en el Renacimiento, el hombre dejó de sentirse amado por un Creador cósmico, trascendente y sobrenatural, y sólo le quedó, como recubrimiento lenitivo a esa gigantesca orfandad, la laicización de semejante amor, encarnado en un hombre o en una mujer de carne y hueso, sobre los que pesó, a partir de entonces, una divinización sustitutiva. El arte europeo de tema romántico desde el Cancionero de Petrarca hasta el Werther de Juan Wolfgang Goethe, es repercusión de ese proceso de dación de toda esperanza humana al trato carnal y espiritual con otro ser equivalente a nosotros, pero dotado de una beldad suprema que transporta al enamorado ante la presencia de lo divino. En este acontecimiento verdaderamente revolucionario respecto de un clásico y mesurado entendimiento del sentimiento amoroso, opera ya una gran perversión que alterará la historia del erotismo como si de una caída del Edén se tratara, haciendo humanamente imposible volver al punto de partida.

No sólo es descabellado encomendar las perspectivas de plenitud personal al trato amoroso con una persona, sino que, además, es profundamente falto de amor para con ella, puesto que, al atiborrar nuestra secreta expectativa con preciadas exigencias, requisitorias y afanes, nos olvidamos de que lo que nos compone a cada uno de nosotros es la pequeñez y la miseria, en un porcentaje infinitamente superior que el que puede albergarse de grandeza y virtud. Por tanto, es cuestión de más o menos tiempo, en función de los volúmenes morales de cada uno, que la parte oculta o subrepticia del enamorado emerja como un monstruo que nos espante, nos defraude y nos haga quemar nuestro antiguo ídolo en la pira de las ilusiones perdidas.

Vana es toda ilusión que no se cimente sobre un análisis realista del contexto ilusorio. Y no cabe mayor realismo en el trato con los demás que el de anteponernos al fallo, sabiendo que se dará, y comprometiéndonos a soportarlo y sufrirlo cuando se produzca, pues en otras ocasiones seremos nosotros los que fallemos estrepitosamente, que nadie, ni los santos, están libres de hacerlo. Pero para asumir con posibilidad de éxito tan complicada mentalidad hay que asumir primeramente que existe el pecado, que existe una tendencia a él. Y reconocer nuestra condición y nuestro fracaso sin autoindulgencias ni “perdones a nosotros mismos”, pues el perdón es siempre un ejercicio externo, mediado por el amor. No menos importante es tener presente la existencia de jerarquías en el amor, e incluso de amores de muy diversos tipos (el amor familiar, el amor de la amistad, el amor erótico, el amor numénico) que se complementan los unos con los otros, y que se hacen más plenos y armónicos cuanto mejor están cada uno de ellos trabajados o dispuestos, cuanto más acompañados por los otros en una coreografía universal.

Sin duda, habrá siempre místicos militantes y entusiastas de uno de estos cuatro amores, y así, existirán aventureros del sentimiento que logren la plenitud en el amor y la dedicación hacia sus padres; habrá otros que encuentren en los amigos los lagos más puros y satisfactorios para bañar su corazón y entrega; los habrá también que en los confines de la unión con el sexo contrario hallen el licor embriagador que les deja agotada su pasión para los otros menesteres; y qué decir de los grandes santos o los eremitas, que han alcanzado la felicidad en una celda o una roca apartada del mundo. Estos perfiles, no obstante, conforman minorías aristocráticas de cada uno de estos cuatro amores: el perfecto hijo, el perfecto amigo, el perfecto marido o la perfecta esposa, el perfecto devoto. Pero tengo para mí que esa perfección especializada no es absoluta, por tanto, no es perfección, pues siempre queda un regusto melancólico por la ausencia o deficiencia del resto de amores. Es importante saber esto, también, para no pedir la totalidad a ninguno de ellos, y conformarnos humildemente con lo que puede darnos.

Sin embargo, yo no quiero referirme a individuos extraordinarios, sino a gentes sencillas y comunes, que nada hay de malo en ser básico y elemental, sino de bueno y rescatable (es decreciente ese tipo de gente llana en una dinámica social que privilegia la extravagancia más fatua y la búsqueda irrisoria de originalidad). Es por ello por lo que este sólo es el marco, el preludio, la introducción, espero sugerente, de una serie de artículos que dedicaré al análisis y, ante todo, la prédica sobre el tema más importante de nuestro tiempo: el amor. Será un sermón de amores, porque como escribe Ernesto Giménez Caballero, “un español no puede hablar sobre el bajo el rótulo de ‘Conferencia’ o ‘Ensayo’. Son estos géneros demoliberales, parisienses, anglosajones. No van con nuestro género apologético, exaltador. Un italiano lleva dentro de sí un tribuno y convierte de pronto todo salón en foro. Nosotros, los españoles, sentimos dentro al predicador. Y la charla más frívola nos deriva a la apologesis”.

Seamos en esta materia, pues, apologéticos, que además de por ser españoles, nada lo merece tanto como el amor.