Nuestra época técnica y especializada se caracteriza por emplear medios complejos para crear problemas, de modo que el hombre siempre piense que la solución también pasa por esos medios. Ante una situación preocupante que es necesario revertir, buscamos métodos sofisticados, empleamos argot científico, apelamos a la industria humana, y ante tal cantidad de dificultades que encontramos en los mismos medios que creemos se interponen entre nosotros y la solución, renunciamos agotados por la sola perspectiva.

   Sin embargo, apenas hay problema que no tenga su origen y por lo tanto su potencial solución en algún motivo elemental del ser humano, demasiado primordial como para detectarlo o para asociarlo a una situación tan compleja. No es, por lo general, en los medios de que se sirve el hombre, ni en las ciencias que ha perfeccionado, ni en un lenguaje oscuro y enrevesado donde hay que acudir para resolverlo, pues con bastante frecuencia esas mismas cosas nos han conducido hasta la situación que pretendemos revertir; es en el hombre mismo y en algunas de sus sanas costumbres interrumpidas.

   Ahora mismo, sin ir más lejos, hay un gran problema en cuanto a los precios del alquiler de la vivienda. Cuando se debate los motivos del mismo, al momento vemos aparecer conceptos como «inflación», «carestía», «polarización inmobiliaria», «ilusión monetaria», «dinamización interna», etc. Como a pesar de toda esta palabrería de oráculo ambulante la solución no se vislumbra, algunos insensatos hemos llegado a pensar que no tocan el problema de fondo, e incluso hemos comenzado a tener nuestras propias teorías.

   Yo tengo la mía, y es la teoría del fogón. Según la susodicha, los precios del alquiler se regularían por sí mismos a largo plazo con sólo volver a considerar la importancia del fogón en el hogar y a devolverle su antigua función congregante. Esto es algo muy elemental, lo sé; pero las teorías más refinadas no han dado muestras de eficacia. Tengo la manía de creer que todo el mecanismo creado por el hombre en el desarrollo de una civilización, está subordinado a los propios deseos del hombre, y que cuando éste modifica sus costumbres, todas las piezas del mecanismo deben reajustarse por sí solas para adaptarse a la nueva situación humana. Contra esta idea, que parece tan natural y razonable, se opone la gran mayoría, que cree que la economía, la industria, las ciencias y todas las demás creaciones del ser humano en el curso de su progreso, tienen una vida independiente, autosuficiente, y que funcionan y operan sin el concurso del hombre. Por lo tanto, es el hombre quien debe ajustarse a ellas e ir a remolque de sus imposiciones.

   Algo de esto hay en el fondo de los debates sobre el alquiler de la vivienda. Se lanzan algunas palabras técnicas que parezcan descargar al ser humano de toda responsabilidad, que le dejan al margen y excluyen su intervención, de tal manera que parezca que son los conceptos económicos, actuando como el fatum de los romanos, quienes nos llevan inevitable e irreversiblemente a situaciones indeseables.

   Se dice, por ejemplo, que como el alquiler ha subido, tanto marido como mujer deben trabajar, pues no basta un sólo sueldo para pagarlo. Aquí la palabra "alquiler" aparece despersonalizada, como si no hubiera tras ella un ser humano estipulando un precio cualquiera modificable a placer. Pero lo hay. Además, no es cierto que el hombre y la mujer trabajen porque el precio del alquiler es muy alto, sino que el alquiler es muy alto porque el hombre y la mujer trabajan. Por supuesto que ahora, una vez el problema se ha instalado, ambos miembros del matrimonio están casi obligados a

 

 

 

trabajar por ese precio excesivo, pero el origen real del problema y su causa inicial fue que uno de los dos miembros comenzó a trabajar cuando no había esa necesidad ni el precio del alquiler era el motivo. Y ahí es donde entra la teoría del fogón.

   Las feministas han introducido en el imaginario colectivo la idea de que la mujer que se quedaba en casa cocinando era un ser miserable y constantemente al borde del llanto; sola, triste, marginada. Pero todavía hay generaciones que han sido testigos, bien en la convivencia con sus madres, bien con sus abuelas, de que la realidad era muy distinta. Nunca la mujer estuvo más rodeada de vida, más acompañada, más alegre, menos estresada y exigida, que cuando tenía toda la mañana para preparar tranquilamente la comida de su familia. Los hijos arremolinándose en torno a ella; sus hermanas, primas u otros familiares entrando y saliendo de su casa; caras conocidas la esperaban detrás del mostrador de un comercio familiar cuando acudía a la compra; su marido llegaba a casa para comer en familia, junto a sus hijos, junto a su mujer, para hablar tranquilamente de las lentas ocupaciones del día.

   Por supuesto esta realidad no fue desmentida originalmente por las feministas, sino sólo propagada; fue el capitalismo, al que le interesaba doblar el número de productores, quien sedució el orgullo de algunas mujeres y les vendió la promesa de una vida idílica fuera de su casa. Por eso el feminismo comenzó a reproducirse en los países protestantes más industrializados. Hoy la mujer, por lo común, pasa la mitad del día expulsada de su casa, obligada a permanecer durante ocho horas en un trabajo que por lo general detesta, con un jefe que no soporta, con una sonrisa forzada y una mirada perdida, pero eso sí, con media hora para comer algún producto precocinado en la más completa soledad o, lo que es peor, rodeada de caras familiares (en el peor y sarcástico sentido de esta palabra) que sólo le recuerdan su monótona condena. En vez de rescatar al hombre del excesivo trabajo, el Progreso ha añadido a la mujer al mismo castigo.

   Esta decadencia es el resultado de haber cedido un principio antropológico, algo que siempre trae consecuencias terribles. La familia es una institución natural, y es el mundo entero el que debe transformarse, ajustarse, ceder y entrar en el molde de lo que ella exija. El hombre quiere comer en familia, eso es un hecho. Luego si este principio fuera innegociable, si el hombre no escuchara ofertas a cambio de abandonarlo, las instituciones, las multinacionales, la demanda, la Bolsa, los políticos, las oligarquías, todo tendría que adecuarse a este principio y claudicar ante sus exigencias. No es la sociedad familiar, fundamento natural de la civilización, la que debe modificarse según lo exijan las sociedades económicas, políticas o fácticas; son éstas las que deben modificarse según la sociedad familiar.

   Si pongo el ejemplo del precio del alquiler, no es porque éste sea el único problema que ha resultado de la desarticulación de la familia, sino para que a través de este ejemplo se deduzcan y contemplen todos los demás problemas que guardan una relación directa. La deficiente educación de los hijos, la desproporción entre sueldo y nivel de vida, la ansiedad colectiva, la división social; todas estas dificultades actuales son consecuencia de haber abandonado una costumbre arraigada en la institución de la familia. Al haber extraído un elemento de su estructura, todo cuanto dependía del ser humano debía notar su falta.

   Cuando hemos caído por una pendiente de problemas cuyas soluciones técnicas no son eficaces, se trata siempre de retroceder hasta localizar el punto de la naturaleza humana que fue negado o corrompido, porque sólo corrigiendo ese desvío inicial volverá todo lo demás a su curso natural.

   Una vez que el fogón del hogar volviera a tener la función de reunir a la familia, una vez que fuera innegociable sentarse a la mesa con nuestros seres queridos, el mundo entero, todos los poderosos del mundo, todos los negocios de los poderosos, todas las acciones de los negocios, todos los especuladores de las acciones, toda la ambición de los especuladores; todo tendría que orbitar alrededor de ese principio básico, conformarse a su movimiento y cambiar a su paso. Todo ese descomunal aparato que ahora parece imposible conmover con toda la fuerza de la ciencia y el arte, se desplazaría suave y sumisamente con sólo volver a la situación que el orgullo alteró. La solución parece algo utópica, sí; pero pregunto: ¿cómo han ido hasta ahora las soluciones prácticas?