PARA LOS OBISPOS ESPAÑOLES YA NO HAY HEREJES, PORQUE ELLOS SON LOS MÁS HEREJES

 

Para la Jerarquía Eclesiástica española ya es indiferente ser católico, anglicano, luterano, mahometano, budista, marxista o liberalista… y luego se quejan que los españoles se alejen de la iglesia

 

 

Con motivo del 18 de julio de 1982 el “Heraldo Español” publicó un artículo del teólogo Eulogio Ramírez que causó verdadero impacto entre la clase política y eclesiástica de España. Habían pasado 46 años del 18 de julio inicio de la Guerra Civil y el católico Ramírez estudia los cambios que se habían producido entre aquel 18 de julio y el 18 de julio del 82. Por su interés “El Correo de España”· reproduce hoy aquel artículo:

 

 

DEL 18 de julio de 1936 al 18 de julio de 1982 hemos pasado de una Iglesia de cruzada a una Iglesia en retirada y degradada; de un nacionalcatolicismo español a un nacionalcatolicismo europeo (francés, anglosajón, alemán); de una Iglesia conquistadora y apostólica, proselitista a una Iglesia conquistada, de repliegue, de claudicación, en vías de extinción. Hemos pasado, en fin, de una Iglesia católica fiel a una iglesia infiel, reformada, luteranizante, liberalista, socialista, modernista, "adaptada a este siglo". Todo el afán de los heterodoxos españoles y todo el servilismo de complejo de culpabilidad de los católicos (de la Iglesia) más inconsistentes ha venido siendo, de modo creciente, el empeño de desespañolizar España y, por eso mismo, de descatolizarla, de substituir la mentalidad y la conciencia tradicional española por la mentalidad ultrapirenáica laica o francamente atea, para que nos acepten en el Mercado Común Ecuménico y Económico. Y, con la ayuda de los últimos sumos pontífices y de los obispos del "cambio", lo han conseguido en gran parte. Y todo lo que había en España (y en la Iglesia católica) de grandeza, se ha perdido o se está perdiendo, sustituido por los nuevos modos de vida, la nueva "moral" y la nueva axiología o escala de valores importados del extranjero, la modernidad tan exaltada por uno de los mentores de esta degradación, el provicario general de Madrid-Alcalá, el jesuita discípulo de Hans Küng e irenista como él, padre José María Martín Patino, ninfa Egeria del "Cardenal del Cambio" y presidente de los obispos españoles en la etapa más crítica del Cardenal Tarancón. 

 

 

LA "NUEVA IGLESIA" 

Lo quiso Pablo VI en uno de sus más solemnes discursos: la Iglesia actual tiene una "nueva psicología " (18-XI-1965), aunque el Papa no explicó con precisión qué es eso de una "nueva psicología eclesiástica". ¿Es una nueva fe, una nueva moral, una nueva teología, una nueva ascética, un nuevo derecho público eclesiástico, un nuevo derecho canónico, un nuevo talante? Pero en la Iglesia católica, en la Iglesia fundada por Jesucristo no puede haber nada nuevo, verdaderamente nuevo, como no lo hay en el árbol de mostaza; hay crecimiento homogéneo. Si en la Iglesia católica hay algo nuevo es que hay algo falso. Si bien se mira, el escriba al cual se refirió Jesucristo, que saca de su tesoro "lo nuevo y lo viejo", en realidad, sacaba lo viejo siempre. En efecto, "lo nuevo" no era nuevo, sino viejo y olvidado en el fondo del saco de su tesoro. Es un disparate y es una aberración contraria a la Tradición eclesiástica afirmar, como lo ha afirmado bastantes veces el obispo auxiliar de Madrid, monseñor Estepa, que vivimos en una "nueva iglesia". Si vivimos en una "nueva iglesia" -y yo sospecho que sí vivimos en una nueva iglesia, no en la fundada por Jesucristo- es que ha habido ruptura de la Tradición, que se ha producido una infidelidad, que ha tenido lugar una reforma, que tenían razón todos los reformadores cuyas doctrinas ahora se aposentan en nuestra iglesia, los luteranos, los calvinistas, los anglicanos, los modernistas, sin contar esas reformas ideológicas o religiones seculares que son las ideologías en otro tiempo condenadas por el Magisterio oficial de la Iglesia -el liberalismo, el comunismo, el socialismo- y ahora infiltradas en ella. 

 

LA IGLESIA ACTUAL 

 

Se ha dado, efectivamente, un cambio en la Iglesia católica, un cambio sustancial. Y eso es lo que tendrán que analizar y establecer los historiadores imparciales del futuro, si es que no estamos ya en pleno apocalipsis, en el final de los tiempos, pues se dan en nuestros días algunos de los signos apocalípticos profetizados por Jesucristo. Un simple periodista, como yo, por más católico militante que sea, no tiene ni la autoridad, ni la preparación, ni el tiempo necesarios para demostrar que se ha dado esa ruptura en la Iglesia católica en general y más especialmente en la de España. Leyendo yo estos días pasados el libro donde el académico de Francia Julien Green relataba su conversión desde el anglicanismo al catolicismo volvía a tropezarme con las preguntas que él mismo se hacía en algunos tomos de su diario: ¿Por qué me habría yo convertido al catolicismo, si ahora el catolicismo se convierte al anglicanismo?, viene a decirse Green, casi como se lo decía "Le paysan de la Garonne". Los conversos como Jacques Maritain o Julien Green, o el teólogo insigne Louis Bouyer son los más sensibilizados para apreciar esa ruptura de la Tradición católica, esa reforma protestante introducida en el catolicismo actual. Y me venían estos días a las mientes la constitución apostólica "Missale Romanum", promulgada por Pablo VI, donde se define la Santa Misa de esta manera: "La cena del Señor o misa, es la asamblea sagrada o congregación del pueblo de Dios, reunido bajo la presidencia del sacerdote para celebrar el memorial del Señor". Con esta definición comulgan casi todos los protestantes actuales, pero no comulgarían los Padres del Concilio Tridentino que definieron que "en este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció él mismo cruentamente en el altar de la cruz". 

 

UNA IGLESIA QUE SE DESAUTORIZA 

Contrayéndonos al caso particular de España, evidentemente, aquí hemos pasado de una Iglesia de Cruzada a una Iglesia de reconciliación, con lo cual se ha producido una ruptura: o bien estaba equivocada la Iglesia católica española que enseñó, propugnó y dio vida a la cruzada contra el comunismo y el liberalismo en las tierras de España, cruentemente desde 1936 a 1939, o bien está equivocada la Iglesia católica española actual que, en la Asamblea Conjunta de 1971, cantó la palinodia por haberse aliado con uno de los bandos en lucha, y se pasó al otro bando inclinando la correlación de fuerzas en favor del bando "rojo". En cualquier caso, ¿cómo no va a entrar en decadencia una Iglesia que se desautoriza a sí misma tan abiertamente? 

 

DE LA CIUDAD DE DIOS A LA CIUDAD DE SATANÁS 

Sería largo y es absolutamente ocioso el seguir paso a paso la historia de las dos Españas -la ortodoxa y la heterodoxa-, que ahora quieren tan rica y livianamente reconciliar. Ocioso, porque de todos es conocido el hecho de que, en España, como en todo el mundo, desde la fundación del cristianismo, hay lo que, desde los salmos, a través de San Pablo y excelsamente en San Agustín, se llama la "ciudad de Dios" y la "ciudad terrena" o la ciudad de Satanás. Y que, como enseña San Pablo a los corintios, no puede haber comunión entre la una y la otra. El mundo, la ciudad de Satanás tiene que perseguir necesariamente a la Ciudad de Dios, a la auténtica Iglesia, a los verdaderos católicos, en cumplimiento de la profecía de Jesucristo, según nos revela San Juan. 

 

Esa realidad de la persecución de la Ciudad de Dios en España se ve a lo largo de todos los conatos de descatolización española, especialmente desde la Revolución francesa acá. Y esa persecución culmina en los días aciagos en que fue necesario y estuvo moralmente justificado el Alzamiento del 18 de Julio de 1936, según la Iglesia de antes. 

  

UNIÓN DE TODOS FRENTE AL ENEMIGO 

Por eso, los obispos de Pamplona y de Vitoria escribieron a sus fieles el 6 de agosto de 1936, apenas comenzada nuestra contienda civil: "No es lícito en ninguna forma, en ningún terreno, y menos en la forma cruentísima de la guerra, última razón que tienen los pueblos para imponer su razón, fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo. La doctrina de la unión ante los enemigos del cristianismo, antes que todo, sobre todo, con todos, tan reiteradamente inculcada por el papa actual en el orden pacífico de las conquistas del espíritu, en la estrategia del apostolado, en las luchas blancas de los comicios o de la labor legislativa, debe aplicarse totalmente, sin género de excusas, a los casos de la guerra en que se juega el todo por el todo… Menos lícito es, mejor, absolutamente ilícito es, después de dividir, sumarse al enemigo para combatir al hermano, promiscuando el ideal de Cristo con el de Belial, entre los que no hay compostura posible... Llega la ilicitud a la monstruosidad cuando el enemigo es este monstruo moderno, el marxismo o comunismo, hidra de siete cabezas, síntesis de toda herejía, opuesto diametralmente al cristianismo en su doctrina religiosa, política, social y económica". 

 

“LA CRUZADA CONTRA EL COMUNISMO" 

Y, por lo mismo, el que habría de ser más tarde Primado de España y Cardenal Pla, siendo obispo de Salamanca, escribía a sus fieles el 30-IX-1936: en su carta pastoral sobre "Las dos ciudades": "¿Cómo ante el peligro comunista en España, cuando no se trata de una guerra por cuestiones dinásticas ni formas de gobierno, sino de una cruzada contra el comunismo para salvar la religión, la patria y la familia, no hemos de entregar los obispos nuestros pectorales y bendecir a los nuevos cruzados del siglo XX y sus gloriosas enseñas, que son, por otra parte, la gloriosa bandera tradicional de España?". 

 

LA RUTA TORCIDA DE NUESTRA HISTORIA 

A su vez, el a la sazón Cardenal Primado de España, Isidro Gomá, escribirá en su carta pastoral de 30-1-1937, titulada "El sentido cristiano español de la guerra": "En los últimos años se ha hecho política francamente mala, detestable, totalmente disociada de nuestra tradición e historia. Hasta en pugna con la conciencia nacional, que no necesitaba más que dirección y estímulo en el sentido cristiano que predomina en la nación. Se prefirió el intento absurdo de anular este sentido, por prejuicios personales, por conveniencias de partido por obediencia a sugestiones forasteras de carácter internacional. Otros se detuvieron en fórmulas de transacción con el espíritu revolucionario, que no ha dejado de avanzar un solo día". 

 

Y el 1° de julio de 1937, en la carta que luego habría de ser colectiva del episcopado español, puesto que sólo un par de prelados exiliados y ambiguos rehusaron adherirse a ella, establecerá el mismo Cardenal Primado: "El espíritu anticristiano ha visto en la contienda de España una partida decisiva en pro o en contra de la religión de Jesucristo y de la civilización cristiana... La guerra de España es producto de la pugna de ideologías irreconciliables... La Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó... Cierto que miles de hijos suyos, obedeciendo a los dictados de su conciencia y de su patriotismo, y bajo su responsabilidad personal, se alzaron en armas para salvar los principios de religión y de justicia cristianas que secularmente habían informado la vida de la nación... Esta es la posición del Episcopado español, de la Iglesia española, frente al hecho de la guerra actual. Se la vejó y persiguió antes de que estallara; ha sido víctima principal de la furia de una de las partes contendientes, y no ha cesado de trabajar con su plegaria, con sus exhortaciones, con su influencia para aminorar los daños y abreviar los días de prueba... Una de las partes beligerantes iba a la eliminación de la religión católica en España, que nosotros, obispos católicos, no podíamos inhibirnos sin dejar abandonados los intereses de nuestro Señor Jesucristo y sin incurrir en el tremendo apelativo de canes muti con que el profeta censura a quienes, debiendo hablar, callan ante la injusticia... Fueron los legisladores de 1931 y luego el Poder ejecutivo del Estado con sus prácticas de gobierno, los que se empeñaron en torcer bruscamente la ruta de nuestra historia"... "De febrero a julio de 1936 fueron destruidas o profanadas 411 iglesias y se cometieron cerca de 3.000 atentados graves de carácter político y social... Dentro del Movimiento Nacional se ha producido el fenómeno, maravilloso, del martirio -de verdadero martirio, como ha dicho el Papa- de millares de españoles, sacerdotes, religiosos y seglares". 

 

 

VERDADEROS MARTIRIOS EN LA CRUZADA 

 

Efectivamente, el Papa Pío XI, en una audiencia concedida a unos quinientos españoles, el 14 de septiembre de 1936, les dijo entre otras cosas: "Estáis aquí queridísimos hijos para decirnos la grande tribulación de la que venís, tribulación de la que lleváis las señales y las huellas visibles en vuestras personas y en vuestras cosas, señales y huellas de la gran batalla del sufrimiento que habéis sostenido, hechos vosotros mismos espectáculo a nuestros ojos y a los del mundo entero; desposeídos y despojados de todo, cazados y buscados para daros la muerte..., así como veía el Apóstol a los primeros mártires... ¿Qué diría él mismo, qué podemos decir Nos en vuestra alabanza, venerables obispos y sacerdotes, perseguidos e injuriados precisamente como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios? Todo esto es un esplendor de virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmos y de martirios; verdaderos martirios en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra". El homenaje de Pío XI a los mártires de España lo repetirá Pío XII más de una vez y especialmente en su radiomensaje de 16 de abril de 1939. Con razón dirá el actual obispo de Badajoz, monseñor Antonio Montero, en su "Historia de la persecución religiosa en España. 1936-1939": "En toda la historia universal de la Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, doce obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos. Se trata de un hecho eclesial de primera magnitud que sería miope querer reducir a los estrechos límites de la historia de España". 

 

 

LA IGLESIA Y EL ALZAMIENTO 

 

Todavía el Arzobispo Primado de España, Cardenal Pla, escribía el 30 de junio de 1958 (véase "Ya", 18 de julio de 1958): "La iglesia no hubiera bendecido un mero pronunciamiento militar ni a un bando de una guerra civil. Bendijo, sí, una Cruzada... Pío XI, por encima e independientemente de toda consideración política, bendijo a los que emprendieron la difícil empresa de defender los derechos de Dios y de la religión en España. Después de esta bendición pontificia pudimos los obispos españoles no empuñar las armas, que esto a nosotros no nos correspondía, pero sí declarar el derecho que se tenía a un justo alzamiento contra el terror y la anarquía por el bien común y por la salvación de España. La guerra, que siempre causa muchos males, sólo es justa cuando es necesaria". 

 

En esta misma mentalidad y doctrina Pío XII indicará el 16-IV-1939: "Este primordial significado de vuestra victoria Nos hace concebir las más halagüeñas esperanzas de que Dios, en su misericordia, se dignará conducir a España por el seguro camino de su tradicional y católica grandeza, la cual ha de ser el Norte que orienta a todos los españoles, amantes de su religión y de su patria, en el esfuerzo de organizar la vida de la nación en perfecta consonancia con su nobilísima historia de fe, piedad y civilización católicas". Unánime y constantemente, pues, los promotores y fautores del nacionalcatolicismo español fueron los exponentes más autorizados del Magisterio católico oficial. Y con razón: el catolicismo auténtico, la Iglesia católica tradicional de España, beneficiaría de la gracia de las divinas revelaciones, del humanismo auténtico, del humanismo cristiano-católico o teocéntrico, no tenía ni tiene por qué ir a buscar orientaciones y luces para organizar su vida social y darse una Constitución a países y culturas laicas, ateas, paganas, racionalistas, materialistas, desgraciadas.

 

 

APOLOGÍA DEL CONFESIONALISMO 

 

Culminación de esta voluntad de "instaurar todas las cosas en Jesucristo", como decía San Pablo, puede considerarse el discurso pronunciado en Roma el día del Papa de 1953 por el Cardenal Ottaviani, siendo la autoridad máxima de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio, bajo Pío XII. En dicho discurso se propuso este "carabinero de la Iglesia" divulgar el derecho público eclesiástico, que "la prensa silencia por principio, porque está dirigida por hombres que profesan el culto de la libertad, al cual postergan el de la verdad... Y así me he atenido al programa y al ejemplo del augusto Pontífice reinante". 

 

Después de poner como ejemplo digno de ser imitado el nuevo Estado español, que era confesionalmente católico, el Cardenal Ottaviani afirmaba: "Si hay una verdad cierta e indiscutible entre los principios generales del derecho público eclesiástico es aquella que afirma el deber de los gobernantes de un Estado compuesto en su casi totalidad por católicos y, consecuentemente y coherentemente, gobernado por católicos, de informar la legislación en sentido católico. Lo que implica tres inmediatas consecuencias: 1ª La profesión pública, y no sólo privada, de la religión del pueblo. 2ª La inspiración cristiana de la legislación. 3ª La defensa del patrimonio religioso del pueblo contra el asalto de quien quisiera arrancarle el tesoro de su fe y de su paz religiosa".

 

 

LA CONFIRMACIÓN DEL VATICANO II 

 

Pues bien, nadie con la misma ni con superior autoridad a la del Cardenal Ottaviani ha podido sostener de modo convincente una tesis contraria a la de este vicario de Pío XII para las cuestiones de fe y de moral. Más todavía, el Concilio Vaticano II, en la declaración sobre libertad religiosa (DH,1) y en la Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (GS,43), sostiene esas mismas tesis, siquiera sea tácitamente, al reconocer que la "libertad religiosa"... "deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo" (DH,1) y al establecer que "a la conciencia bien formada del seglar toca lograr que la ley divina quede grabada en la sociedad terrena" (GS,43). 

 

 

LOS OBISPOS ESPAÑOLES

 

Por si cupieran dudas de la validez de la doctrina del Cardenal Ottaviani, común en tiempos de Pío XII, valgan estas palabras de la declaración colectiva del episcopado español, hecha en Roma el mismo día de la clausura del Vaticano II: "Por eso, la libertad no se opone ni a la confesionalidad del Estado ni a la unidad religiosa de una nación. Juan XXIII y Pablo VI, por no referirnos más que a los dos Papas del Concilio, nos han recordado a nosotros los españoles que la unidad Católica es un tesoro que hemos de conservar con amor". Nuestros obispos, los que hicieron el Vaticano II, los únicos autorizados para decir qué es lo que quisieron proclamar en el Vaticano II, hacían mención expresa a continuación del párrafo de la "Dignitatis Humanae" del Vaticano II en que "se admite de hecho la confesionalidad". 

 

Hasta ahí la doctrina oficial del Magisterio de la Iglesia hasta el Vaticano II incluido. 

 

 

LA INFIDELIDAD Y LA RUPTURA

¿Qué respeto, qué observancia ha existido en la Iglesia española, con anuencia de Pablo VI, de esa doctrina? 

 

Evidentemente, Pablo VI y nuestros obispos, en mayoría (la nueva mayoría de obispos que han querido crear Pablo VI y el Nuncio Dadaglio, asesorados por prelados y teólogos progresistas y renegados), han consentido que en España se pierda la unidad religiosa y la confesionalidad católica del Estado, de tal manera que el católico Director General de Asuntos Religiosos y militante de UCD, Luis Apostua, ha podido declarar a RNE, después de poner en marcha la nueva ley y la nueva comisión asesora de libertad religiosa que él preside: "Hay que observar qué pasa ahora en la nación española en materia religiosa. Hay ambiente de paz... La Constitución española en materia religiosa tiene tres puntos: la confesionalidad del Estado, es decir, el Estado por sí mismo no tiene una fe religiosa ni predica una fe religiosa, los ciudadanos españoles son individual y colectivamente libres para ejercer o practicar la fe que deseen, o no practicar ninguna, y la Constitución es neutral, pero no beligerante contra el hecho religioso" ("Ya", 20-VI-1982). 

 

 

LA IGLESIA CATÓLICA PROFESA HOY 

LO QUE AYER PROHIBÍA

 

Todos los errores liberalistas y laicistas condenados por Gregorio XVI, condena que forzó a la apostasía a Lamennais, son asumidos ahora impunemente no sólo por el católico director de asuntos religiosos y por los ministros de Justicia, presidentes del Gobierno y diputados y senadores católicos que han hecho posible la desconfesionalización del Estado y la equiparación del error con la verdad, de la heterodoxia con la ortodoxia, del mal con el bien y la propagación y homologación del indiferentismo religioso, sino que esas aberraciones han sido asumidas tácitamente por la mayoría de nuestros obispos y teólogos, que han hecho caso omiso no sólo de las encíclicas de Gregorio XVI y de San Pío X y de León XIII y de Pío XI, sino del mismo "Syllabus" de Pío IX, aun reconociendo, como lo ha reconocido Monseñor Cirarda, que fue doctrina común y unánime en la Iglesia católica. ¿Ha apostatado con Lamennais la Iglesia actual? 

 

 

LA DESCATOLIZACIÓN DE ESPAÑA 

 

Con razón se ha podido escribir en "ABC" (14-II-1982), por un catedrático de sociología con gran ascendiente (que, ya en tiempos de Franco, manifestó su pretensión de que los sociólogos desempeñaran en adelante el papel que en la España de Franco venían desempeñando los sacerdotes): "La influencia de la Iglesia en la vida cotidiana y en las costumbres está a punto de desaparecer o ha desaparecido... Tiene mucha influencia en el Poder... La influencia de la Iglesia es mucha por arriba, pero poca por abajo". En efecto, esta descristianización o descatolización de España se la debemos a los cerebros grises, como el del provicario general de la archidiócesis madrileña, padre José María Martín Patino, con sus conocidas tesis expuestas en sus conferencias del Club Siglo XXI y en artículos de "El País" y de "Gaceta Ilustrada'', que se han reflejado asimismo en las "cartas cristianas" de su asesorado el Cardenal Tarancón. El padre Martín Patino ha venido siendo asimismo el asesor vergonzante, oficioso u oculto de RTVE en su nueva época, el que daba el visado para que fuese entrevistado y divulgado por los medios de comunicación oficiales el heterodoxo Hans Küng, su maestro.

 

 

VOLUNTAD DE CORRUPCIÓN

 

No lo oculta el Cardenal Tarancón en sus conversaciones con otro de sus asesores, inductores y acólitos, José Luis Martín Descalzo (véase "Tarancón, el Cardenal del cambio", Editorial Planeta, 1982): en el Arzobispo de Madrid y Presidente que se quisieron dar los obispos españoles por profecía de Pablo VI -según se percibe por este libro-, ha habido voluntad de cambio, de ruptura con la Tradición legítima y bien establecida de la Iglesia española. Los obispos y teólogos españoles que fueron al Vaticano II -a diferencia de los que fueron "luz de Trento, martillo de herejes y evangelizadores de la mitad del orbe", como dijo Menéndez Pelayo-, lejos de hacer valer las virtudes y peculiaridades del catolicismo español, se sintieron deslumbrados, alumbrados o abochornados y contagiados por los vicios y las aberraciones del catolicismo europeo contaminado de luteranismo, de liberalismo y de modernismo. Pueden verse los libros del teólogo converso y miembro de la Comisión Teológica Internacional, bajo Pablo VI y bajo Juan Pablo II, Louis Bouyer ("La descomposición del catolicismo" y "Religiosos y clérigos contra Dios") y en el diálogo ("El cristianismo estallado") entre el clérigo Michel de Certeau y el laico Jean-Marie Domenach: han entrado en la Iglesia católica tales levaduras o enzimas -las que desencadenaron todas las herejías sobrevenidas tras la forma luterana­ que "no pasarán veinticinco años después del Vaticano II sin que la Iglesia católica se haya convertido al protestantismo"; "a medida que se descompone, el catolicismo recompone a otros movimientos" revolucionarios, "el cristianismo ya no dice ni es nada específico; es insignificante; podéis sacar de él lo que queráis; es cualquier cosa... hoy esta posibilidad de la herejía ya no existe; o bien ya no puede haber herejes o todos somos herejes". 

 

 

LA PÉRDIDA DE LA IDENTIDAD CATÓLICA 

 

Efectivamente, en virtud del pensamiento de la falta de pensamiento, del silencio, de la acción o de la negligencia de los Papas y de nuestros obispos, ya no se sabe qué es lo católico, cómo se debe pensar y cómo se debe juzgar y actuar cuando uno quiere ser católico. Ya es indiferente ser católico, ser anglicano, ser luterano, ser mahometano, ser budista, ser marxista o ser liberalista. La Iglesia católica es ya algo delicuescente, vaporoso, de fronteras irreconocibles, sin autoridad o ascendiente sobre los hombres, dado que la Jerarquía eclesiástica viene admitiendo en la práctica el hecho de que cualquier sacerdote, cualquier teólogo clérigo o laico, cualquier obispo practique el libre examen protestante, el permisivismo moral liberalista o agnóstico, la doctrina política atea o la promoción del divorcio y del aborto o la libertad ilimitada de prensa, sin que la autoridad eclesiástica lo declare excomulgado, ajeno a la comunión católica. 

 

 

DE UNA IGLESIA TEOCÉNTRICA

A UNA IGLESIA ANTROPOCÉNTRICA 

 

De aquel catolicismo y de aquella Iglesia que llegó hasta el Concilio Vaticano II proclamando los derechos de Dios y la necesidad de que Dios fuera el primer servido y el Reino de Dios lo primero procurado, con la seguridad de que lo demás sobrevendría por añadidura y de aquella Iglesia convencida de que "es para nosotros la justicia guardar sus mandamientos" (Deut. 6,25) y de que aquél que ama a Dios es el que cumple sus mandamientos (1Jn, 2,4-5),en virtud de una falsa, de una liberalista, de una luterana, de una modernista interpretación del Vaticano II, hemos pasado a una Iglesia convencida de que la justicia, sobre todo y ante todo, es guardar los derechos de los hombres, el reino de los hombres, la confianza en los hombres, la desconfianza de Dios, la ociosidad o inutilidad de Dios y de su Revelación para constituir la sociedad y las leyes del Estado. 

 

 

LOS FRUTOS DE LA IGLESIA DEL 18 DE JULIO 

 

Y de una España movida por los valores católicos confesados, cultivados y respetados desde el 18 de julio de 1936, tal como lo recomendaron y lo alabaron los papas y los obispos de aquel tiempo se consiguió paz, prosperidad, trabajo, seguridad, orden, moralidad, tranquilidad y proscripción legal de todo lo inmoral, de todo lo falso, de todo cuanto hace la vida humana infernal. Con aquella concepción católica del Estado no sólo defendida por los más grandes papas de la Edad Contemporánea y no sólo por los Cardenales primados Gomá y Pla, sino por obispos como Monseñor Olaechea, Monseñor Mérida ("La restauración cristiana del orden político", Madrid, 1949) y Monseñor Guerra Campos ("La monarquía católica", Cuenca y Madrid, 1976) se consiguió una España progresivamente grande y respetada en el mundo. 

 

 

LA IGLESIA LUTERANIZADA 

 

De la otra concepción y constitución del Estado importada de Francia y de los países anglosajones, liberalistas o luteranos sólo hemos cosechado hasta ahora terrorismo, recesión económica, desempleo, humillaciones y menosprecio en el mundo. Apenas nacido el nuevo Estado español cunden las personalidades nada sospechosas, como la de Manuel Fraga, Vicepresidente del Gobierno del nuevo régimen, que ha proclamado la crisis del nuevo Estado, producida por la promoción, por la exaltación de todas las libertades malignas: los obispos y los teólogos católicos españoles no han querido predicar el dogma del pecado original y la capacidad de hacer el mal y de querer el error que lleva consigo la libertad, así como tampoco han querido predicar la necesidad de poner coto a las libertades civiles, tal como lo ha venido siempre predicando la Iglesia católica. El pecado de la Iglesia católica española consiste en no haber aprovechado bastante la libertad de que disfrutó bajo el franquismo para extender y profundizar la fe y la conciencia nacional católica de los españoles y el haber utilizado esa libertad para promover la caída de aquel régimen y haber propiciado y promovido el advenimiento de este régimen importado y espúreo en el que ya no se atreve a predicar con libertad la doctrina tradicional católica y sólo aspira a que se la deje morir en sus templos un catolicismo homogeneizado con el luteranismo, con el liberalismo, con el socialismo y con todas las religiones e ideologías seculares, extranjeras y falsas. Se diría que la Iglesia católica ya no aspira en España sino a que se la deje morir pacíficamente, lo mismo que muere la España tradicional, aquellos caracteres e instituciones que configuraron y singularizaron a España en la historia. 

 

 

LA DEMOCRACIA FRENTE AL CATOLICISMO 

 

La Iglesia católica española ha tenido más fe en la virtud de la democracia que en la virtud del catolicismo; ha preferido que se cumpla la voluntad del pueblo en la tierra, en vez de que se cumpla la voluntad de Dios así en la tierra como en el cielo; ha tenido más fe en las posibilidades del hombre solo, abandonado a su libertad, sucumbiendo ante la satánica tentación del Paraíso, que en las posibilidades de un hombre animado por Dios incluso en la Constitución del Estado. Ha sido una Iglesia que ha renegado de la antigua tradición católica española, servidora de Dios, para entrar en la voluntad revolucionaria de servir la voluntad del pueblo. El Cardenal Tarancón no ha dejado de afirmar que "la Iglesia ha sido uno de los factores que ha hecho posible la transición a la democracia... Creo que todos han reconocido ese papel importante de la Iglesia", de una Iglesia que no ha querido recordar su tradicional doctrina, revalidada en el Vaticano II, según la cual un católico no puede admitir una Constitución y un Estado basados en el sufragio universal, porque el sufragio universal nunca es criterio de moralidad ni pública ni privada. ¡Y todavía pretenden que la venida del Papa a España constituya una consolidación de la democracia ("La Vanguardia", 2-VI-1982, el ex ministro Garrigues, el P. Martín Patino, Joaquín Ortega, Manuel Medina y Raúl Morodo)! 

 

 

CEDIENDO NO SE CONSTRUYE LA CONVIVENCIA

 

Los obispos que han querido este régimen de libertades y de permisivismo e amoralidad consecuente con el indiferentismo o laicismo de nuestra Constitución se quejan ahora del descenso de nuestra moralidad, como lo han hecho los obispos de la provincia eclesiástica de Granada ("Ecclesia", 24-IV-82 ). O se alarman, como Monseñor Larrea, en Begoña, de que "parece como si camináramos al desarme moral de nuestra sociedad" ("Ya", 21-VIII-1981). Como hay intelectuales católicos que denuncian "los procedimientos maquiavélicos" y "la alarmante anemia ideológica y la consiguiente falta de identidad de los "promotores históricos de esta democracia", amenazados por el totalitarismo, como lo ha hecho José María Castro, secretario de la sección española del Instituto Internacional "Jacques Maritain'" ("Ya", 7-V-1982). ¿Qué podía esperarse de una Iglesia cuyos papas y cuyos obispos se han desautorizado a sí mismos, al cambiar su antigua doctrina por otra más adaptada al mundo, con rebajas, como si se tratara de una vil mercancía que hay que poner al alcance de un público escaso de voluntad de compra? Nada de extraño tiene que en España, como en Europa, "la Iglesia les merezca cada vez menos consideración" a los hombres, según la encuesta del Gallup International ("El País", 7-VI-1982). 

Monseñor Guerra Campos, por eso, ha dicho recientemente en el Club Siglo XXI (29 de abril de 1982) que "los obispos españoles están sorprendidos y decepcionados" por la situación religiosa de España; que "existe cierto desencanto entre la Jerarquía al no haber obtenido la respuesta esperada de aquellos poderes y personas ante los que transigió", que "nuestra Iglesia ha caído en la inhibición moral" y que "ni enseña ni denuncia los errores de los gobernantes respecto a los valores superiores que son de su competencia". Monseñor Guerra Campos (véase el testimonio de "Ya'', 4-V-1982) sostiene con razón que "cediendo no se construye la convivencia". 

 

Hay, pues, que volver al estado que se sabía cierta e inequívocamente en qué consiste el ser católico y a exigir que la vida pública se conforme a la fe y a la moral católica, sin confundir la tolerancia con la permisividad ni con la amoralidad y el indiferentismo; y sin identificar la fidelidad a Dios y la moralidad con el integrismo y con el fanatismo. 

 

Eulogio Ramírez

Teólogo

Heraldo Español nº 100, 14 al 20 de julio de 1982