Hoy voy a hacer algo que no he hecho nunca: reproducir un texto que no sé quién lo escribió y que me ha enviado por internet un amigo. Así que de entrada pido perdón si su autor vive y lo ve publicado. Es un cuento...y me ha gustado tanto que creo que lo debe leer todo el que ame la literatura. Espero que se diviertan con su lectura, porque, además, refleja un mundo muy parecido al que nos ha tocado vivir. La justicia es igual para todos. Dicen...

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Érase una vez que se era, un país dominado por las alimañas. Sin que se supiera muy bien la razón, las tierras, las aguas de mares y ríos y hasta el aire de ese país, estaban controlados por los animales depredadores más abominables.

Para fijar las ideas, y que el lector no caiga en confusiones que pudiera hacerle malentender el sentido de esta historia, sucedía que en los prados y los bosques, y en todo el terreno firme que pudiera abarcarse con la vista, dominaban las hienas, los coyotes, los lobos carroñeros y las víboras de todo pelaje, coexistiendo con las tarántulas y otros bichos venenosos; en las aguas dulces, los lucios y los cocodrilos campaban por sus respetos y en las saladas, vibraban los tiburones y otros escualos, junto a los cangrejos, los gobios y las medusas, y lo hacían con todo su maligno esplendor y máxima desfachatez; y en el aire, los cuervos, las urracas y los buitres se habían constituido en los controladores, en su propio beneficio, de cuanto pretendieran los demás animales alados, a los que avasallaban sin piedad.

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Es cierto que había leones, tigres, elefantes e hipopótamos (por ejemplo) que, por su tamaño y natural destreza, podrían haber mantenido a raya a animales que, en la escala de fuerzas comparadas, hubieran podido establecer su ley. Nada cabría objetar, teóricamente, a que, si se librara una batalla de igual a igual, los cachalotes y las ballenas hubieran podido ahuyentar a los escualos, los córvidos se sintieran amedrentados por las águilas o los lucios por los manatíes, ...

Pero no era así, sino al contrario. En el país de esta historia, reinaba la calma, a pesar de la patente injusticia.

Podía calibrarse la cuestión como producto de la dejación de los más poderosos y del omnímodo poder reproductor de lo que se había dado por conocer como El Sistema, un complejo entramado de favores y dádivas, acogidas al principio de do ut des, que se enseñaba en las escuelas de Derecho, y que la práctica había adulterado. También podría alegarse, buscando entre las cenizas y los despojos, que la falta de unión y la torcida representatividad, en las pirámides sociales y en los estamentos de poder, de quienes detentaban, de lejos, las mayorías, les había conducido a ese penoso y desaforado extremo, en el que el voto de muchos no valía más que para limpiarse las heces de los que anidaban arriba.

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Pero no es cosa ahora de profundizar en las razones históricas, sino de atenernos a la real situación que se había implantado en aquel territorio, alejado de las sanas reglas de la naturaleza, que rigen la convivencia y el respeto común.

En lo que interesa contar ahora, y ciñéndonos a lo que pasaba en el aire, los buitres y los córvidos, como quedó expresado, hacían lo que les parecía mejor a sus intereses y, lo que es ciertamente lamentable, contaban con la aquiescencia de los poderes fácticos del reino alado, que se doblegaban a lo que aquellos querían, cuando no por apoyo explícito, por dejación excrable.

Sucedió que a un cuervo muy plumoso se le antojó el nido que había construido una pareja de jilgueros, en la que una pacífica familia de fringílidos, venía, año tras año, alimentando a su prole. Era, en verdad, un hermoso nido, fabricado con paciencia, imaginación y cariño por los trabajadores pajarillos, que, además, con sus floridos cantos, alegraban las mañanas de cuantos pasaban por allí, que se hacían lenguas de tanta armonía como habían sido capaces de crear en un paraje, por demás, desolado.

Una mañana, aprovechando que ambos progenitores estaban a la búsqueda de insectos con los que atender a sus polluelos, llegó el taimado cuervo, acompañado de otros de su banda, tiró por la borda a los indefensos hijuelos, y se instaló tan pancho en el nido ajeno, dispuesto a disfrutar de la casa que no era suya, de las vistas cuyo disfrute no le pertenecía, y, por supuesto, sin tener el menor remordimiento por haber sacrificado víctimas inocentes para satisfacer su cruel intención.

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Los desolados padres, tan pronto se percataron del desaguisado -que aún no había sido consumado, pues volvieron de su tarea a tiempo de ver a la pandilla de cuervos sacrificando a su familia – después de enjugar sus lágrimas como bien pudieron, acudieron a las instancias jurídicas que funcionaban en el territorio, cuya función y no otra era, obviamente, mantener oficialmente el orden y hacer cumplir las leyes.

Hagamos un paréntesis. Era notable, y actuaba este extremo como barrera de humildes, que los órdenes jurisdiccionales se movían con gran lentitud, acumulando las peticiones de restablecimiento de la justicia, lo que servía, por supuesto, a los intereses de los depredadores y no al cumplimiento de las disposiciones que, con resultados inquietantes, habían sido promulgadas en teoría para defender lo que, aún entre animales, se entendía como estado social y de derecho.

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En primera instancia, a pesar de lo fundamentado de la petición de los mancillados jilgueros, el juez animal -una lechuza corta de vista- dio la razón al cuervo. Puede ser que tuviera intereses espurios para actuar de esa manera, aunque no había forma de probar tal sospecha. En aplicación de esa sentencia judicial, el cuervo se asentó en el nido, y, ejecución provisional de ese derecho que se le otorgaba, amplió la casa ajena a su conveniencia y, llamando a su pareja, se disponía, siguiendo las leyes de su propia naturaleza, a poner los huevos que correspondían a su calaña, consumando así la expropiación. Pues dice el refrán, cuando no exista el fuero, pon el huevo.

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No contaba el cuervo con que en segunda instancia y aún en tercera, la sentencia que le había autorizado al despojo, resultó revocada. El consejo de estorninos y pájaros carpintero, les quitó la fuerza de las razones. Los jilgueros se sintieron en buena parte recompensados por el hacer de los órganos superiores y solicitaron, respetuosos, que se cumpliera la sanción definitiva, y se ordenase el desalojo de los cuervos, restituyéndoles su propiedad perdida y resarciéndoles, al menos económicamente, de las pérdidas sufridas.

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Pero si la cuestión parecía resuelta, no lo fue por la habilidad de los cuervos para abrir un nuevo capítulo inesperado en la historia. Cuando supieron de la condena, subarrendaron de inmediato el nido a un córvido cojo y demandaron de la justicia que, en amparo del derecho de los animales minusválidos a disponer de una vivienda digna, se autorizara al handicapado a ocupar la casa.

El juez de las aves que entendió del caso en primera instancia -un inteligente ejemplar de oropéndola, ejemplar que ya escaseaba en aquellos predios-, no se dejó engañar por la añagaza, y falló en contra de la pretensión, que estimó completamente falsaria. Los jilgueros tuvieron, con ello, un soplo de aire fresco, que les imbuyó de redoblada confianza en la justicia.

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Ah, pero no acabó aquí la historia, que va camino de ser larga. El córvido cojo y los córvidos sagaces, gente esta última con poderosas influencias entre los animales superiores, actuando éstos -decían- en apoyo del incuestionable derecho del inválido a tener su nido, apelaron a instancias más altas.

Para consternación de los sufridores fringílidos, que ya habían perdido en lo que iba de pleitos, todos sus ahorros en granos y falsas esperanzas, los tribunales más altos -esta vez, formados por cuervos disfrazados de halcones y urracas con pintas (de pájaros bobos)- fallaron en contra, acreditando el derecho del córvido cojo a habitar una casa digna, sin entrar a considerar la forma en que había sido obtenida, ni los nidos que estaban desocupados capaces para ese uso, ni los reales intereses que se movían por detrás, que eran las cuerdas de los córvidos orondos.

Nos encontramos así frente a una aparente paradoja. El nido de jilgueros expropiado no puede ser morada para córvidos sanos que desplazaron a sus legítimos dueños, como decretaron los altos tribunales pero sí puede ser expropiada, por decisión de otra sala de los mismos altos tribunales, vivienda de un córvido cojo.

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Muy contentos, los córvidos sagaces, con la sentencia en la mano, dieron unos dineros al córvido cojo, estéril, agradeciéndole sus servicios, y se instalaron, tranquilamente, en el nido de jilgueros, en donde pusieron varios huevos, garantizando así su descendencia. Por lo que fue antes el huevo que la gallina, quiero decir, el cuervo.

Esa es la justicia imperante en el país donde las leyes se distorsionan al gusto de las alimañas. Al menos, por lo que vamos viendo.

                                                                                                  Por la transcrpción: Julio Merino