«El mayor sueño de la democracia consiste en el elevar al proletariado hasta el nivel de estupidez de la burguesía».

Gustave Flaubert

Estoy indignado con la polarización de gran parte de los profesionales que se dedican a la comunicación es este país. Principalmente porque se supone que un periódico o un informativo deberían ser imparciales y objetivos. Pero cuando un periodista que defiende una línea editorial concreta entra en el juego tertuliano del show bussines de los mass media tiende a exhibir su posicionamiento. ¿Por qué? Porque si no sería más difícil que el gran público se reconociera en él y en sus ideas. Y cuando manda el dinero ―no lo olvidéis nunca― también manda la audiencia. Adiós a la información.

Digo esto porque hoy he leído un artículo de la editorial del ABC titulado «Iglesias incendia el Gobierno». Lo he leído porque simpatizo con el titular, en el sentido de que me parece maravilloso que alguien incendie un gobierno que nos desgobierna, como la mayoría de los que hemos tenido durante la democracia en este país. También me he encontrado con las siguientes afirmaciones: «Iglesias se propuso destruir España, y lo está haciendo» y «un partido antisistema que gobierna en coalición hace daño», en clara alusión a Podemos. Pues claro que hace daño, pero ¿a quién? Es evidente: al sistema. A un sistema que favorece, entre otras muchas cosas, la explotación y la desigualdad. También hacen daño las mentiras de la oposición. El PP acusa al Gobierno de «eliminar la educación concertada», cuando la realidad es que «se ha corregido la segregación del alumnado» o VOX afirmó que el tándem Sánchez-Iglesias quería «acabar con los centros especiales» y, sin embargo, «existe el compromiso de que los centros públicos educativos cuenten con los recursos necesarios para atender a las personas con discapacidad».

Con esto ―aunque parezca lo contrario― no estoy apoyando al partido morado, sino denunciando una mala praxis por parte de quienes tienen poder mediático. Una mala praxis basada en la mentira. Reconozco que puedo simpatizar con la figura del ciudadano Iglesias, el que consiguió sentar las bases de la ruptura del bipartidismo  y movilizar al adormecido pueblo español en un momento necesario ―parece que siempre es necesario que nos movilicen y nos lideren para sacarnos del aborregamiento―, pero aún ignoramos el puerto donde arribarán sus políticas. Yo no olvido que para ellos la política es un juego. Siempre lo han dicho: el juego de la política tiene sus propias normas. Y nosotros no somos las fichas de un tablero.

Quienes seguís mis artículos ―y quienes me conocen personalmente― saben cuánto valoro la libertad y la independencia, en mí mismo y en el prójimo. Aunque esto suponga, a veces, aceptar algunas cosas dolorosas que me abren heridas que nunca dejan de supurar ―humanos somos―, lo que de algún modo, quizá innato, me empuja también a estar en contra de las políticas de partido. De cualquier partido. Porque hace dependientes a los políticos. Y, ¿de quién depende el partido morado? Yo no lo sé. Eso es lo que me preocupa. El tiempo lo dirá.

La tendencia mayoritaria es defender a la izquierda o a la derecha ―en sus distintas formas― según convenga a los intereses personales de a quien se le encomiende la tarea. Esto simplifica las cosas para quienes formamos parte de una sociedad acomodaticia. O te pones al lado de unos o te pones del lado de los otros. Pero olvidamos la escala de grises. Y también que nuestros líderes no ejercen el poder en libertad.

Últimamente, autoras como Cristina Martín (Los planes del Club Bliderberg para España, Ed. Planeta, 2015) o profesionales independientes tildados de conspiranoicos hablan de «Un Nuevo Orden Mundial». Se extiende la teoría ―ya comprobaremos si real o no― de que nuestros líderes siguen las consignas de otros líderes que controlan el capital y la información. Ya hace tiempo que no se trata de entes financieros o de poderes fácticos, si no de personas. ¿Han oído hablar de George Soros y de Steve Bannon? ¿Conocen sus influencias sobre los políticos de nuestro país? ¿Y sobre los políticos de otros países? Si tienen curiosidad, solo tienen que buscar en internet.

¿Significa esto que nuestro mundo no tiene remedio? Yo confío en que no. Como digo, no olvidemos que la audiencia manda. ¿Y quiénes somos la audiencia? Quienes votamos, consumimos ideas, productos o culturas mayoritarias. Luego si nosotros somos los que mandamos, el cambio está en nuestras manos; no en nuestros líderes. ¿Nos decidiremos a remangarnos?

Está claro que el sistema favorece a quienes ejercen el poder. Así que, sí, queridas lectores, podrían decir de mí que soy un antisistema. Pero matizo: anti «este» sistema.