VIVIMOS la apoteosis de los fantasmas. El Gobierno del señor Calvo-Sotelo está agarrotado por el complejo de los fantasmas, por el síndrome de las conjuraciones. Los dedos se le hacen golpistas y sacude mandobles a diestro y siniestro, con tanta obcecación como la de don Quijote, cuando ensartaba con su tizona los pellejos de vino, creyendo que eran gigantes. Al Caballero de la Triste Figura, los chorros de tinto le pusieron perdida su camisa de noche. A don Leopoldo y sus ministros, esta demencial caza de brujas le está manchando su prestigio, ya de por sí bastante tocado de ala.

 

Las consecutivas planchas del Ministerio del Interior, han descalificado muy gravemente su credibilidad frente a la pública opinión. No se pueden dar palos de ciego, siempre en la misma dirección (la derecha, en su cacareado extremo) y no acertar ni uno. La coladura morrocotuda del affaire barcelonés del Banco Central hubiese supuesto dimisiones en cadena en cualquier democracia seria. O ceses fulminantes; porque también a los altos cargos se les puede (se les debe) cesar cuando meten la pata de semejante manera. Aquí no pasó nada.

 

SEGURAMENTE por eso, los responsables de aquel estrepitoso ridículo se crecieron, y decidieron demostrar que tenían toda la razón cuando apuntaban inequívocamente hacia los terribles responsables de todos los males que aquejan a este país (antes llamado España). E insistieron en la busca y captura. E insistieron en el error. Sólo han conseguido asustar a los niños de los parvularios, que ya no se sienten tranquilos, porque el peor día los detienen, como presuntos inductores de un golpe militar. También los enamorados de ambos sexos andan preocupadillos, con la cosa de las escuchas telefónicas y la taimada intención que pueda darse a sus conversaciones. Pues conozco yo a uno, que cada dos por tres está telefoneando a su amada (se llama Beatriz y es una monada) y diciéndole que le subleva no verla más a menudo y que sin su amor no dará golpe y que necesita saber de su cariño para levantarse y pues, claro, tan imprudentes palabras pueden ser tomadas como incitación a la rebelión, del modo y manera como están las cosas en las alturas gubernamentales.

 

En el mientras tanto, la ETA sigue matando a mansalva y los de Herri Batasuna proclaman públicamente que jamás condenarán tales asesinatos y se reafirman en sus injurias contra el Rey y en sus afanes separatistas y los mendrugos del PNV aumentan sus ambigüedades y su nefasta actuación y en Cataluña, miles de gargantas corean som una nació y el Heriberto Barrera se salta su apellido cada dos por tres, pidiendo también independencia y sin embargo, no pasa nada. Porque no está ahí el peligro de involución ni de desestabilización, como bien saben los doctores de la Moncloa. Lo que puede acabar con la democracia (tomen debida nota) es la travesura de un chaval de quince años, que cambió astutamente los exámenes en su colegio.

 

A todas éstas, el partido gubernamental está metido en un berenjenal de cuidado, tirando cada cual por su lado, por aquí los de Pacordóñez (como le dicen sus íntimos), por allá Sahagún, a quien los pelos se le han puesto más tiesos que nunca, por acullá el ojeroso Calvo, que en una salida genial, asombró a España entera con el descubrimiento (una vez más) de que todos, toditos los males que nos aquejan, se deben a la nefasta dictadura, también llamada oprobioso régimen franquista.

 

AUMENTANDO las desgracias, don Adolfo Suárez cabalga de nuevo y bien que se ha notado, pues todos estos desmadres tienen su característica marca de fábrica. Lo mismo que la bajada de pantalones de don Leopoldo con las Centrales Sindicales, haciéndole de paso la faena a la CEOE del señor Ferrer Salat, reviste todas las características de la honesta forma de hacer política del señor duque. Con lo cual, Calvo-Sotelo ha echado por la borda el pequeñito prestigio que se había hecho en sus primeros cien días, en tan sólo cuarenta y ocho horas.

 

Hay que pasar que la cacería de fantasmas quizá se trate de una hábil maniobra divergente del gobierno, que piensa que distraerá a la opinión de sus muy graves preocupaciones, haciéndola picar en esta juerga de presunciones, inculpaciones, sospechas y acusaciones. Pero la opinión ya está de vuelta y se toma a cachondeo tanta necedad y sigue pidiendo paz, orden, prosperidad, trabajo, concordia y convivencia, que es lo que debe pedir a las democracias. Sucede que ésta se ha metido en la caza de brujas y no está para otras cuestiones, que le importan mucho menos.

 

Habrá que hacer una lista de problemas urgentes de los españoles y cuando lleguemos al 23, remitirla a la Moncloa. El 23 es cifra tabú en aquella casa y, a lo mejor, entonces se deciden a perseguir también los desastres del país. Que son bastantes más; pero para asustar, habrá que reducirlos.

 

VIZCAINO CASAS

(Heraldo Español nº 62, 8 al 14 de julio de 1981)