En el siglo XIX  se había comenzado un proceso, en el que el liberalismo triunfante pretendía imponer sus ideas economicistas sobre el concepto de soberanía popular. Esto que nos dice Alain de Benoist, se hizo visible en el campo del arte con la creación de los grandes museos nacionales, el Louvre, el museo Británico o el Prado.

Con la única visión de la acumulación, el engrandecimiento y la valoración económica de las piezas que llegaban a los mismos se perdía el concepto identitario de la obra de arte en sí. 

Esto afecta de una manera clara la idea de identidad de cada una de las obras de arte, que se concreta no sólo en su valoración económica por la autoría de la obra, la calidad de su elaboración, su dificultad, los medios utilizados etc., sino que debería valorarse su localización. todo lo que gira en su entorno, tanto geográfico, histórico y etnológico, como económico social. Nietzsche, Heidegger, Adorno o Lyotard nos expresan claramente el sentido de la valoración de los entornos en los comportamientos del hombre.  (Fernando Bartolomé García de la Universidad del País Vasco. Diego Salcedo Fidalgo Universidad de Bogotá.  Araujo Sánchez y la crítica museológica. UNED)

El “expolio” que supuso la deslocalización de grandes obras de arte, sustrayéndolas de sus “patrias” supuso un shock incontestable, que, si bien en un primer momento no supuso una preocupación de los pueblos afectados, cuya casi única preocupación era subsistir individualmente, cuando se llegó a la concepción de la subsistencia del pueblo como comunidad, supuso un crecimiento de la idea identitaria de los mismos.

Así las Cariátides que podemos ver en Londres, han perdido el carácter identitario del arte griego pasando a ser una obra de arte, sí, de incalculable valor artístico y económico, pero al haber sido sustraído de su entorno se ha convertido en una fuente de reclamaciones por parte del pueblo griego, por ese principio del que hablamos. Lo mismo ocurre con el arte egipcio existente en este museo o en el Louvre, al desvincular sus piezas del Valle de los Reyes o de las pirámides, o el arte Persa alejado del Tigris o del Éufrates.

Sin intención de denostar la idea de la creación de un museo que venga a mostrar las grandezas de la monarquía en España a través de los tiempos y del arte, vamos a hablar del Museo de Colecciones Reales que se ha creado en el Campo del Moro, en los jardines del Palacio Real de Madrid. Una idea de finales del siglo XX y que comenzó su construcción en 2006 finalizándose en 2016. Sus arquitectos E. Tuñón y Moreno fueron los encargados de su edificación y su multimillonario coste ha ascendido, hasta el momento, a cerca de 175 millones de euros.

La globalización del turismo, de la cultura, del arte, nos está llevando a una nueva concentración de las mismas, para facilitar y poner más cerca el arte del turista, del visitante, del curioso, lo que ahora se viene a llamar “democratización del turismo”, y cuyo único límite parece ser el tiempo. Estas soluciones centralizadoras, homogeneizadoras, globalizadoras en sí, chocan con el concepto individualizador de esos reyes, que con esas obras de arte quisieron  mostrar. El equívoco fundamental está de nuevo en la deslocalización  de esas obras que nos quieren mostrar de una manera diferente a la que fueron en origen, donde  se realizaron o para donde se realizaron para su ornamentación. La pérdida de identidad de las obras de arte de su propia intrahistoria, hace que la superposición de la intención de acercar la obra de arte en lugar de acercar el individuo a la misma y de hacer prevalecer el beneficio cuantitativo inmediato, arruine los mercados interiores y además empobrezca la cultura de los mismos.

La obra de arte, aparte de no ser exclusivamente un bien material, debe considerarse como una parte de la soberanía de un pueblo, pero entendido este, tanto como municipio, como  provincia o como nación.

El problema general traído a la actualidad con el Museo de Colecciones reales nos llevaría a ver en este museo El Cristo de Bernini, comprado por Felipe IV para el Panteón de los Reyes en el Escorial, las falúas reales que discurrían por el Tajo en Aranjuez o la fuente de Diana de los Jardines de la Granja, sin importar el lugar donde ha discurrido su vida y la de su entorno. 

El reciente problema de Sijena entre el gobierno de España y el de la Generalidad de Cataluña no sólo fue un problema de protección de los bienes de interés cultural, si no un problema de deslocalización, de globalización. Vimos como se defendía el acercamiento de las obras de arte al turismo por encima de los valores que en sí mismo tiene cada obra como un entorno cultural. (La protección de los Bienes de Interés cultural: Algo más allá de Sijena. Carlos Zarco González.  2018, Universidad Rey Juan Carlos.)

La creación de este museo, el “expolio” de sus lugares de origen (histórico-geográfico), la búsqueda de la valoración económica por encima de cualquier interés y el empobrecimiento de nuestra cultura, son aspectos a estudiar en profundidad y que aunque haya  recibido respuestas jurídicas o intentos de oposición popular a la misma, nos llevan a la conclusión que de aceptarse la idea del estado liberal que hoy se  mantiene, colocándose en la línea de los museos creados en el siglo XIX,  la deslocalización de las obras de arte, el empobrecimiento de la cultura debido a la globalización y la pérdida del concepto de “soberanía” como algo genérico, será algo inevitable.