La historia, los hechos que nos antecedieron, representa un reservorio de soluciones notables que, en la mayoría de los casos, son desdeñadas, bajo el precepto soberbio que convierte al presente en el mejor momento, en el cenit del conocimiento en cualquier área de que se tratare. Y hago esta invocación a revisar el pasado como venero de sabiduría en torno a un hecho que afecta muy especialmente a mi patria, aunque bien podría servir el ejemplo para otras naciones afligidas por un conflicto palpable: la falta de gobernabilidad de administraciones que, si bien surgieron del voto popular, a poco de haber sido sufragadas, ya son el fantasma esquelético de un sistema electoral perverso, inflamado de retórica pseudo democrática y, por ello mismo, más peligroso aún.

En la antigua república romana, aquella que los actuales manuales de historia reducen a pocas páginas de conveniencia ideológica – cuando no, la obvian de manera palmaria-, existía la institución del interregno. Etimológicamente, el término hace referencia a un periodo que se desarrolla entre dos mandatos establecidos de jure, entre los cuales, por diversas causas, era necesario recomponer el orden perdido – los griegos habrían utilizado el ostracismo personal, o la tiranía – en un proceso de concentración del poder que permitiera al patriota a cargo del mismo llevar a buen puerto la nave de la ciudad – hoy diríamos, el estado – con mano firme, y con el imperio de la ley como sustento indiscutible de su tarea titánica. Fíjese el agudo lector que he usado dos calificativos que van de la mano: patriota y titánico, a los que sumaré el de héroe, toda vez que aquél que asuma esa tarea mayúscula, lejos se hallará de recibir los halagos fáciles que la demagogia alimenta en el pueblo para su propio beneficio – el del demagogo, obviamente – para recibir las más ácidas críticas, decoradas de los epítetos más fuertes a los que el héroe deberá hacer oídos sordos en bien de un futuro mejor. Cabe consignar que los frutos de su gestión también se hallarán lejos de un reconocimiento inmediato o, directamente, no existirá tal reconocimiento, lo que es parte innegable de su tarea de héroe.

Bajo el imperio, tal figura jurídica desapareció. El príncipe, que también era primer cónsul y Pontífice máximo, designaba a su sucesor en vida, lo que recuperaba el orden monárquico original y despejaba el problema de los interregnos que la república requería ante la ausencia o falta de decisión de los cónsules, incluso en casos de establecimiento de una dictadura, como bajo Sila, en el siglo I a.C. Agreguemos a esto que los comicios, en muchos casos, fueron organizados por esos magistrados – el Interrex, como se lo conocía legalmente – en un anhelo por devolver el poder a la decisión de los ciudadanos de manera precisa e inmediata. Pero de su pericia para manejar el periodo, y para devolver el orden jurídico a la res pública, se dependía tanto como para que el sano gobierno desarrollara en paz el cumplimiento de la ley.

Creo no equivocarme si les aseguro a los lectores de estas páginas que tal magistratura, al menos en la repúblicas hispanoamericanas, no existe. Acrisoladas en la figura absoluta del presidente, a quien se otorga más poder que a un soberano dieciochesco en muchos casos, las repúblicas transitan el camino de ciego de incompetentes al mando cuando el poder que los ungió se diluyó por su misma estulticia gubernativa. Ello deja a la administración en un callejón sin salida que, como aquel que inspirara a Don Ramón del Valle Inclán sus esperpentos, deforma de manera grotesca el buen fin del gobierno, sin que existan remedios constitucionales que sean reales para salvar la institucionalidad, pues el mandato del citado político está por sobre la salud de la patria.

Mientras tanto, el desgobierno se instala. Resignado a que su decisión fue la peor, el pueblo observa los discursos vacíos de los magistrados apergaminados, como si se ofreciera toda la quincalla de un depósito sin valor alguno, cuando es su presente y su futuro el que se malvende. ¿Habrá llegado la hora de pensar en leer más historia? Valga decir: ¿Habrá llegado la hora de estudiar en serio las enseñanzas del pasado?  Con ello, al menos, se encontraría alguna solución menos descartable como las que hasta el momento vienen ofreciendo nuestras atribuladas repúblicas. Aunque dos requisitos serían necesarios: amor por la patria, y respeto por la ley, por más que ésta parezca lo opuesto de la vocinglería habitual. Mucho pedir, ya lo sé.