Nuestra tradición popular en la celebración de las fiestas navideñas es de una riqueza extraordinaria. A poco que indaguemos en las costumbres de nuestros pueblos, descubriremos la singularidad y abundancia en la forma de acometer las Navidades, de igual forma que en los países de nuestra misma cultura humanística.

El filósofo, poeta y teólogo francés, Pedro Abelardo, el Enamorado de Eloísa, al referirse a estas festividades, escribe durante la primera mitad del siglo XII: “Qué hermosas son aquellas fiestas que para siempre tienen lugar en la celeste curia. Qué rey, qué palacio, qué descanso, que alegría aquella”.

Cuando se interesaron por fijar la fecha del nacimiento de Jesucristo, la confusión inicial fue enorme. Hablaron del 1 y el 6 de enero, pero también del 20 de marzo y el 20 de mayo. Establecieron el 25 de diciembre para sustituir las fiestas paganas que tenían lugar ese día. La del Sol Invicto, culto que tenía mucho auge en el año 274 con el emperador Aureliano y que desembocó en la religión monoteísta del Mitraísmo. Porque la Iglesia necesitaba ofrecer a sus fieles un motivo de celebración popular que neutralizara la Fiesta de Mitra. Hasta el año 337 no se comenzó a celebrar el nacimiento de Cristo del 25 de diciembre.

La vigilia de Navidad o Nochebuena en la tradición popular española son fiestas muy numerosas que también conservan restos de las paganas. En el Concilio de Trento, a mediados del siglo XVI, llegaron a aconsejar la prohibición de su celebración. El pueblo se opuso a estas limitaciones teológicas y doctrinales, prosiguiendo con las celebraciones bajo otros aspectos y formas, o las trasladó a otro tiempo del año.

Recordamos algunas de las conmemoraciones populares en nuestro país. Para la comida de Navidad en los años 50’, las abuelas preparaban “les pilotes de Navidad”, unas deliciosas pelotas de pan rallado, magro y manteca de cerdo, perejil y piñones que echaban al puchero. Como parte de las celebraciones navideñas, tras la Misa del Gallo y el canto de “les albaes”, las vecinas de un pueblo de la costa de Castellón degustaban este suculento manjar e igualmente de los pastelillos de Nadal.

En Morella, previo a la Misa del Gallo, cantaban villancicos por las calles, y han tenido el buen gusto de recuperar la representación de un auto sacramental que se venía escenificando desde el siglo XIV.

Igualmente, en muchos pueblos manchegos, tenían lugar las representaciones de las “pastorelas” a modo de ofrecimiento de regalos al Niño Dios por parte de los lugareños y pastores de ambas Castillas. Fueron frecuentes las representaciones de Autos de Navidad, como los que aún perduran en la toledana villa de Marjaliza y en la albaceteña Valdeganga.

En la villa cordobesa de Obejo, con la magia navideña en el ambiente, los niños se visten de ángeles y recitan de casa en casa rimas y villancicos pidiendo el aguinaldo y por si el atuendo santo no surgiera efecto, también va un Lucifer vestido de tal diablo, a quien el arcángel San Miguel trata de humillar. Un pastorcito pide, a su modo, con estos versos:

Dame el aguinaldo,

carita de rosa,

que no tienes cara

de ser tan roñoso.

La campana gorda

de la catedral

se te caerá encima

si no me lo das.

Y si me lo das

que pases la Pascua

con fidelidad.

 

Qué interés y entusiasmo suscita la petición del aguinaldo. No hay pueblo que por estas fechas no reclame el aguinaldo. El origen del nombre tiene su curiosidad, antiguamente llamado “aguilando”, del que deriva el término latino “in hoc año”; en aquel tiempo, estribillo muy utilizado en numerosas canciones de Año Nuevo.