Pasada la Semana Santa con sus celebraciones y con el poso de lo vivido, lo sentido y lo mostrado, tomo asiento en mi ordenador, enfrente de él, a plasmar (para los que de ustedes deseen leerme) mis reflexiones de estos días, de uno que con todo su corazón cree en el acontecimiento que se convirtió en el clímax de la historia de la humanidad.
 
Partiendo de la premisa que La Biblia no nos manda de manera normativa a celebrar la Semana Santa para conmemorar con la Pasión, me surge la siguiente pregunta: en aquellos casos y lugares en los que se festeja, ¿es coherente cómo se hace?, ¿tiene sentido?
 
A mi entender no, porque desdichadamente lo que la población llama Semana Santa es una fiesta pagana más, viene a ser un mero periodo de vacaciones, lúdico, a poder ser soleado, con mojito y traje de baño, sino con túnica y cerveza en mano, que muy poco o nada tiene de sacrosanta.
 
En esta semana que más parece farisea que sagrada, aumentan los viajes de placer, las borracheras, el despilfarro de dinero, la lujuria, las peleas, delitos varios, detenciones, consumo de drogas, los accidentes de tráfico y tantísimos otros males a los que nos conduce la carne y no el espíritu.
 
Pensando y repensando (que no se vayan a creer ustedes que no le he dado vueltas al asunto antes de ponerme a teclear), encuentro una incoherencia sui géneris un tanto evidente entre nuestros actos y el mensaje del evangelio. Hablamos de Jesucristo, de su sacrificio, de la Virgen, de su dolor, de los Apóstoles, de la pena, de la renuncia, de la soledad, del silencio; celebramos en cambio meditando poco sobre hechos gloriosos, con escasos retiros espirituales, sin comer el Cordero Pascual el Domingo de Resurrección, sin leer o, mejor dicho, meditar durante horas (siquiera minutos) nuestro libro sagrado, sin predicar el mensaje de Cristo y sin analizar la interpretación que el convertido Pablo de Tarso realiza en el Nuevo Testamento de la función, misión, mensaje y obra de Jesús. También sin abstenernos de lujos materiales superfluos, sin exhibir nuestros vanidosos gozos en las redes sociales, sin dar limosna, sin cumplir verdaderos ayunos como los judíos durante el Yom Kippur o como los musulmanes durante el Ramadán, sin beber alcohol, sin fumar, sin mantener relaciones sexuales ilícitas y alejados de la ignominia. Aunque, de más está decir, que todas estas cosas no deberían de ser puntuales en esta semana, sino nuestro estilo de vida, si es que realmente podemos llamarnos seguidores de Cristo.
 
En definitiva, no somos capaces de ver este tiempo de recogimiento como lo debemos ver aquellos que creemos y la queremos celebrar, esto es: meditando en la muerte de nuestro señor Jesucristo y en su verdadero significado. Esa es la tragedia religiosa de nuestro tiempo, al menos para el que dice ser cristiano (al menos, para el que dice ser un cristiano cultural y, al menos, para el que dice ser un cristiano auténtico y de verdad).
 
La Semana Santa es y debe ser para reflexionar, para meditar si realmente estamos viviendo a la luz de lo que hizo Cristo y saber si estamos dispuestos a vivir una vida como Jesús, para ser consecuentes con lo que creemos, para no buscar a lo que esta sociedad llama erróneamente éxito, que no viene a ser otra cosa que una vida egocéntrica, y, desde la humildad, tender nuestra mano al necesitado, consolando a los que sufren y se encuentran solos y afligidos. Es un momento ideal para defender nuestra nación y llorar por sus defectos y por sus gentes, como Jesucristo sollozó después de ver la angustia de quienes ama (Juan 11,32-36) y también al ver los pecados de la humanidad (Lucas 19,41-42).
 
Es tiempo de denunciar a los que han convertido los templos en cuevas de ladrones (Lucas 19, 45-48), como lo hizo Jesús látigo en mano. Es tiempo de luchar, con la predicación del evangelio, contra los enemigos de la patria, que están subyugando a los hombres y mujeres de nuestro tiempo y nos han conducido al desplome moral de la sociedad. Es tiempo de volvernos a Dios porque sólo él constituye una esperanza sólida y real en medio de estos tiempos de desenfreno y deshumanización. Es tiempo de tratar de llevar una vida santa. Es tiempo de vivir en Cristo los 365 días del año (aunque para vivir en él, es conditio sine qua non arrepentirnos de nuestros pecados y buscar al señor con fe y confiando en su sacrificio expiatorio en la Cruz), yendo a él y no viviéndole la espada, que es el gran pecado del hombre.
 
Seguir a Jesús implica ser fiel a la verdad. Implica no dejarse arrastrar por el folclore o por la idolatría o por las amenazas o por el devenir de los tiempos; significa no desviarse del camino trazado, porque el camino no se hace al andar, diga lo que diga el compatriota Machado, el camino ya existe y está bien trazado, porque Jesucristo es el camino, la verdad y la vida (Juan 14:6).
 
Por eso, si esta Semana Santa sirviese para lo anteriormente expuesto, sería motivo de júbilo la llegada de la misma, pero todos sabemos que no, porque por haber ya no existe ni conciencia de pecado, cuando todos pecamos cada segundo de nuestras vidas, de decenas de formas distintas y sobre todo de una forma en concreto: al quebrantar el mandamiento más importante de todos, el primero que Yahveh reveló a Moisés, en el famoso capítulo 20 del Éxodo y el que San Marcos nos recordó en su evangelio, «amarás pues al Señor de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas fuerzas».