Cuando terminaba mi intervención en el programa de Luis del Pino, los sábados por la mañana sobre las 10,50, Aquilino Duque solía llamarme desde Sevilla para manifestarme su aprobación. El antifranquismo es la última gran manifestación, por ahora, de la leyenda negra, decía, y es una gran verdad. Él tuvo su época de morbo  “progresista”, como enemigo (literario, pero la literatura puede ser más decisiva que las armas) de Franco. Había tenido tiempo de rectificar, a la vista del embuste, la farsa y la estafa permanentes de esa enfermedad que contamina y apesta la política y la  cultura española y  que le repugnaban especialmente. 
Ahora, en su muerte, viene muy a cuento una observación de Pío Baroja  que casualmente recordé también hace poco: “El pequeño mundo de la literatura española ha sido de una estupidez y una mezquindad rara”. A él, personalmente, esa ruindad no le afectaba. Estaba contento de haber podido escribir y hacer lo que había querido, a pesar del  ninguneo y la censura que a veces le imponían los que,  debiéndolo todo a Franco, le impedían defenderlo frente a la basura imperante. Pero no les daba mayor importancia. 
Claro que  para el país sí tenía importancia, porque, como expresaba García Máiquez  y acerté a reproducir hace unos días en el blog,  “Aquilino Duque pertenece a la Generación del 50. Impresiona comprobar, por cierto, la de premios Príncipe de Asturias de las Letras o Premios Cervantes que se han repartido entre los miembros de su Generación: Caballero Bonald, Claudio Rodríguez, Francisco Umbral, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Francisco Nieva, Marsé, Goytisolo, Brines, Valente, Gamoneda… Y cito los que me sé de memoria. ¿Cómo es posible que siendo  Duque más brillante, más divertido, más culto y sabio, mejor escritor y más alto poeta que la mayoría de ellos no haya ganado ninguno? De esto trataba en parte un artículo titulado ¿Es excéntrico Aquilino Duque? (…), de Cesar Romero publicado hace meses en la Tribuna, en que se argumentaba que su «imagen pública es la de un escritor al margen, díscolo (…). Bien mirado, es un escritor excéntrico sólo por estar en la periferia de la intelectualidad española, lejos de quieres administran canonjías y otorgan escrituras de posteridad (…) Con su carácter polemista y su políglota cultura ha escrito espléndidos ensayos, con hondura» (Jaime García Máiquez) 
Y esto es lo que queda de este hombre generoso, valiente y buen amigo: su gran valía literaria frente al “pequeño mundo”. Hace años escribió una reseña de Sonaron gritos y golpes a la puerta, novela tan diferente  de las suyas y de su estilo en general, pero que supo apreciar: Una novela dantesca (vinamarina.blogspot.com)