Un grupo numeroso de asaltantes retuvo a casi 300 personas como rehenes en medio de una guerra de nervios y angustia durante 24 horas

Al principio los Partidos de Izquierdas hicieron creer que era una operación política de la extrema Derecha para liberar a Tejero de la cárcel, pero la policía puso en claro rápidamente la jugada de los atracadores

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Naturalmente, los lectores de hoy no pueden imaginar las horas que vivió España aquel 23 de mayo de 1981cuando saltó la noticia de que un grupo había asaltado el Banco Central de Barcelona y retenía a casi 300 personas. Fue una verdadera conmoción nacional… y, claro está, fue la noticia del día en las emisoras de radio, en la televisión y en los periódicos, que incluso hicieron “Ediciones Especiales”. Me complace reproducir la versión que dio ABC al día siguiente, tal como se publicó y ofrecemos un vídeo con las imágenes de la salida de los rehenes verdaderamente impresionante:

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A las 9,10 de la mañana del sábado 23 de mayo de 1981, mientras algunos empleados en los comercios y bares de la zona cruzaban con prisa por la espaciosa y neurálgica plaza de Cataluña, en Barcelona, un transeúnte se dirigía con calma al Banco Garriga Nogués para realizar una gestión. Al pasar delante de la puerta de la sede del Banco Central, un joven que iba a entrar en esos momentos le llamó la atención. ¡Llevaba en sus manos una metralleta! Estupefacto, el ciudadano aceleró el paso y entró en tromba en la oficina del Garriga Nogués avisando con voz alterada: «¡Están atracando el Banco Central!».

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En ese mismo instante, un administrativo de este banco que iba camino de su mesa de trabajo se detuvo ante la puerta espantado. Acababa de ver cómo sus compañeros se tiraban al suelo mientras unos individuos armados con pistolas y metralletas les amenazaban. Segundos después, el hombre corría a la cercana sede del Banco de España para avisar a la Policía.

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Eran los primeros compases de un asalto que mantendría en vilo a todo el país, justo tres meses después del 23-F. Once atracadores tomaron como rehenes a los 263 clientes y funcionarios del banco que se encontraban en aquellos momentos en la entidad y exigieron a cambio la liberación del teniente coronel Antonio Tejero y de otros tres procesados por el intento de golpe de Estado. Los asaltantes pedían además dos aviones: uno en Madrid, para llevar a Tejero y a los otros tres detenidos por la intentona golpista a Argentina; y otro en Barcelona, para poder abandonar ellos el país. Amenazaban con ejecutar a los retenidos, a razón de uno por hora, si no se atendían sus peticiones en el plazo de 72 horas.

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En pocos minutos, un excepcional dispositivo de seguridad desalojaba la plaza de Cataluña y los alrededores y las Fuerzas de Seguridad y los Grupos de Operaciones Especiales -los Geos- se desplegaban en lugares estratégicos a la espera de órdenes. La tensión era máxima.

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Los asaltantes parecían muy bien entrenados y organizados. Se creyó que podían ser miembros de un grupo de extrema derecha y también que algunos pertenecían a la Guardia Civil. Se habló incluso de la presencia entre ellos del excapitán de la Guardia Civil Sánchez Valiente, huido del Congreso de los Diputados cuando el 23-F. En las primeras horas de secuestro se mostraban bastante tranquilos, aunque empezaron a perder la calma al ver aproximarse a las fuerzas policiales y amenazaron con disparar si se acercaban a menos de 50 metros. «Uno de los terroristas ya no espera: apunta con su arma a uno de los empleados y le dispara a bocajarro», escribió el enviado especial Luis Peiro, que contó casi minuto a minuto cómo se desarrolló aquel oscuro suceso. Ricardo Martínez Cafarell, de 32 años, fue atendido en el hospital de un balazo en la pierna que le seccionó el ciático y le causó una fractura ósea.

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Los atracadores permitieron que el herido fuera evacuado del banco, así como algunos de los rehenes con crisis nerviosas, que fueron saliendo primero poco a poco, de uno en uno, de dos en dos, y luego en grupos más numerosos. El resto, sin embargo, continuó sirviéndoles de parapeto contra la Policía.

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Conforme se fue conociendo la noticia, tanto las fuerzas de extrema derecha como los implicados en el 23-F negaron tajantemente ninguna vinculación con el asalto. Éstos últimos renunciaron además a ser liberados de esta forma y el Gobierno argentino se negó a acoger en ningún caso a los terroristas. La opinión generalizada era que el objetivo que pretendían los asaltantes era aumentar la tensión.

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Tras el primer día de secuestro y ante las múltiples incógnitas que había en torno al suceso, ABC denunciaba en su editorial la falta de información sobre las posturas que estaba adoptando la autoridad del Estado ante el secuestro. «No sólo carecemos de notas oficiales, sino que, asombrosamente, a lo largo de toda esta larga tarde los teléfonos destinados a informar oficialmente a la Prensa han estado descolgados», decía. Pero aún así, con los datos que se tenían, denunciaba esta acción como «terrorismo puro, sin atenuantes, con muchísimos agravantes» y pedía «firmeza» al Gobierno.

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«Si el 23 de febrero conocimos el peligro de que un grupo de exaltados quisiera imponer su voluntad personal sobre la del pueblo español, hoy sabemos que hay grupos dispuestos a conseguir esos objetivos convirtiéndose en puros y simples terroristas. El cáncer parece ser más hondo de lo que creíamos», estimaba antes de señalar que «el 23 de febrero, con todo su dolor, tuvo al menos ese resto de humanidad de ahorrarse sangre. Aquellos polvos trajeron estos lodos. Que no sean, cuando menos, lodos ensangrentados».

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Se desconocía aún la identidad de los enigmáticos asaltantes que se cubrían con capuchas numeradas y se llamaban entre sí por dichos números. Una de las muchas hipótesis que se barajaban apuntaba a que eran profesionales a sueldo de un grupo ultraderechista. Se creía que formaban un comando de hasta 24 personas con comportamientos militares. Además de la perfecta coordinación del secuestro, ABC destacaba que los asaltantes se mostraron muy diestros en la estrategia de tensión.

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Así contó Luis Peiro uno de estos momentos de máxima tensión de la mañana del domingo: «La comunicación del grupo operativo policial a las diez de la mañana a través de la tanqueta de la Guardia Civil produjo una situación sumamente dramática. Dos mujeres imploraban arrodilladas un negociación pacífica tras las verjas de la entrada principal del Banco y un hombre se aferraba a los barrotes. Los secuestradores habían dado un ultimátum que podría concluir a las 11,30 con la ejecución de cinco rehenes. En medio del tenso silencio que mantenían los miles y miles de barceloneses, que se aprestaban tras los cordones policiales, las palomas cruzaban la Plaza de Cataluña, absolutamente vacía, en una escena que parecía surrealista. Las campanadas del reloj del Banco señalaron que se había cumplido la hora y no había noticias de que las autoridades policiales hubieran cedido a las demandas de los terroristas. Fueron momentos patéticos».

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En una conversación telefónica con el secuestrador «número uno», que parecía ser el jefe del comando, el delegado del Gobierno en Cataluña conseguía aplazar el ultimátum y poco después Juan Rovira Tarazona entraba al Banco a negociar con ellos junto a José Luis Fernández Dopico, director general de la Policía. Tras el encuentro, el «número uno» se prodigaba por distintas emisoras. A Radio España le dijo que la operación había fracasado y que tenían que salir de España y a la Ser, que tenían que pensar para que todo saliera bien. Algo estaba en marcha. Rovira Tarazona afirmó que se había establecido una salida del Banco que daba la máxima seguridad a los rehenes y a los asaltantes, pero éstos no bajaban la guardia.

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A media tarde, mientras un secuestrador inspeccionaba los alrededores del edificio parapetado tras un rehén, se oyeron ruidos de martillos o perforadoras en el interior del edificio, en su parte baja. Apenas quedaba hora y media para que se iniciara la espectacular intervención de los Geos que puso fin a 36 horas de angustia y que ABC contó de forma trepidante:

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«Los Geos protegen la salida, por la terraza, de diez rehenes y luego, a tiro limpio, entran por esa terraza. Se suceden los tiros y ráfagas de metralleta. La situación es confusa. Los geos han ido conquistando el terreno palmo a palmo (...) Cerca de cincuenta rehenes -y algunos terroristas mezclados, sin duda, con ellos- consiguen abrir una puerta lateral y salir atropelladamente al exterior. Transcurren unos minutos dramáticos hasta que, reptando, corriendo, rodando por el suelo, consiguen ponerse a salvo en el Metro o en algunos portales. Los asaltantes parecen despreocupados, sin embargo de esta huida. Durante más de una hora se siguen escuchando disparos en el interior. Veintidós horas quince minutos. Los asaltantes que quedaban se han rendido, según se anuncia. Uno de ellos ha resultado muerto. Hay diez detenidos. Los números no parecen cuadrar. Pero la pesadilla ha terminado»

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La operación de asalto-rescate del grupo de élite de la Policía Nacional causó sorpresa, pues en un informe habían concluido que asaltar el Banco Central supondría una masacre. ¿Qué indicios que no se produciría derramamiento de sangre entre los rehenes cuando se dio la orden de ocupación?, se preguntaba el periodista de ABC, «máxime si, como se dijo después oficialmente, se luchaba contra delincuentes comunes o anarquistas que difícilmente podrían intentar en esos momentos más que una salida a la desesperada».

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«Por fortuna, pero de forma inexplicable, los terroristas casi se olvidaron de sus rehenes cuando el asalto», prosiguió Peiro, a quien también le sorprendió la información oficial que se difundió sobre la composición del comando de secuestradores y la identidad de sus miembros, así como su número.

Hasta dos horas antes se había hablado constantemente de un grupo sumamente adiestrados de 24 personas y las sospechas de algunos mandos policiales sobre la posible presencia de guardias civiles o militares parecía confirmarse con los testimonios de algunos rehenes liberados, pero la Policía detuvo a nueve asaltantes. Uno de ellos resultó muerto durante el tiroteo con las Fuerzas de Seguridad y otro -se supo después- consiguió huir durante la confusión del rescate, aunque fue arrestado en diciembre.

Ni siquiera los rehenes se ponían de acuerdo en el número de asaltantes. Francisco Javier Colorado, empleado del Banco Central, manifestó que «los asaltantes se cambiaron de ropa para escapar cuando nosotros fuéramos liberados y en el momento en que salíamos a la calle algunos de los asaltantes se mezclaron con nosotros». Y el padre de otro de los secuestrados relató en Radio Nacional que algunos asaltantes se cambiaron sus ropas con las de los rehenes y salieron mezclados entre los liberados.

Pilar Urbano participaba en su «Hilo directo» de las dudas que quedaban en el aire con unas «evidencias» que quiso dejar sentadas: «Que la "película" del sábado parecía trucada el domingo. Que difícilmente once hombres retienen durante dos días a más de doscientos rehenes, en cinco plantas, más terraza, más sótanos. Que hubo un pasmoso y llamativo silencio oficial. Que el grito de acción era -no hay que olvidarlo- de "tejerismo" en bandolera».

Para Peiro también resultaron increíbles las explicaciones de las autoridades tras el final del suceso, apuntando a que no se podía descartar que el móvil de los secuestradores fuera el dinero, eludiendo toda referencia política o que actuaran al servicio de la ultraderecha.

La Policía investigó al asaltante que resultó muerto en el Banco Central, José María Cuevas, y descubrió un túnel excavado en un local que había alquilado cerca de la Diagonal, por donde a los pocos días se iba a celebrar el desfile del Día de las Fuerzas Armadas. Además del túnel, encontraron una pistola y un revólver, munición y diversos efectos del delincuente fallecido, que aumentaron aún más las sospechas de que existía un plan desestabilizador del sistema democrático.

El presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo, intentó disipar algunas de las dudas sobre este oscuro asunto durante su comparecencia en el Congreso, aunque no pudo aclarar aquel 26 de mayo quién estaba detrás del asalto. La tesis de algún grupo de ultraderecha todavía se mantenía. El «número uno», identificado como José Juan Martínez Gómez, alias «el Rubio», declaró haberse entrevistado en Perpignan con un misterioso individuo llamado Antonio Luis, que le encargó que buscara a otros cómplices para llevar a cabo la acción y le entregó un millón y medio de pesetas como anticipo de los cinco millones que recibiría después.

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Sin embargo, el mismo Rubio afirmó en una segunda declaración que planeó en solitario el asalto e intentó simular una acción política. Tras casi diez días de interrogatorios a los asaltantes detenidos, cobraba fuerza la tesis de que éstos eran una banda de delincuentes cuyo objetivo fue única y exclusivamente el de apoderarse de más de 700 millones de pesetas que había en el Banco Central y huir a través de la red de alcantarillado, excavando un túnel desde los sótanos del edificio. Al advertir que se cumplían tres meses justos del 23-F, decidieron confundir a la Policía con toda la parafernalia golpista para favorecer su huida con el dinero. «Lo de Tejero fue solo un truco para liar el caso», decía uno de los delincuentes. Su plan de fuga falló porque no lograron horadar los muros con las herramientas que llevaron.

La Audiencia Nacional condenó a entre treinta y cuarenta años a los acusados del asalto en 1983.(6-7-1983) Cinco años después, José Juan Martínez Gómez «el Rubio» se fugó durante un permiso y asesinó a dos policías tras el atraco a las oficinas de Telefónica en Sitges.