Ha causado una gran conmoción el caso del profesor decapitado en Francia por haber mostrado, en su clase, las caricaturas de Mahoma que costaron la vida hace unos años a buena parte de la redacción de Charlie Hebdo, la revista donde fueron publicadas. El gobierno del país vecino, viéndose obligado a hacer algo, ha expulsado a unos cuantos extremistas y tomado algunas medidas contra los islamistas más rabiosos y notorios.

Parece como si pensaran todavía que el problema es aislar y reprimir a los elementos más radicales; como si creyeran que las comunidades musulmanas asentadas en Francia van a convertirse al laicismo republicano, al menos en segunda generación. Sus cálculos son probablemente los siguientes: del mismo modo en que se ha reprimido políticamente la religión cristiana, desde que salió el eslogan de liberté-égalitè-fraternitè pero especialmente desde los gobiernos agresivamente masones y laicistas de finales del siglo XIX, el mismo juego va a salir bien con el islam. Quienes hacen estas cuentas de la lechera muestran una ignorancia e incultura histórica realmente monumentales. En efecto, una cosa es la dialéctica política y cultural entre franceses y europeos enfrentados entre sí, con una historia y un marco mental común que vienen de siglos atrás, y otra muy distinta pensar que van a “convertir” a comunidades enteras procedentes de lo que es, literalmente, otro mundo que lleva muchos siglos enfrentado al nuestro, mentalmente y culturalmente divergente desde principios de la Edad Media.

La presencia masiva de comunidades musulmanas, afincadas y masivas, que ya han creado innumerables zonas de no-Europa dentro de nuestro continente, representa una invasión y una colonización demográfica a gran escala; no se trata de millones de individuos aislados sino, repito, de comunidades enteras. Y precisamente las comunidades trasplantadas en un ambiente culturalmente hostil (como es una sociedad de infieles para un musulmán) son las que más tenazmente conservan su identidad. Pensar que van a convertirlas al modo de vida occidental (más aún a la basura en que se han convertido las sociedades occidentales) sin un baño de sangre es una soberana estupidez.

El futuro que se anuncia en Europa es de conflicto, de no-libertad y de enfrentamiento. Las autoridades francesas pueden tomar las medidas que quieran, los franceses pueden colocar las florecitas que quieran en recuerdo del pobre profesor decapitado (aunque más les valdría comprarse armas) pero la censura islámica es ya un hecho. Quizá puedan hablar mal del islam o enseñar públicamente esas caricaturas de Mahoma políticos, figuras públicas bien protegidas, algún escritor que pueda pagarse una escolta y esté dispuesto a vivir así. Pero como el estado francés no le va a poner un policía al lado a cada profesor o a cada periodista, cualquiera de ellos se pensará muy bien lo que dice. Que luego la policía acribille al asesino no le va a consolar mucho, como tampoco va a servir de disuasión contra quien está deseoso de morir por su fe.

No quedarían completas estas consideraciones sin denunciar la repugnante hipocresía de políticos, intelectuales de tres al cuarto y demás morralla que se rasgan las vestiduras por la libertad de expresión. La libertad de expresión hace mucho que ha muerto en Francia y en buena parte de Europa. No sólo por la legislación contra los “delitos de odio”, que se recrudece cada vez más,  sino sobre todo por la reina de las censuras en Occidente: mucho antes de la violencia de los extremistas islámicos el lobby judío ha impuesto, precisamente en Francia (seguida luego por muchos otros países) una censura férrea sobre el revisionismo del holocausto en la Segunda Guerra Mundial. Con una ley hecha a medida para tapar la boca, procesar y meter en la cárcel a quienes se salgan un milímetro de la narrativa oficial de los vencedores que es la impuesta por el lobby, especialmente a quienes pongan en duda la existencia de las cámaras de gas, los seis millones, etcétera. Se trata de la triste ley liberticida Gayssot-Fabius de 1990, aprobada a traición en sesión nocturna poco después de una muy conveniente y oportuna profanación de un cementerio judío en la localidad de Carpentras, que sirvió para preparar el ambiente y la opinión pública. Infame ley que ha servido como modelo a los enemigos de la libertad y la verdad desde entonces.

Cierto que ellos no decapitan a la gente, simplemente la llevan ante los tribunales, la arruinan a multas, la meten en la cárcel, les prohíben publicar y cierran librerías, les expulsan de sus trabajos (unos cuantos eran también profesores, por cierto) y les destruyen la carrera profesional. Pero el efecto es el mismo. Y tampoco es cierto que el lobby sea totalmente pacífico: antes de lograr la aprobación de su ley canalla fueron innumerables las graves agresiones físicas contra estudiosos revisionistas (en particular Robert Faurisson) por parte de grupos de activistas hebreos, con total impunidad y contando con la pasividad de la policía.

Por lo tanto, quien hable de libertad de expresión denunciando la censura de los fanáticos musulmanes, combatida por el Estado, pero al mismo tiempo no diga una sola palabra acerca de la censura del lobby judío, impuesta por el estado, no es más que un hipócrita y un farsante.

Como es un farsante y un traidor quien se rasgue las vestiduras por el profesor decapitado, culpable sólo de no haber entendido que Francia ya no es Francia, pero al mismo tiempo se obstine en soslayar el problema principal, que es la masiva invasión migratoria y colonización demográfica de Europa.