Fue la Semana Santa más triste de toda mi vida, no porque no saliesen las procesiones a la calle como en el 36, cuando el gobierno del Frente Popular las prohibió con la excusa de evitar confrontaciones entre la población civil. Fue la más triste porque fue la corroboración perfecta de que la Iglesia (con mayúsculas), o sea la del pueblo de Dios, había muerto. Y afirmo que ha muerto como ente, como sujeto con personalidad propia y con capacidad suficiente para significar algo en la sociedad. Todos, inclusive los Obispos obsequiosos con el Gobierno que han llegado a dictar órdenes para que los sacerdotes celebren la Santa Misa a puerta cerrada y solos en su parroquia; los católicos ausentes y silenciosos; y con la excelentísima venia de Su Santidad el Papa de Roma, toleramos que la Semana Santa no saliese a la calle. Es esto, lo aquí denunciado, lo verdaderamente preocupante.

¿Acaso no era posible colocar las imágenes con sus tronos en las puertas de los templos (o donde fuese) y que los ciudadanos en colas de a un metro, con mascarillas, guantes, batas, gafas y todo elemento de protección que se hubiera estimado por conveniente contra la COVID-19 hubieran ido desfilando para contemplar a su virgen, a su Cristo y a sus santos, así como para rezarle una Salve, un Padrenuestro o un Ave María? Claro que era posible, pero no lo fue porque tenemos una Iglesia carcomida, acomplejada, podrida por dentro, aburguesada, servidora de lo políticamente correcto, de prudencia exagerada, amedrentada, envenenada por la opinión pública marxista, traicionada por la gran felonía de Rajoy y los suyos que hicieron la misma política que los peores enemigos de la tradición cristiana y de la nación y víctimas todos, no nos olvidemos, del Concilio Vaticano II de Pablo VI que amariconó a la iglesia hasta nuestros días, dicho sea todo ello con el debido respecto a la labor misionera, a los servidores de Cristo y a toda excepción que pudiera existir.

Pero hay algo todavía más alarmante y es que las iglesias (ahora sí, con minúscula) tengan cerradas sus puertas, que los feligreses no tengamos acceso a la Eucaristía, ni a la Confesión, cuando el Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declara el estado de alarma no lo prohíbe, es más «reconoce el derecho a participar en celebraciones bajo el único requisito de que se limite el aforo y se respeten las distancias de seguridad» y en añadidura y por analogía es uno de los supuestos en los que está permitido salir de casa. Así que fíjense, ¡qué desdicha la nuestra!

¿La propia Iglesia está limitando el acceso a la libertad religiosa proclamado en el Art. 16 de la Constitución? Yo entiendo que sí, aunque sea de manera circunstancial y me duela reconocerlo, porque se pueden celebrar misas en varios turnos y a razón de dos personas por banco; si bien es cierto todavía hay iglesias, como la que yo asisto, junto a mi querida madre, que conceden rincones de libertad a sus feligreses y hay curas heroicos como el nuestro, que entienden que el culto privado no se ha prohibido y por eso casi en secreto celebran la eucaristía y nos confiesan a nosotros, los pecadores. Porque como bien reza el viejo derecho alemán «lo que no está prohibido, está permitido» y aunque no estuviera permitido lo seguiríamos haciendo, con más razón y fe si cabe.

Es el momento de pasar de la palabra a la acción, liderando una protesta universal, capaz de recuperar el tiempo perdido, porque el pueblo en momentos de cólera necesita más que nunca de la fe, de la fe en Cristo, para levantarse cada mañana, para ser dueño de su destino y conocedor de quehacer diario que tiene encomendado, sino Nietzsche terminará teniendo razón cuando sostuvo «Dios ha muerto» y yo tendré igualmente razón porque habrá muerto el pueblo de Dios. Así que fíjense, ¡qué tragedia la nuestra! Luego no se quejen si los musulmanes finalizan el rezo en la vía pública durante el Ramadán.

Fdo. Antonio Casado Mena

Doctorando en derecho. Abogado y economista.