Las últimas noticias nos sitúan en la muerte por ahogamiento de, al menos, 50 personas inmigrantes que navegaban en patera rumbo a nuestro país, concretamente a las Islas Canarias. 
Esto es imperdonable por parte de la sociedad, nuestras autoridades y políticos. La necesidad no distingue de burocracia, política o leyes, y se sabe. 
 Las costas españolas están sufriendo la llegada de una oleada de inmigrantes en pateras a cualquier hora del día o de la noche. Las avalanchas son tan continuas e intensas que en los comentarios de un video testimonial se dice que, 'los buques de la Armada española deben intervenir para intensificar la vigilancia y evitar el desborde de los agentes policiales', ya no sólo para emergencias de rescate, cómo en Lampedusa, sino para labores de vigía y apoyo a las Fuerzas de Seguridad del Estado en Tierra contra la migración ilegal y mafias de trata humana. 
 
Los servicios de la Guardia Civil se sienten rebosados en todo el literal, sobre todo en las playas andaluzas de Almería, Granada, Málaga Cádiz y Huelva, aunque también entran estos cayucos por el rebalaje de Murcia, Comunidad Valenciana y Cataluña. Sin olvidar los migrantes que saltan las vallas de Melilla y cruzan por Ceuta, las Islas Canarias e incluso las Islas Chafarinas, el archipiélago español en el mar Mediterráneo frente a Marruecos, donde según acuerdo bilateral las personas vulnerables pueden ser no devueltos y son rescatados por Salvamento Marítimo.
 
Coincidiendo con una tremenda ola de calor, que supera los 40 grados, las barcazas repletas de subsaharianos alcanzan las costas, abandonan la embarcación y a pie inician
 la huida, en muchas ocasiones, ante la mirada atónita de los agentes, que sólo pueden alarmar a otras patrullas, ya que son grupos numerosos y con ansias de conseguir definitivamente el objetivo: Vivir en España o seguir hacía otros países europeos. Es la aflicción y el destino trazado.
 
Cuando la operación de la Guardia Civil se pone en marcha los grupos de inmigrantes ilegales inician una despavorida carrera para perderse entre urbanizaciones y poblados.
Una gran espantada de indocumentados que cuando es observado por ciudadanos in situ exclaman impresionados, 'llegan descontrolados y no sabemos si infectados por el virus', en plena crisis sanitaria y en tiempos de preparación y reservas de las UCI's ante los acusados rebrotes del Covid-19. Es un riesgo añadido que aportan a la ciudadanía, 'también tenemos niños, ancianos y miedo a contraer la enfermedad'.
 
Los vecinos del litoral español ven cómo las fuerzas de seguridad no pueden contener este gran flujo de personas, que comienzan a convivir en la sociedad de pueblos y ciudades, disimulando su situación y sin control alguno en plena alerta sanitaria.
 La población se siente desprotegida, 'es incesante la llegada de embarcaciones sin sujeción y sin dirección alguna'.
 
Además se conoce que 500 pateras están preparadas en Argelia y que zarparan con rumbo a España en los próximos días. Esto supone esperar una avalancha de más de 5.000 inmigrantes ilegales que podrán desembarcar en nuestro litoral. 
 
 Carentes de disciplina ni responsabilidad, muchos de los inmigrantes una vez a 'salvo', o bien se ponen en contacto con centros de ayudas y asociaciones, o entidades que les acogen ofreciéndoles los primeros auxilios. Otros ya informados se citan con anteriores compatriotas que les aportan detalladamente conocimientos de nuestras leyes respecto a la migración y cómo desenvolverse en España, aunque la gran mayoría ya llegan motivados por 'el efecto llamada' de nuestro propio gobierno. Es decir normativa legal laxa, ofertas a corto plazo de subsidios económicos y trato de atención primaria.
 
La necesidad imperiosa de vida es letal, el hambre no entiende de normas sociales ni obedece a reglas legales, pero si además se transmiten probalidades de auxilio, sin duda, la propagación se convierte en un reclamo multitudinario con los resultados actuales.
 
Y no está nada mal acoger, auxiliar y ayudar. Es más, debe ser doctrina humana. Pero, la pregunta es, ¿España se encuentra en disposición económica, laboral y social para aliviar las impudicias políticas y sociales creadas en estos países?.
 
El hambre en África Subsahariana alcanza la impresionante cifra de 237 millones de personas afectadas, y sigue en alza, según la ONU.
Si la voluntad humana es auxiliar, ayudar y resolver esta inmundicia, hay que exigir la intervención de esta institución mundial, de verdad y con acciones severas, sin hipocresía.
 
El G-5 y el G-8, que lo conforman países desarrollados y potencias mundiales, igualmente están obligados a intervenir, sin fingimiento ni ficción, para atender las necesidades peritorias de más de 821 millones de personas sufriendo desnutrición y hambre en el mundo.
 
La inercia de todos es la fuerza motril para terminar con la mayor injusticia provocada por el hombre para el hombre: el hambre. 
Si, por qué nosotros mientras salvamos a unos se nos mueren la inmensa mayoría. España no tiene recursos para sostener una invasión, y ahora menos por la enorme depresión provocada por el virus, su nefasto tratamiento y pésima gestión política.
 
La industria turística, que sostiene el 15 % del PIB, queda sentenciada con pérdidas que le sitúan en la peor temporada de su historia. La industria, el comercio, la agricultura o la pesca se debaten entre la existencia o el cierre de actividades, o en su defecto el traslado de fábricas a otros países. Mientras el director general de la OMS, dr. Tedros Adhanom, precisamente natural de la Región de África - Etiopía -, dice que 'los efectos de la pandencia durará décadas'. Y no es el único que lo predice. 
 
Ante esta situación económica actual y perspectivas futuras, España y el mundo, está obligada a cambiar, sentirse más solidarios y ser humano. No se puede permitir que unos mueran de colesterol y otros de hambre. Las Naciones Unidas son responsables de instaurar el equilibrio, las razones de control y desmanes que producen estas tropelías, incluso perfiladas con propósitos políticos para 'hacer red clientelar' apoyándose en las necesidades y asfixia de emigrantes, que ahora son ilegales pero más tarde pueden significar una victoria electoral con la suma de sus propios votos. La patera de hoy puede servir a estos gobernantes para seguir 'navegando' en aguas turbias mañana.