Vengo observando desde hace mucho tiempo, que las paredes y mobiliario urbano de muchos barrios de la capital de España, llevan tiempo infestadas de pintadas que rezan “FUCK VOX”, incluso adornadas con esvásticas tachadas, así como muchas banderas republicanas, y simbología podemita o LGTBI.

Un dilema que a uno se le puede plantear es, si como ciudadano a la par que contribuyente, debe solicitar a los Servicios de Limpieza del Ayuntamiento de Madrid, que hagan su trabajo (la realidad es que se toman demasiado tiempo en reparar este tipo de desaguisados, cuando se supone, deberían actuar de oficio y con celeridad) o por el contrario,  recurrir a la “técnica del avestruz” y taparse los ojos con el ala, al momento de toparse con esos dantescos escenarios.

Forma parte de la condición humana tropezar con este tipo de encrucijada mental, cayendo en la trampa de tener que discernir entre promover el  bien común (siguiendo el dictado de la conciencia), exigiendo a la Administración que actúe reparando el daño, sin tener en cuenta cualquier otro tipo de consideración, o bien, mirar con tibieza hacia otro lado (siguiendo los dictados del ego o del orgullo, ambos impostores), y no hacer nada al respecto, tratando así de evitar que la chusma que atenta contra el paisaje urbano pueda alegar que se trata de un “rebote” o cabreo, por haber llegado a la feliz y perversa conclusión, de que el agraviado haya podido actuar movido por el hecho de que el partido político, objeto de todas las pintadas y calumnias, pueda ser el que represente las ideas políticas del denunciante.
Pero, una cosa es bordear la tentación (tentación de no hacer nada para evitar el posible escarnio), y otra muy distinta es sucumbir a la misma, puesto que si no se sucumbe, el dilema se volatiliza.

El paso siguiente es la denuncia a "pecho descubierto", sin miedo alguno a los que piensen y pretendan hacer ver, que existe en todo esto, razón o motivación que tenga que ver con ideología alguna.
Puesto que, lo que de verdad se impone, es la idea de que la conciencia de toda persona, debe prevalecer (sin género de duda), por encima de cualquier otra cuestión o interés, tanto si es de índole político, como personal.

Vaya por delante que sí…, que uno es humano e inevitablemente, se “rebota”. ¡Cómo no!, pero en honor a la verdad, debo aclarar (y siento defraudar a los que pretendían otra cosa) que esa frustración no responde en absoluto a unas pintadas que vayan en contra de las ideas que uno pueda defender.

¡Se equivocan los delincuentes! (así hay que referirse a los que ensucian el paisaje urbano), porque esta historia va de otra cosa.
No se trata del contenido de las pintadas, o de que lo expresado en ellas "suene" bien o mal, según “sople el viento” de los posibles agraviados, sino del continente (que es el bien común), puesto que una pintada, es un acto ilegal que afecta a lo que es de todos, y que, exprese lo que exprese, nunca puede ser vista con buenos ojos por un ciudadano que se precie de serlo.

En ese sentido, la frustración que uno pueda sentir con todo esto, tiene raíces mucho más profundas que, en todo caso, encuentra su causa en la acelerada decadencia de la sociedad en la que le ha tocado vivir.

Todo debería ser mucho más sencillo en una sociedad menos “envenenada” de ideologías. Bastaría con rebelarse contra el “buenismo” y la degradación moral que esta sociedad adopta silenciosamente, y rechazar de plano toda pintada o grafiti; tanto si en ellas reza la frase “FUCK VOX”, se pinta en la fachada de una iglesia “CRISTO SÍ, CURAS DEL OPUS DEI FUERA”,  se ultraja una tumba al grito de “POR LA LIBERTAD” (aunque la A.P. no lo considere ultraje), como si se ensucian paredes con mensajes del tipo “FUCK PODEMOS”, “FUCK PSOE” o “FUCK RITA LA CANTAORA”. Por cierto, casualmente, (y me alegro) pintadas como estas últimas, todavía no he visto ninguna por ahí, y eso que soy bastante observador.

Tampoco podemos quedarnos impasibles cuando unos niñatos joden (y perdonen la expresión) la pared de un edificio con una frase de las que se denominan “motivadoras”, véase (y es real), “QUE TENGAS UN MARAVILLOSO DÍA”. Por cierto, hay que ser muy “tontalaba” para pensar que alguien se va a motivar o enternecer, al ver la pared de un edificio  destrozada de ese modo.

El paradigma de esta decadencia, lo encontramos en un monumento, “El Arco de la Victoria (“Arco o Puerta de Moncloa” para los ofendiditos, y probablemente, “Arco del Triunfo” en el futuro, idea, que bienvenida sea si,  según dicen, podría reconciliar a unos y a otros, puesto que simbolizaría las victorias de todos los ejércitos españoles en la historia), monumento que  preside una de las principales entradas a la capital de España desde la A6.

Un monumento majestuoso, no solo mancillado por pintadas que se renuevan con frecuencia a gusto del “consumidor delincuente”, sino vandalizado por sus cuatro costados, rodeado de escombros, latas y vidrios rotos, que los miles de madrileños que pasan por ahí todos los días para ir a trabajar, se tienen que “tragar” (literalmente), en una suerte deprimente de “desayuno del horror” cotidiano. No parece, desde luego, la mejor manera de recibir a los miles de madrileños, españoles y turistas que, resignadamente, pasan a diario por un lugar tan emblemático como ese.

Del abandono del monumento, de la dejadez por parte de la Administración Pública (parece ser que depende del Consorcio Regional de Transportes de la Comunidad de Madrid) y de la laxitud de las normas y sanciones a los infractores (para mí delincuentes), me referiré, probablemente, otro día, por aquello de no mezclar contenidos que desvíen el “tiro” del mensaje.

Concluyo, en la seguridad de que lo expuesto aquí no tendrá impacto alguno,  y por tanto, el mensaje carece de la más mínima utilidad, puesto que ustedes, “señores delincuentes”, no gozan de la capacidad mínima exigible para entender (reconozco que no tienen toda la culpa) lo que intento explicarles.

Valga al menos, para que los políticos y los poderes públicos se tomen el interés que (de oficio) deberían tomarse, o al menos se sonrojen, si es que, a alguno, todavía le llega un resquicio de fluido sanguíneo a la cabeza.
Aunque, por lo que a esto último se refiere, no espero mucho, puesto que perdí la ingenuidad hace ya más tiempo de lo que hubiera sido deseable.