Afirmábamos en un artículo reciente sobre el arte siciliano del siglo XIX que el descubrimiento de un gran artista proporciona no sólo un disfrute inmediato en la contemplación, lectura o audición de su obra, sino una impronta duradera y grata cada vez que recreamos en nuestra mente la experiencia vivida. Frente al “antimemorismo” promovido en la escuela en las últimas décadas; a pesar de ese teléfono móvil en cuya “memoria” delegamos cada vez más; y pese a esas leyes que nos imponen qué –y qué no– debemos saber, evocar o conmemorar, conviene no olvidar que somos, en gran medida, lo que recordamos.

Hoy nos referiremos a Giuseppe Sciuti, uno de los artistas citados en aquel texto en el que por obvias limitaciones de espacio no pudimos detenernos.

Giuseppe Sciuti (1834-1911) nació en Zafferana, a los pies del Etna, cultivando, principalmente, la temática histórica, religiosa y costumbrista. Junto a otros grandes pintores como su compatriota Cesare Maccari (1840-1919), el holandés Lawrence Alma-Tadema (1836-1912), o el polaco Henryk Siemiradzki (1843-1902), Sciuti se interesó por recrear la Antigüedad clásica, y a este respecto Sicilia le ofrecía un rico pasado ligado tanto a Grecia como a Roma. Huellas griegas aún visibles por toda la isla, desde Segesta (al noroeste) hasta Tapso (en el extremo suroriental); y, por supuesto, rastros romanos desde Palermo (vértice occidental) a Mesina (vértice nororiental) y Siracusa (vértice sudoriental)… ¡Qué imagen imponente ofrecen aún los templos dóricos de Agrigento, Selinunte y Segesta!

Entre los motivos clásicos que trató Sciuti cabe recordar aquí la magnífica pintura en que Píndaro exalta a un ganador de los juegos (1872), que ilustra y recuerda el destacado papel de la polis de Siracusa en los Juegos Panhelénicos, antecesores de los actuales Juegos Olímpicos. Pero no sólo. Ahí está el admirable y solemne Funeral de Timoleonte (1874), que representa las exequias públicas del gran general griego que liberó Siracusa del tirano Dionisio y derrotó a los cartagineses Asdrúbal y Amílcar en la batalla de Crimiso en el 340 a.C.

Así mismo, Giuseppe Sciuti pintó, entre otros lienzos, el titulado: Tito Quinto concede la libertad a los griegos (1879), que rememora el gesto magnánimo del general romano Tito Quincio Flaminino hacia los prisioneros griegos beocios tras la batalla de Cinoscéfalos (197 a.C.), en el contexto de la segunda Guerra Macedónica. Y también el Triunfo de los cataneses sobre los libios (1883), ubicado en lugar de honor en el Teatro Massimo de Palermo.

Sciuti realizó además un buen número de obras de carácter religioso, como los extraordinarios frescos de la bóveda sobre la nave central de la Colegiata de Maria Santissima Annunziata; los que decoran la cúpula de la Basílica de Maria Santissima dell’Elemosina; o los ejecutados para la capilla del Castillo Scammacca –todos en Catania–. Así como numerosos óleos de la misma temática; véase La Madonna dei bambini (1898), en la Iglesia de Santa Ágata –en Acireale–; Soy la luz del mundo  (1900), expuesto en la Accademia degli Zelanti, –también en Acireale–; San Sebastián tras el martirio (1902); o La adúltera (1905) en el momento en que Cristo impide su lapidación –estos dos últimos en el Palazzo degli Elefanti de Catania–.

Por otra parte, Giuseppe Sciuti también cultivó otros géneros como el retrato o el llamado costumbrismo, prestando especial atención a la mujer y la familia. En este sentido, el pintor siciliano supo representar de modo magistral la dedicación abnegada de una buena madre hacia sus hijos. Composiciones aparentemente sencillas pero muy estudiadas, que ofrecen pequeños momentos captados de forma natural, sin efectismos. Así lo avalan títulos como: Le gioie della buona mamma (las alegrías de una buena madre, 1877) en el que ésta atiende a sus tres vástagos con la ayuda de otra mujer; o el tierno Un dolce disturbo (una dulce perturbación, 1885), donde inmortaliza el instante en que una madre dormida al lado de la cuna de su retoño es requerida de nuevo por los ronroneos del crío recién despierto.

En este marco de las escenas costumbristas hay un último aspecto que merece destacarse en la obra de Sciuti, que es la atención que concede al cuidado y enseñanza de los niños: Un niño regresa de la escuela premiado (1869), La lección de canto (1885), o El genio de la educación (1901). Y la importancia que otorga a la mujer en este terreno, mostrando a menudo el aprendizaje de los pequeños bajo la atenta mirada materna: La paz doméstica (1870); Una familia pobre (1887) o Madre con hijo (1903) así lo atestiguan.

Le animo, pues, amable lector, a que disfrute de la obra de este artista y, si me lo permite, indague en la época en la que desarrolló su labor. Estoy seguro de que no se arrepentirá. Porque descubrirá ejemplos edificantes tomados de la Historia Sagrada; episodios de un pasado compartido; modelos positivos y negativos de los que aprender; momentos memorables y siglos de Historia. Conocimientos a raudales ofrecidos de forma bella y virtuosa. “Prodesse et delectare”, que diría el clásico Horacio.