Vivimos tiempos duros, convulsos, por eso, quizá, una buena manera de evadirse de esta inquietante situación es sumergirse en aquello que nos gusta, que amamos, que nos hace feliz, y bucear en ello. Y el Arte puede ser un buen calmante.  Ahondar en nuestras debilidades, como gustos, como vía de escape a la realidad que nos acecha,  como la obra de Federico Eguía, un artista muy peculiar.

Un  creativo de fondo, de amplia trayectoria no solo nacional, Estados Unidos o Japón reverenciaron su obra, que nos invita ahora a un viaje itinerante por las formas y las estructuras plásticas, que se cimenta en eso, en su bagaje, inquieto por el deseo incansable de aprender y, sus preferencias, como el dibujo, la escultura o su pintura, envuelta en un halo de nebulosa y verso por doquier, que ahora salpica, tímidamente de albura, las paredes de Montsequi galería de Arte, desde su remoto valle de los sueños, su origen, remanso bucólico  esculpido a base de reflexiones al aire puro en la sierra madrileña.

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Un pequeño oasis que el serrano artista posa en el asfalto de esta ahora cadente metrópoli que tenemos todos que sanar. El ideólogo de Puebla de la Sierra abandera esta inusual batalla interesado, más que nunca, por la Cultura como eje social, columna vertebral para un desarrollo equilibrado. No en vano, es miembro de varias asociaciones culturales,  donde explora y explota su universo interior.

De muchos formatos en técnica mixta sobre oleo.  Para que luego no digan que no hay donde elegir. En su mayoría sobre un fondo claro, luminoso,  donde sobresaltan trazos y pinceladas de poesía, suya y de otros consagrados, como querer decir, como querer advertir… Que se dispersan junto a pequeñas notas de color, sutiles, pero visibles a simple vista, como un contrapunto de descanso en el viaje que supone la plenitud del lienzo, creando una especie de bocanada de aire fresco vivido, como un aurea etérea, que va… Que viene y, desaparece dejando hueco a la palabra escrita, lengua viva.  A veces clásica, que recuerda a las míticas epístolas lacradas con cera carmesí. A veces, más moderna, más movida,  inquieta, obtusa, inclinada, como corriente surrealista que desea zafarse de corsé.  Y juega al despiste,  quizá un guiño para el espectador, dónde no sé sabe bien que disciplina artística predomina.  Solo él y su criterio. El origen de una armonía que supone contemplar la obra en cómputo.

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Una serie individual, también ha realizado numerosas exposiciones colectivas, que acompaña a las piezas de escultura, robustas, talladas y bruñidas en bronce viejo en diferentes tamaños para no desnudar la pintura y así arropar, conformar un todo. Un proceso cargado de belleza que lleva a preguntarse por los aspectos más básicos de la vida, no solo los terrenales.

Y es que no hay nada más satisfactorio como reflejar lo que a uno le gusta, le inquieta, con la generosidad de poder compartirlo. Algo que sin duda produce un efecto terapéutico, liberador. Aparquen por un instante la razón,  y dejen paso a su imaginación, que entre en juego, al contemplar su obra. Cultura segura. Tan necesaria como sanadora.

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Federico Eguía

Montsequi Galería de Arte.  

C/ Alonso Cano, 42. Madrid

Hasta 30 de octubre de 2020

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