El señor, infante y duque don Juan Manuel (1282-1348), príncipe de Villena, fue hijo de don Manuel de Castilla –hermano del rey Alfonso X el Sabio– y de Beatriz de Saboya, y, así mismo, nieto del rey Fernando III el Santo. Entre 1331 y 1335, don Juan Manuel escribió una obra inmortal: el Libro de los ejemplos del Conde Lucanor y de Patronio, conocido popularmente por el abreviado título de El Conde Lucanor. Contiene éste en sus páginas cincuenta y un cuentos morales, a partir de los consejos que el fiel súbdito Patronio ofrece a su señor conde. Titúlase el Cuento XXXII, Lo que sucedió a un rey con los burladores que hicieron el paño, y en él se advierte de un engaño que triunfa por vanidad, vergüenza y miedo. Extrayendo de sus páginas el resumen de la trama: “-Señor conde –dijo Patronio–, tres pícaros fueron a palacio y dijeron al rey que eran excelentes tejedores, y le contaron cómo su mayor habilidad era hacer un paño que sólo podían ver aquellos que eran hijos de quienes todos creían su padre, pero que dicha tela nunca podría ser vista por quienes no fueran hijos de quien pasaba por padre suyo. […] y por temor a la deshonra, fueron engañados el rey y todos sus vasallos, pues ninguno osaba decir que no veía la tela”.

Estamos en marzo de 2021 y este año todavía no ha tenido lugar la gran feria anual de arte contemporáneo, ARCO. Lógicamente, a falta del bombardeo mediático que lo anuncie, la gente trabajadora ni se ha percatado, y cualquiera con criterio y gusto lo celebra. En todo caso, querido lector, no se confíe; está previsto que la muestra se celebre en julio. Como es habitual, esta farsa gigantesca estará presidida por la mentira. Patrañas perpetradas por audaces embusteros serán expuestas y vendidas por tramoyistas profesionales. Y dominarán dos características impregnadas ambas de falsedad y engaño: ausencia de originalidad y corrección política, valga la redundancia.

Respecto a lo primero, según viene sucediendo desde hace décadas, se repetirán fórmulas ya conocidas, tomadas todas de las vanguardias del siglo XX. Una constante que genera hastío, pero que, de forma asombrosa, se sigue invocando como rasgo de “modernidad”. ¿Acaso no fue bandera de todas las vanguardias la condena de la imitatio, rasgo común de todas las corrientes clasicistas que en el mundo han sido? ¿Y qué modernidad es esa que se asienta en la perpetuación de sus propios clichés? La vieja justificación por la intención, es decir, la denuncia social, el “compromiso”, la provocación, el gastado lema “pour épater le bourgeois”… Hoy, como antaño, los burgueses siguen deseando ser impresionados, aunque sorprende que continúen siéndolo con pantomimas antiguas rebautizadas bajo la simple argucia de lo “neo”: neo impresionismo, neo pop, neo ready made, neo minimal, neo land art; neo action, neo op art, neo COPIA.

Respecto al segundo rasgo que caracteriza no ya ARCO sino el arte en general, tanto en España como fuera, esto es, su función propagandística y homogénea adscripción ideológica, cabe hacer, a su vez, algunas reflexiones. Por un lado, conviene no focalizar demasiado la crítica en los artistas. No porque no sea justo y no tengan responsabilidad en lo que hacen. Se entiende que la discapacidad intelectual, congénita o adquirida, aunque extendida, no puede considerarse eximente en una profesión libremente elegida. Pero acaso, siquiera en parte, deba considerarse la “manifestación ideológica” como circunstancia atenuante. Sobre todo, porque aunque los artistas no hicieran profesión pública de su credo izquierdista, todos ellos están forzados a pronunciarse políticamente para poder comer. Y eso tiene, si no toda, al menos alguna importancia en la modulación de discursos y valoración de responsabilidades.

Dicho lo cual, conviene distinguir a los principales responsables de esta subordinación o esclavitud. En primer lugar, los políticos socialcomunistas, empeñados en dirigir todas las instituciones culturales susceptibles de servir a su causa.

Para atestiguar esta vinculación forzosa en una trayectoria que se remonta in illo tempore, nos remitiremos a los últimos años, que ilustran la vigencia de la mencionada pretensión monopolizadora del discurso cultural. Desde la dirección del Museo Reina Sofía por José Guirao –ministro de Cultura con Sánchez–, a la presidencia del Patronato del mismo centro por Ángeles González-Sinde, –también ministra de Cultura con Zapatero–. O, por seguir con la nómina de exministros socialistas dedicados a la propaganda política e ingeniería social, valga recordar la actividad de Javier Solana –ministro de Cultura con González– como presidente del Patronato del Museo del Prado, ahora empeñado en resignificar las colecciones, reordenar las salas y hasta cambiar los nombres de los cuadros.

Por otro lado, los comerciantes –ellos se llaman galeristas–, predispuestos a hacer cualquier concesión a los políticos, ajenos a cualquier ética, con tal de seguir gozando de una posición desahogada. Tan ufanos vistiendo su codicia con el glamour del connoisseur exquisito. Helga de Alvear, Soledad Lorenzo, Topacio Fresh, etc… Decadente selección de dinosaurios, anclados por mentalidad, fortuna y edad, en una infancia perpetua.

Como bien explica el cuento XXXII de El conde Lucanor, ni la riqueza ni el poder protegen del engaño. Mas produce pena y vergüenza constatar que criaturas que han disfrutado de una posición desahogada y una educación selecta participen activamente en la mentira. Tal vez no hayan tenido tiempo de leer El Conde Lucanor, o no lo recuerden, o ignoren también las magníficas versiones que de él se han hecho.

El mismo argumento del cuento XXXII fue recogido por Cervantes en su entremés titulado El retablo de las maravillas (1615), e idéntico asunto fue trasladado al relato infantil por el danés Hans Christian Andersen bajo el título “El traje nuevo del emperador”, escrito en 1837 e inserto en aquellos Cuentos de hadas contados para niños que algunos disfrutaron en su infancia, en otra época, cuando todavía se leía.

De hecho, en España, la mayoría atribuye la autoría y originalidad de este relato a Andersen –a pesar de los cinco siglos que median entre El Conde Lucanor y el cuento del danés–, en un desaire injustificado a nuestras propias letras y, por ende, a nuestra historia. Aunque tampoco nos cause sorpresa excesiva, pues aun siendo curioso el caso, no lo es aislado, sino fruto de décadas de autodestrucción y colonización cultural, propagadas tenazmente en nuestros hogares y escuelas desde el odio y la ceguera sectarias, con negligente y suicida ignorancia.

Sin embargo, dejando a un lado nuestra calamitosa educación, sea cual fuere la fuente conocida, lo importante es que hasta no hace tanto –apenas dos generaciones– estos cuentos con moraleja se transmitían a una edad temprana. Como en su tiempo las fábulas de Esopo, Fedro o los emblemas de Alciato… y La Fontaine, Iriarte y Samaniego. Obviamente, ya no. ¿Pero qué se puede esperar de unos padres y un profesorado que –salvo encomiables excepciones– no leen, encadenados al móvil y la televisión; sometidos a los mismos hábitos perniciosos que sus hijos y sus alumnos? Esclavizados y embrutecidos por la limitación de caracteres impuesta por sus aplicaciones preferidas. Sometidos a la jerigonza pseudopedagógica. Envilecidos por las desfiguraciones grotescas de lo que llaman arte.

Exclamaba nuestro ilustre don Diego de Saavedra Fajardo: “¡Qué puede durar lo que se funda sobre el engaño y la mentira?” (Idea de un príncipe político cristiano, representada en Cien Empresas, 1640, Empresa XLIII).

Al parecer, mucho, si más de cien años de “arte moderno” no nos parece poco.