El mundo entero prepara ya el 50 aniversario de la muerte del genio español por excelencia

Julio Merino sigue hoy en este españolísimo y perseguido “Correo de España” la serie sobre las 15 mujeres (solo con dos de ellas se casó) que hace años escribió para su obra “Los grandes españoles del siglo XX”

 

España y Francia han presidido estos días en Madrid el acto de inauguración, con presencia del Rey Felipe VI, la campaña cultural de lo que será “El año Picasso” 

Por su parte, la Ministra francesa de Cultura, Abdul Maalak, destacó el interés especial que el mundo del arte tiene por conocer a fondo las relaciones de pareja y los varios matrimonios que tuvo el madrileño en su inquieta y de vorágine vida real

Y ahora sigamos con las mujeres del malagueño universal. Hoy les toca el turno a 10-María Teresa,11-Dora Maar y 13- Francoise

  1. María Teresa Walter

(la “niña” de Picasso)

La sueca María Teresa Walter sólo tenía 17 años cuando conoció al genio y llegó cuando el matrimonio con la rusa Olga estaba ya roto y se negociaba el divorcio… y digo “negociar” porque Picasso se resistió a aceptar el divorcio dado que la rusa le exigía, por el contrato que habían firmado al casarse, el 50% de sus bienes y el artista no aceptó nunca esa exigencia y por ello no pudo casarse con ninguna otra hasta que la rusa murió en 1955. Los años finales con Olga hasta que se separaron físicamente fueron para el pintor un infierno, según algunos biógrafos, incluso llegaban a las manos en sus “peleas”. Y en esta situación psicológica estaba cuando un día al entrar en las Galerías Lafayette vio a aquella niña rubia, de pelo largo y ojos verdes y sufrió un “flechazo”. Entonces, atrevido como fue siempre con las mujeres, se acercó a ella y le dijo la frase que ya he citado en un artículo anterior: “Señorita, tiene una cara interesante, me gustaría hacerle un retrato, creo que vamos a hacer grandes cosas juntos, soy Picasso”. Naturalmente, la llegada de la rubia, una chica saludable, deportista, alegre, desinteresada, nada exigente, afectuosa, enemiga de los convencionalismo y de trato muy suave (todo lo contrario que Olga) cambió, una vez más, la vida del artista. Fueron unas relaciones muy curiosas, porque como era menor de edad la tuvo que mantener a escondidas durante varios años. Se dice que el primer verano que vivieron como amantes ella se fue a un campamento infantil de monitora deportiva y Picasso acudía por la noche y se encontraban bajo la tienda de campaña. Luego al volver a París le compró un apartamento cerca de su casa para poder verla a espaldas de Olga e incluso para tenerla a su lado el mayor tiempo posible la disfrazó de chófer, de hombre-chófer, y viajaba con ella a todas partes… y es que llegó un momento que “la niña de Picasso”, como la llamaban los amigos del genio llegó a ser su verdadera fuente de inspiración. Llegó a pintarla en 67 obras. Con María Teresa tuvo una hija, Maya.

¡Ay! Pero, como casi siempre, también de María Teresa se fue distanciando y hacia 1934-1935 conoció a Dora. Ella, sin embargo, no le pudo olvidar y desde que se separaron su vida fue un verdadero tormento, hasta el punto que cuando en 1973 muere Picasso ella se deprime de tal modo que sólo 4 años después se ahorcó. 

11-Dora Maar

(la musa del “Guernica”)

“Henriette Teodora Markovitch había nacido en París en 1907 –escribe uno de sus biógrafos-. Era hija de un arquitecto croata y de una francesa, se trasladó a Buenos Aires a los 3 años de edad. Tuvo una adolescencia privilegiada, tenis, playa, bailes y cruceros. De nuevo en París, la joven conectó con los surrealistas y la extrema izquierda. Fue amante del escritor Bataille, una de las personas más inteligentes de aquellos años y también del cineasta Chavance”.

Era amante de la fotografía y escribía versos. Cuando Picasso la conoció en el café “Les Deux Magots” estaba jugando con unos amigos a pincharse los dedos con una navajita a ver quien lo hacía más rápido y con menos sangre y el genio, atrevido, le coge las manos y le dice que su sangre “es tan hermosa como la de los toros al morir” y comienza el romance. Dora se convirtió en la compañera indispensable y gracias a ella se pudo obtener el proceso completo del “Guernica”, ya que lo fue fotografiando en cada paso que daba el pintor, que no fueron pocos, pues antes de dar la obra por terminada hizo más de 100 bocetos. “Con Picasso –diría años más tarde- viví 8 años y fui testigo principal de su cuadro más famoso: el “Guernica”. Dicen que fui de todas, la más inteligente”.

Pero, las relaciones entre ambos no fueron tan tranquilas como las que había tenido con María Teresa. Dora era más inteligente y por tanto más crítica y a menudo le discutía su propia obra. Sin embargo todos reconocieron que el espíritu anti-violencia y anti-guerra del cuadro fue inspiración suya. También al final terminó perdiendo y Picasso la fue abandonando tras conocer a sus dos siguientes amores: Francoise Gilot y Genevieve Laporte. “Sin Picasso no hay nada. Después de Picasso, sólo queda encontrarse con Dios”, diría al sentirse abandonada.

Las relaciones con Dora se fueron difuminando como se disuelve el azúcar en el agua, porque sin romper con ella del todo la alejó de su lado. Igual había pasado con María Teresa, la madre de su hija Maya, a quien siguió visitando y amándola siempre. Pero una vez más se demostró que Picasso no podía pasar sin una mujer y no había desaparecido del todo Dora cuando ya había aparecido en su vida la culta Francoise Gilot. Corrían los años de la Segunda Guerra Mundial y los “nazis” seguían en París. Un París en el que faltaban ya los alimentos y hasta el pan y en el que la vida de cada quien dependía de un hilo, ya que la Resistencia no permitía ni un minuto de paz y las represalias, ciegas, de los alemanes, eran horribles, te podían fusilar en cualquier momento “como cómplice” de la Resistencia o mandarte a un campo de exterminio. En esas circunstancias fue cuando el genio conoció a Francoise. ¿Quién era Francoise Gilot? 

12-Francoise Gilot

(“La mujer flor” que le abandonó)

Soy la única mujer que dejó a Picasso, la única que no se sacrificó al monstruo sagrado. Soy la única que aun estoy viva para contarlo” –diría cuando ya había cumplido los 90 años.

Francoise Gilot había nacido el 26 de noviembre de 1921 y era hija de un ingeniero agrónomo, hombre de negocios, y de una pintora. En ese momento el genio tenía ya 62 años y estaba en la cumbre de la gloria, el pintor más caro del mundo y el Rey de la pintura moderna. Un hombre rico, poderoso y lleno de vida que no aceptaba normas, ni barreras ni fronteras. Lo tenía todo y lo podía todo. Su firma valía más que la de los Reyes o Jefes de Estado de Europa. O sea, que le llevaba 40 años justos.

Francoise era ya  Licenciada en Filosofía por la Sorbona, en Filología Inglesa por Cambridge y estudiante de Derecho. Aunque por encima de sus carreras universitarias ella quería ser pintora y había decidido dedicarle su vida al Arte… y como necesitaba un profesor no lo dudó y se fue a ver a Picasso. Naturalmente cuando Picasso vio a la bella joven y comprobó el nivel cultural que tenía a sus pocos años no lo dudó y se ofreció para enseñarle todo lo que él sabía. Y cuando acordaron ya eran amantes. Fue una relación de 10 años justos (1943-1953) y con la que tuvo dos hijos: Claudio, en 1947 y Paloma, en 1949.

Pero, llegados aquí bien podemos ver cómo fueron aquellas relaciones siguiendo la obra que ella misma escribió (“Mi vida con Picasso”).

“Soy Francoise Gilot. A Picasso le di dos hijos. Compartí mi vida con él 10 años y queriéndole con locura, fui la única que lo abandonó”.

“Yo sabía que seguía con Dora y que también veía clandestinamente a María Teresa, pero a mí eso no me importaba, porque yo sabía ya que Picasso no era un hombre de una sola mujer y que el amor era para él la mayor fuente de inspiración”. (“La vida sin amor, no es vida –me diría un día-, pero el amor es sexo, lo que quiere decir que si no hay sexo no hay amor”).

“Sí, era un buen amante, pero cuando quería. Necesitaba mucho sexo, ese impulso primario era parte de su constitución. Es más cuando no estaba enamorado se hundía, era otro hombre… y no era polígamo, más bien lo contrario, pues sabía delimitar a la perfección las relaciones con sus amantes”. Francoise escribe que todas las sesiones de pintura terminaban en una relación sexual. Un día le escribió estos versos:

Mira Francoise;

un Minotauro guarda a su lado a muchas mujeres

y las trata siempre muy bien,

pero reina sobre ellas por el terror.

Así que ellas terminan alegrándose de que este muerto.

Un Minotauro no puede ser amado por sí mismo,

eso cree él.

Le parece que eso es imposible.

Tiene cara de pensar que ella no puede amarle

sencillamente porque es un monstruo

 

“Pablo era una persona maravillosa para estar con él. Era como un fuego de artificio. Asombrosamente creativo, inteligente y seductor. Si estaba de humor para fascinar, era capaz de hechizar hasta a las piedras. Pero también era muy cruel, sádico y despiadado con los demás y consigo mismo. Todo debía ser como él decía. Una estaba allí a disposición de él: él no estaba a disposición de nadie. Pablo creía que era Dios, pero no era Dios ¡y eso lo irritaba! Fue el amor más grande de mi vida, pero había que tomar medidas para protegerse. Yo lo hice: me fui antes de terminar destruida. Las otras no lo hicieron, se aferraron al poderoso minotauro y pagaron un precio muy alto.”

“Mi relación con Picasso fue un romance de época de guerra, las circunstancias extremas nos unieron de una manera que nunca se hubiera dado en épocas de paz. Era la Segunda Guerra Mundial, en el París ocupado por los alemanes, una época de gran peligro y desastre absoluto. Picasso era un héroe para mi generación: había pintado “Guernica” y era un símbolo de resistencia contra el fascismo y el régimen de Franco. Implicaba gran coraje de su parte quedarse en París en vez de escapar a América. En cualquier momento podían arrestarlo, pero ésa era su manera de decirle no a la opresión.”

“Sólo tuve un único Picasso, “La Femme-Fleur”, pero lo vendí hace años, porque sentí que me traía mala suerte. Nunca acepté más pinturas, porque Picasso hubiera dicho: “¡Ah, ya ves, eres igual que todas las otras!”. Así que no acepté nada, seguí siendo independiente. Además, sabía que si una le aceptaba cosas a Picasso, quedaba en deuda con él y había que pagarla de otra manera. Él quería que yo fuera sumisa, como las otras mujeres, pero nunca fui sumisa”.

“Pablo tenía la cruda curiosidad de un niño que toma un reloj y lo destruye para ver lo que tiene adentro. Hacía lo que se le antojaba en cualquier momento, sin pensar en las consecuencias”.

Una vez le pegunté a Pablo por qué era tan malo con Sabartés, su leal secretario, que lo veneraba. Picasso respondió: Sólo soy malo con la gente que amo. Con la gente que no me importa, soy amable”.