Con el permiso de ustedes, hoy les voy a comentar algunos aspectos sobre los toros. Para hacerlo me he documentado sobre sus orígenes. Otro día les contaré cosas muy interesantes sobre la evolución de la lidia. Porque para tener opinión no hay mejor cosa que informarse. Así evitamos que nos manipulen.

Es posible que nuestra fiesta de toros proceda de la costumbre cretense de saltar sobre las reses, aunque en la Península Ibérica ya existían signos del culto al toro en las religiones primitivas. Abundan también los testimonios rupestres prehistóricos en dos aspectos: la caza y el dominio del astado silvestre y su admirada potencia sexual, que convirtieron al toro en un elemento más de los ritos sacros.

Parece ser que el origen de las corridas de toros, para algunos, se sitúa en Mitra, la divinidad persa de la luz y la cordura. Su culto fue llevado a Roma por las tropas de Pompeyo y se convirtió en una religión conocida como mitraísmo. En un bajorrelieve romano del museo del Louvre se puede apreciar este culto. Los iberos mostraron a un hombre, armado de espada corta y escudo, enfrentándose a la res en la estela de piedra de Clunia, hoy, por desgracia, desaparecida.

Pero la incógnita radica en cómo, cuándo y por qué estos ceremoniales taurinos, tan frecuentes en Iberia, llegaron a convertirse en un espectáculo para el pueblo. En las Cantigas del rey Sabio, en el siglo XIII, ya aparece reflejada la celebración del toro nupcial, costumbre inmemorial en el mundo rural: un rito religioso, mágico y sexual que se practicó hasta el siglo XX. Una reliquia del viejo culto ibérico precristiano.

Varios días antes de la boda, el novio y sus amigos, capturaban un toro y, atado por los cuernos con una maroma, lo conducían a la casa de la novia. Ante la ventana de ésta, como durante el recorrido, le daban unos pases, lo manteaban. La novia ofrecía a su futuro marido un par de banderillas adornadas por ella. Tras clavar los arpones, el novio mataba al toro usando como artimaña una sábana del ajuar, que la joven le había arrojado. Al final, la pareja la exhibía, manchada de sangre, desde el balcón. La relación sangre-sábana tiene, entre otros simbolismos, el de la fuerza reproductora.

El toro en España es de la Era Terciaria. Cuando aparece el hombre, en el Cuaternario, el toro ya pastaba por toda Iberia, en especial en las tierras del bajo Guadalquivir. Cuando los celtas trajeron sus bóvidos a la Península (año 600 a. de C.) y los cartagineses lo hacían con el vacuno africano, dos siglos antes de Cristo, ya existía el toro ibérico muy de tiempo atrás.

Las primeras noticias de ganaderos de reses bravas son de finales del siglo XVI. La ganadería brava del Real Patrimonio ya existía en Aranjuez en 1606. Todos los encastes bravos actuales proceden de la ganadería Vistahermosa, incluso los Miuras. Uno de los primeros toreros de los que se tienen noticias se llamaba Miguel Canelo que lidió en la vieja plaza cuadrada de la Maestranza de Sevilla, un día del mes de mayo de 1734.

Del toro fiero, idóneo para la lidia esforzada, viril y de fuerza, se ha pasado a una res dócil, noble y colaboradora. El toreo, antes recio y simple, ha evolucionado hasta convertirse en un arte estético y refinado, muy al gusto de la sociedad actual. Aunque, como sabemos, no de todos.

Para que luego digan que en la lidia sólo hay brutalidad y tortura. Lo que de verdad encontramos en la Tauromaquia es mucho arte, fuerza, nobleza, bastante historia ancestral y mucha cultura. Y es que, además, se trata de nuestra cultura. Y que nadie olvide que es una práctica legal, dicho sea de paso, para que se aplique la Ley, como corresponde, contra aquellos que pretenden impedir a sus partidarios y hombres del toreo la libre actividad taurina. ¿Aquí nadie actúa de oficio? Tomemos ejemplo de los franceses, que a ellos nadie les moja la oreja, porque están bien organizados.

Y al que no le guste, pues, que no vaya…