Son las diez de la noche. Toca irse a dormir. Mañana hay encierro de Jandilla, y el despertador sonará a las 6:30. Desayuno con mucha azúcar, para que el cerebro preste mucha atención.

Antes de las 7:30 hay que enfilar la Cuesta de Santo Domingo, desde los Corrales del Gas, para acceder al encierro. Cacheo de los forales y nada de teléfonos o cámaras ocultas. Al instante, nos encontramos los compañeros de siempre, junto con algún yanki curioso, franceses de Las Landas, etc.. Aparece la imagen del santo, para ponerlo en la hornacina.

7:50 de la mañana. Primer cántico al patrón, también en euskera. Nos deseamos suerte, y cada cual se va a su tramo. A mí me gusta la curva. Saludo al pastor Miguel Reta, y aquí comienza el encierro. Hay que calmar los nervios, el miedo. Apoyo mi frente en el vallado de la curva, e intento concentrarme; crear el silencio a mi alrededor.

Se oye el cohete. Desde ese momento, sé que hay aproximadamente un minuto hasta que la torada llegue al final de Mercaderes. Tengo que conseguir mantenerme frío, impasible. A escasos 15 metros asoma la primera testud. Son tres Jandilla pisando el adoquín hermanados. Es el momento.

Un segundo después, no escucho golpe contra la valla. Es el principio de la Estafeta, delante de Guerendiain. Por cada vistazo al frente, otro hacia atrás. En una centésima de segundo, se divisa la cara del toro. Es un toro castaño, alto. La zancada del Jandilla no admite bromas.

Creo ver un pequeño montón a la izquierda, así que instintivamente, me aparto al lado derecho. Un último reojo: el castaño corre a la par con otro de color negro. Pero aún queda otro, y no lo he visto. Siento un leve golpe en mi hombro izquierdo, un simple roce. Un Jandilla también negro ha pasado demasiado cerca. No puedo cerrar los ojos. La manada pasa, con dos cabestros. La vara de Miguel pone orden. Han sido 3, quizás 4 segundos de carrera. Lo suficiente como para percibir la presencia de nuestro animal más simbólico. Pero necesito entender qué ha pasado en ese instante; de dónde salió aquel toro. Me acerco a la pantalla de televisión de un bar. No puede ser cierto. El toro ha hecho por evitarme. Me tenía enfilado. Ha girado su cabeza, al tiempo que daba un tranco hacia delante, y levantaba la cara, lo justo como para apenas rozarme. Es el Jandilla Decano.

El encierro de Pamplona es una carrera de condenados a muerte, en la que los taurinos intentamos alcanzar la simbiosis con el toro, sabiendo de su condición casi mitológica. Quizás la lidia no va con los tiempos, pero siempre ha habido y siempre habrá tauromaquia. El hombre ha establecido un vínculo con el toro desde tiempo inmemorial, en la búsqueda de esa voluntad inexpugnable, que no admite desaliento ante el castigo y la muerte. El toro es icono en todos los pueblos de raíz íbera. Es el denominador común de toda la nación española.