Ante la llegada del verano, les proponemos un repaso, ni exhaustivo ni cronológico, por algunas de las mejores películas que han tratado el mundo del toro en el cine.

De los subgéneros cinematográficos apreciados por el público español, el “cine de toros” cotiza entre los más altos, por motivos obvios y oportunísimos. Las posibilidades narrativas del asunto taurino son múltiples y atractivas, de modo que podemos afirmar que si existe un tema/pretexto cinematográfico como pocos, ése es el que aquí nos lleva: dinamismo, peligro, emoción, arena… son los elementos que conforman la gramática de un subgénero popular, idóneo para el Séptimo Arte y sus mecanismos de captación.

Ahora bien, la enorme filmografía en torno a los toros y los toreros es muy desigual, y no siempre presenta un interés alto, devaluándose a menudo con producciones turísticas de escaso relieve. 

Hemos revisado en los últimos años alrededor de un centenar de títulos, y tras los cotejos de rigor, podemos afirmar sin riesgo a errar en demasía que las tres mejores películas –a nuestro subjetivo y limitadísimo juicio–, son: Sangre y arena [Blood and sand] (Rouben Mamoulian, 1941), El torero y la dama [The bullfighter and the lady] (Budd Boetticher, 1951) y El espontáneo (Jorge Grau, 1964).

La obra maestra absoluta del subgénero la tenemos en la colorida cinta de Mamoulian, con Tyrone Power, indiscutiblemente la mejor de las cuatro versiones realizadas a partir del clásico homónimo de Blasco Ibáñez (la versión muda de Fred Niblo, de 1922, también es digna de recuerdo). Así y todo, esta Sangre y arena de Mamoulian es un prodigio que quintaesencia como ninguna otra aproximación el misterio ritual del toreo, sin descuidar aspectos más mundanos del mismo, en un registro cromático y costumbrista de arrolladora fuerza expresiva.

Con otra sensibilidad, el gran Boetticher explorará con los misterios del toreo en su magistral El torero y la dama, muy superior a su excelente Santos el magnífico [The Magnificent Matador] (Budd Boetticher, 1955), haciendo hincapié en los temas de la amistad no traicionada y la lealtad hasta los umbrales de la muerte. En cuanto a la película de Grau, no más podemos ratificar la espeluznante entidad de un trabajo sobrecogedor, con uno de los finales más enigmáticos y poderosos del cine español, aquí en torno a las andanzas de un muchacho que, por diversos azares, morirá en el ruedo como “espontáneo”.

 

         Pese a la categoría de estas tres obras maestras absolutas que no nos cansamos de volver a ver, no podemos olvidar media docena de títulos de gran categoría ética, estética y narrativa: Torero (Carlos Velo, 1956), con Luis Procuna, en los límites del ensayo autobiográfico y el cine reportaje; El Litri y su sombra (Rafael Gil, 1959), una de las realizaciones más complejas de su director, con una gran creación de su protagonista; Los clarines del miedo (Antonio Román, 1958), poderosa indagación psicológica sobre el miedo y la esperanza, con sus manifestaciones en dos personajes antitéticos; El momento de la verdad [Il momento della verità] (Francesco Rosi, 1965), hiperrealista retablo goyesco donde la crítica social y la lectura antropológica irrumpen con calculado desaliño; amén de las dos excepcionales contribuciones de Ladislao Vajda, Mi tío Jacinto (1955) y Tarde de Toros (1956), sendas demostraciones del brío narrativo del maestro húngaro, especialmente inspirado en Jacinto

         Aunque el asunto taurino quede en un segundo plano, debemos mencionar otro largo de singular importancia, Los golfos (Carlos Saura, 1959), tal vez la mejor ópera prima del cine español y una de las grandes películas del maestro aragonés, impresionante aproximación al problema de la delincuencia dentro de los cauces del realismo minimalista, sin concesiones moralistas ni gratuidades moralizantes. 

         En un escalafón más modesto, el buen cine taurino español presenta joyas de ciertos quilates en Brindis a Manolete (Florián Rey, 1947), Currito de la Cruz (Luis Lucía, 1948), Yo he visto a la muerte (José María Forqué, 1957), Las cicatrices (Pedro Lazaga, 1966) o la sorprendente Tú solo (Teo Escamilla, 1984), posiblemente la última película taurina válida realizada en España. Y podemos recordar, por sus pintoresquismos, un puñado de estimables cintas olvidadas, como La tierra de los toros (Jeanette Rocqués, 1924), El niño de las monjas (Ignacio F. Iquino, 1958), El traje de oro (Julio Coll, 1960), Aprendiendo a morir (Pedro Lazaga, 1962) o Sangre en el ruedo (Rafael Gil, 1968). 

         El listado podría eternizarse, y algunos entusiastas incluso añadirían películas tan envejecidas como A las cinco de la tarde (Juan Antonio Bardem, 1961), El paseíllo (Ana Mariscal, 1968), Fray Torero (José Luis Sáenz de Heredia, 1966), El monosabio (Ray Rivas, 1978) o Belmonte (Juan Sebastián Bollaín, 1995), sin necesidad de descender a estratos más bajos.

         En cuanto a los bodrios y desastres, haremos mejor en olvidarlos, incluyendo algunas películas recientes de muy mala memoria. Sea como fuere, el cinematógrafo y el ruedo nunca han estado tan bien avenidos como esta gloriosa relación de títulos pone de manifiesto.

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